Joel Hernández Santiago
Aunque el gobierno federal quiera hacernos creer que el estado de cosas en el país es apacible y normal luego de lo que pasó el domingo 22 de febrero en Jalisco, con la captura y posterior muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, lo cierto es que no es así.
En la mayor parte del país se vive con temor, miedo, pánico y enojo. Y hay violencia criminal.
En muchos estados del país, sobre todo aquellos que han sido ocupados por grupos y células del narcotráfico y crimen organizado, la gente permanece la mayor parte del tiempo en sus casas. Y si bien ya por razones laborales o por el sentido de libertad, han salido a rehacer su vida casi normal, lo hacen pensando en que podrían ocurrir confrontaciones, agresiones, balas… Muerte.
Se sabe que en distintos parajes, caminos, carreteras, han ocurrido ataques subrepticios en contra de elementos del Ejército mexicano-Guardia Nacional. Emboscadas y enfrentamientos. Quizá muy acotados pero ahí están. Al momento se sabe que, por desgracia, la pérdida de vidas de muchachos, integrantes de las fuerzas armadas, han sido muchísimas más de las veinticinco que se nos ha dicho.
Cierto que en los estados más afectados por la ola expansiva del domingo 22, como Jalisco, Michoacán, Chihuahua, Coahuila, Sinaloa, Durango, Zacatecas se ha desplegado una intervención militar y de la Guardia Nacional excepcional y cuyos elementos están dispuestos a enfrentar al enemigo criminal…
… También es cierto que los criminales tienen armas de alto calado, tienen organización y capacitación técnica obtenida con grupos de formación bélica o criminal provenientes del extranjero. Y están indignación por lo ocurrido con “El Mencho”… Y están dispuestos a morir.
El Ejército Nacional y la Guardia Nacional lo están haciendo a toda su capacidad y formación militar; con toda consciencia de que esta es una guerra que libran en favor de la tranquilidad y la paz social de los mexicanos…
Pero también saben que es una guerra que no debiera ser. Que es una batalla que se contuvo por razones políticas y no de defensa de la seguridad pública y la seguridad nacional. Es así –y lo saben- porque durante el sexenio anterior y, aun en este, se operó una política de no tocar a los carteles de la droga, a sus dirigentes y a su gente.
Este clima de terror y sus consecuencias son, digamos, el resultado de la política irresponsable de “Abrazos, no balazos”: el resultado de “Acúsenlos con su mamá”.
El general Ricardo Trevilla Trejo lo dijo con todas sus letras el lunes 23 de febrero en “La Mañanera” de Palacio Nacional: “Esta es una nueva estrategia establecida a partir del primero de octubre de 2024.” Que es decir: ‘se acabó la tolerancia’, aunque la presidente saliera al día siguiente a reiterar que no ha cambiado la política de seguridad pública nacional, y que lo de “El Mencho” ocurrió porque ‘había una orden de aprehensión en su contra’.
Pero estas confrontaciones y capturas bélicas contra narcotraficantes y criminales en México son estimuladas desde el gobierno del presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, quien está empeñado en que habrá de acabar de una vez y por todas con aquellos que “envenenan a nuestros muchachos”. Y ubica el problema principalmente México y por lo que ha presionado intolerante al gobierno mexicano…
La tarea para las fuerzas militares mexicanas es difícil y altamente peligrosa. Lo es también para la población en general por el riesgo que representa un enfrentamiento mientras las actividades se comienzan a desarrollar de manera normal. Los “daños colaterales” se dice. Daños colaterales que significan vidas humanas, familias dañadas, tragedia, dolor, llanto y, por supuesto los daños materiales, económicos y de estabilidad patrimonial.
Cierto. No se puede vivir en el encierro por razones de una guerra que no es la guerra de quienes no están involucrados en hechos criminales ni están vinculados con tareas fuera de la ley, pero son los famosos “daños colaterales” los que aterrorizan a la población. Así que la aprensión es evidente en esos estados ý en otros como son Chiapas, Oaxaca (en la zona del Istmo), Tabasco, Veracruz, Estado de México, y tantos más.
Hay una aparente calma chicha. Hay –si- una disminución de quemas de vehículos, de bloqueos carreteros, de agresiones a Bancos del Bienestar, a tiendas de conveniencia: si; pero hay esos enfrentamientos aparentemente inofensivos pero que, como la llovizna, dañan fuerte.
Y eso: la calma chicha puede ser el presagio de que los grupos criminales se están reorganizando y están diseñando estrategias de guerra en contra del gobierno que terminó con las reglas de tolerancia y en contra de las fuerzas armadas y en contra de espacios que afecten la estructura y credibilidad del gobierno mexicano. Que no haya muertes o daños en jóvenes militares o de la población civil.
Seguramente el Ejército Mexicano y las fuerzas armadas anticrimen ya estén preparadas para hacer frente a cualquier intento de agresión extrema. Ojalá no ocurra. Urge que los aparatos de seguridad pública y protección social nacionales funcionen a toda su capacidad, por el bien de todos.
Y lo es también porque ya se acerca el Mundial de Futbol y aunque hay reticencias y temor en el exterior, por lo mismo la seguridad es primordial.
Mientras tanto, y aprovechando la distracción por el estruendo bélico, ya se prepara desde el gobierno una Reforma Electoral antidemocrática, abusiva y propensa a regresar años al país, hasta el momento del Partido Único, que es una forma de dictadura y en el que los ciudadanos no tenemos ni voz ni voto y bajo amenaza de pérdida de libertades y derechos.
¿Este es el paraíso de país que se nos tenía prometido?



