- No, queremos presidenta de México, estadista y no jefa de una secta
Miguel A. Rocha Valencia
Luego del discurso ramplón y ajado del cinco de mayo, muchos nos quedamos pensando en qué se refería la frase aquella de que “la presidenta no se arrodilla ante gobiernos extranjeros”. Que se sepa, nadie se lo ha pedido, ni siquiera en misa porque no va. Una más de las contradicciones de la jefa del Ejecutivo.
Más parece de esas frases ocurren antes de los de “antes” que servían para el lucimiento y eran la invitación para aplaudir al orador.
Tampoco, que se sepa, alguien le pide que viole la soberanía nacional por entregar a un presunto delincuente mediante las reglas establecidas en un tratado de extradición que no es nuevo y que, en todo caso, se ha cumplido más allá de la legislación vigente en México.
Los ejemplos o pruebas contundentes de que el Ejecutivo mexicano ha violado las leyes positivas de nuestro país para atender requerimientos de extradición de Estados Unidos, es la “exportación” de un centenar de criminales de alto perfil, incluyendo a algunos que tenían amparos favorables que impedían su traslado.
Para esos sujetos que, de entrada, el propio gobierno mexicano sabía que tenían información acerca de los políticos que los protegían, la ley no existía, sino simplemente el deseo de atender una petición del otro lado de la frontera. No se traduce ese hecho, que se volvió repetitivo, en genuflexiones reales frente a un discurso demagógico para la tribuna cuatrotera, de soberanía.
A las críticas que en su momento surgieron en torno a esos hechos, el discurso oficial fue que se cumplió con el tratado de extradición ya la “cooperación estrecha” que se tiene con el gobierno de Estados Unidos.
Hoy, al ser tocado uno solo de los integrantes destacados de la Cuarta T y que tuvo la distinción de recibir en su tierra, como nunca en la historia, unas 15 visitas presidenciales, incluyendo una para saludar a la mamá del principal narcotraficante de México, se habla de soberanía, de no inclinar la cabeza o hincarse.
Peor todavía cuando se intenta “muy inteligentemente” referirse a un país para decir que “ninguna potencia extranjera nos va a decir cómo gobernarnos”, hecho que, además de inexistente, se expresa en palabras huecas, fuera de lugar y de contexto.
Para eso son los tratados armados y cumplimentados por estadistas, no por demagogos. Escuchamos desde Puebla un discurso lleno de imágenes verbales envalentonadas que no reflejan los hechos de un gobierno que, al final de cuentas, se ha visto sumiso en los hechos y que, en el exceso de palabras rimbombantes y declaraciones anquilosadas, buscaba el reconocimiento y el aplauso, pero no más.
Nadie tampoco nos está diciendo cómo gobernarnos, salvo que quien lo diga sospeche que no cumple con esa responsabilidad que le es inherente al cargo, pero no la ejerce por falta de visión de Estado o la tiene tan corta que no pasa de la tribu, de la facción o de la sumisión al dictado del evangelio del tlatoani.
México en estos momentos necesita un verdadero líder que centre la vista y los intereses de 130 millones de seres a quienes se pretende confrontar como fórmula para eternizarse en un poder que, al paso del tiempo, se vuelve espurio por la ausencia de representatividad, que intenta suplantar en el agradecimiento por unas monedas la responsabilidad de un gobierno para todos, donde las reglas son universales, sin excepciones que derivan de compadrazgos, agradecimiento o sumisiones; Aquí sí, a una doctrina en la que pocos creen y muchos aceptan un cambio de dinero gratis.
Si en esto último fincan su supuesta hegemonía doctrinaria, los fracasados serán ellos porque el país no avanza, se empobrece, se empaña con una deuda externa impagable y atiende a los intereses no de un país, sino de una facción que esconde por la pudrición que la carcome y, sin embargo, la niegan.
México necesita al frente a un estadista, no a un mesías ni mucho menos a un sacerdote del fracaso.
No dicen cómo gobernarnos, solo nos reclaman que, por la complicidad de los gobiernos cuatroteros, la delincuencia organizada y la política son tan semejantes que se vuelven una y, gracias a ello, se nutre al mercado de drogas más grande del mundo y donde, por cierto, parecen hacer poco por combatirlo en su propio gallinero.
Si no aceptamos que una potencia nos diga cómo gobernarnos, tampoco debemos aceptarlo por parte de quien ya demostró sus incapacidades, rencores y corrupción, que al pregonar no mentir, mentía; que al robar hizo a todos cómplices en una secta donde quien traiciona, se muere (como debe ser en todo grupo criminal que se respeta).