Columna de opinión
Hospitalidad ingenua
Luis Farías Mackey
Luis Farías Mackey
Migrantes ha habido siempre, Roma se fundó por errantes y perseguidos, Atenas nombraba metecos a los bárbaros que no gozaban de ser autóctonos, pero vivían allí. Migrante viene de migrare de la raíz meiI que, como nos dice Ortiz Gala, comparte etimología con mutare, mutis y munus. Mutare es cambiar, mudar; y munus es un deber y función, de allí viene comunidad, como la que implicaba un don que debe darse, una obligación para con el extraño que toca a nuestra puerta. Digamos una hospitalidad, aquella “virtud que se ejercita con peregrinos, menesterosos y desvalidos, recogiéndolos y prestándoles la debida asistencia en sus necesidades”, un huésped, pues; no en balde de allí deriva el vocablo hospital.
La misma Ortiz Gala nos describe la xenía como la práctica de la hospitalidad en los griegos, que describe una comunalidad entre el que recibe y quien es recibido, siendo el segundo protegido por Zeus, quien lo ampara, pero también venga cuando no recibe el trato que merece.
La hospitalidad en Roma obligaba por igual, pero siendo una cultura plural y con trato con diversas civilizaciones, asociaban la hospitalidad con una posible hostilidad del huésped no honraba el hospedaje.
Tal es el tema del que quiero ocuparme hoy.
La integración a una nación ajena, la naturalización, presume una voluntad política de renunciar a la nacionalidad original e integrarse a la libremente escogida. Por su parte, el Estado receptor está en su derecho de comprobar dicha voluntad e integración. Se presume, por tanto, un interés de integrarse plenamente a la sociedad receptora y, por parte de ella, un proceso de asimilación. Podríamos hablar de aculturación, lo que implica que el solicitante demuestre ser integrable y la sociedad integradora, en el entendido que esta última no sólo tiene una función descriptiva de lo que es, sino prescriptiva de lo que debe ser (Ortiz Gala).
En este proceso de integración encontramos la tensión hospitalidad hostilidad: te hospedo, pero bajo mis reglas; te asimilo, pero sin poner en riesgo mi integridad; te abrazo, pero no admito puñaladas.
Hay extranjeros que dicen desear integrarse, cuando solo quieren llevar a cabo un proyecto personal y ajeno, que dicen compartir valores cuando en los hechos los combaten, que porfían abrazar al mexicano cuando quieren acabarlo, que juran abrazar nuestra nacionalidad cuando abiertamente la subvierten.
Ningún ejemplo mejor para mostrar lo que digo que el español Abraham Mendieta, quien en los hechos se asume más mexicano que el chile verde y, auspiciado por Morena, se entromete en los asuntos internos de México con grosera displicencia. Es muy probable que los gobiernos morenos le hayan franqueado la naturalización mexicana, pero, formalismos aparte, México, el verdadero México, no el de quienes dicen tenerlo en exclusiva, debe analizar la hostilidad del sujeto, su conducta disruptiva, sus ofensas a los verdaderos mexicanos, su renuencia a respetarnos: su hostilidad.
¿Hasta cuándo, Mendieta, abusaras de nuestra paciencia? ¿Hasta cuándo ese furor tuyo se burlará de nosotros? ¿A dónde irá a dar consigo esa osadía desenfrenada tuya?
Nuestra hospitalidad no puede ser ingenua.
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