Por David Martín del Campo
120 minutos bastaron para salvarnos del ajusticiamiento que significaría resolver la final con una serie de tiros penales. El equipo ganador lo merecía –dígase lo que se diga–, y así ha concluido la brega que durante seis semanas hizo de todos nosotros expertos futbolísticos.
Opinadores de patadas y cabezazos, el VAR del réferi y la decadencia corporal de Leonel Messi.
Ahora vivimos una suerte de “cruda” festiva, luego de permanecer ante la pantalla televisiva horas y horas de gritos y manoteos, cerveza y chicharrones, buscando la emoción que nunca más repetiremos jadeando en la grama. Gran invento ha sido el futbol, evitando con once milicianos las guerras que antes requerían de regimientos y artillerías. ¿Cuántos miles, cientos de miles de caídos en combate nos habríamos ahorrado, por ejemplo, con un encuentro futbolístico entre Alemania y Gran Bretaña en 1939?
El panorama es el mismo que un paisaje después de la batalla. Algunos trasnochados que aún deambulan alrededor de la glorieta de Cibeles, en Madrid, incluso la Plaza de Mayo en Buenos Aires. Celebración, regocijo, destrampe… igual que al celebrarse el armisticio previo a la firma de la paz.
Algo de eso coreaban los eslogans del Mundial de 1986, celebrado en nuestro país, cuando se celebraba en coro aquello de que “el mundo reunido en un balón”. Un año antes el país había sufrido el peor terremoto del siglo, y cuentan que lo primero que supervisó el entonces presidente Miguel de la Madrid fue, precisamente, el Estadio Azteca… que resultó indemne.
Así que habremos de retornar a las rutinas de cotidiano; los 40 crímenes sumados a las “actas levantadas” en el ministerio público, los millones de litros descubiertos en el nuevo huachicoleo del rancho equis, los dimes y diretes descabellados en el legislativo. Y míster Trump azuzando a sus aliados para acompañarlo en sus campañas militares. ¿No estábamos mejor cuando el encuentro entre el seleccionado nacional y la república Checa?
La ceremonia de premiación, por cierto, resultó por demás peculiar. Ahí, en el estadio Metlife de Nueva York, se dieron cita Ginno Infantino, presidente de la FIFA, Donald Trump y Mark Carney, mandatarios respectivos de EU y Canadá, con el rey Felipe VI de España y una presidenta Claudia Sheinbaum que no acertaba a sonreír. El gobierno de EU nunca les había respondido sobre el secuestro de Ismael Zambada, en julio de 2024 (y condenado a cadena perpetua en el tribunal de Brooklin), así como su majestad de España tampoco ha dado respuesta cabal (inculpándose) ante el reclamo por los abusos de la corona de Castilla y León cuando la guerra de conquista de 1521. ¿Era la circunstancia para hablar de esos eventos? Desde luego que no.
Llegado el tiempo de los campeones, había que celebrar a la escuadra española que dio, una tras otra, lecciones de estrategia y juego acompasado. La presidenta Sheinbaum fue la encargada de entregarle el balón de oro al delantero Rodrigo Hernández Cascante (Rodri), quien fue la revelación del campeonato. Ahí sí hubo sonrisa y abrazo, faltaba más, porque en el resto de la premiación no abundaron los gestos de alegría.
Los campeones celebran, sí, pero no deja de llamar la atención las ausencias paralelas de China y Rusia en la copa futbolística. Se sabe que China fue eliminada por equipos menores, como el de Indonesia, pero el caso más grave es el de Rusia. En el año 2022 la FIFA expulsó a la Federación Rusa debido a la invasión de Ucrania, lo que no ha ocurrido con Israel y Estados Unidos con sus ataques bélicos en el sur de Líbano e Irán. ¿No era el momento de sacar la tarjeta roja, como la de Enzo Fernádez en el minuto 92 del encuentro final del domingo pasado? Cosa de criterios.