José Luis Parra
El problema de los partidos oficialistas no es la oposición.
Hace rato que dejaron de verla como amenaza real.
El problema, como suele ocurrir en política, está en casa. O más exactamente: en la mesa de los supuestos aliados.
El freno que PT y PVEM dieron a la reforma electoral y al llamado plan B de Sheinbaum no sólo atoró una operación legislativa; metió veneno en la conversación interna de Morena. Ya circula entre legisladores la palabra que más duele en los movimientos que se dicen históricos: traición. Y cuando esa palabra empieza a viajar en WhatsApp, es porque la desconfianza ya dejó de ser rumor para convertirse en clima.
A inicios de 2026 firmaron acuerdos de unidad. Muy bonita la foto, muy solemne la pose, muy patriótica la escenografía. Pero la política mexicana tiene esa mala costumbre de arruinar los discursos con la realidad. Y la realidad dice que Morena, PT y Verde no caminan juntos por amor al proyecto, sino por administración de intereses. Mientras el botín alcanza, hay alianza. Cuando el reparto incomoda, aparece la dignidad selectiva.
San Luis Potosí es hoy uno de esos laboratorios donde se prueba si la coalición aguanta o sólo se maquilla. Ahí, el conflicto por la eventual candidatura de Ruth González exhibe algo más profundo que una diferencia local: la molestia morenista frente a las dinastías ajenas… aunque no siempre frente a las propias. Ese es el detalle fino de la hipocresía partidista: la cuota del aliado siempre parece abuso; la cuota propia, estrategia.
Por eso ya hay operadores hablando, sin demasiado pudor, de ir solos en 2027. No porque de pronto les haya nacido una vocación democrática o un amor repentino por la pureza ideológica. No. Más bien porque están cansados de compartir candidaturas, posiciones, presupuestos y apellidos heredados. El matrimonio por conveniencia empieza a parecerles demasiado caro.
La pregunta de fondo no es si hay malestar. Lo hay.
La pregunta es si Palacio dejará crecer ese malestar o volverá a aplicar la receta clásica: disciplina, sonrisa forzada y foto de unidad.
Porque una cosa es que Morena quiera apretar filas.
Y otra muy distinta es que sus aliados acepten apretarse el cinturón.
En paralelo, mientras el bloque gobernante enseña grietas, otros ya andan midiendo las paredes del sistema para ver por dónde entrar. Ahí aparece Somos México, que sigue en ruta para obtener su registro como partido político nacional. El INE confirmó la validez de 205 asambleas distritales, por encima del mínimo legal de 200, y ya corre el plazo de 60 días hábiles para resolver las solicitudes de registro; si prospera, el nuevo estatus surtiría efectos el 1 de julio de 2026.
No es un dato menor.
Cuando el partido dominante empieza a pelear con sus aliados, y al mismo tiempo nuevos jugadores buscan registro, lo que asoma no es estabilidad sino reacomodo. Uno bastante prematuro, además. Porque todavía falta trecho para 2027 y ya se escucha el rechinar de dientes.
Morena podrá seguir vendiendo la idea de unidad.
Pero una alianza que se sostiene a base de ultimátums, sospechas y cálculo no es una alianza: es una tregua con presupuesto.
Y las treguas, en política, duran exactamente hasta que alguien hace cuentas.