Más allá de una página de gloria, la victoria del cinco de mayo de 1862, supuso una bocanada de oxígeno que permitió al gobierno del Presidente Juárez sostener al gobierno de la República, al menos un año más en la Ciudad de México. Los franceses, sabían que sin tomar Puebla, no podrían llegar al Valle de Anáhuac, y por ende ser “Amos de México”, como lo aseguró Charles Ferdinand Latrille, Conde de Lorencez.
Al cinco de mayo, le sucedieron acontecimientos desafortunados como la derrota mexicana en el Cerro del Borrego, pero sobre todo la muerte por tifo del General Ignacio Zaragoza, el brillante comandante del Ejército de Oriente. Los franceses, respirando por la herida, decidieron vengar la afrenta y reforzaron su contingente que ascendió a 30,000 efectivos. Con el despliegue que les dieron las sonadas victorias en Crimea y el norte de Italia, se lanzaron de nueva cuenta sobre Puebla.
El inepto Lorencez, fue relevado por el capaz Elias Federico Forey, quien por la campaña en México, recibió el bastón de Mariscal. El 20 de marzo de 1863, Forey inició el asedio de Puebla, defendida por Jesús González Ortega y una plana de generales que escribirían en los años por venir, las jornadas más vibrantes de la historia militar mexicana. Los combates fueron feroces, ningún bando dio ni pidió cuartel, se combatió casa por casa y manzana por manzana. La resistencia mexicana, chovinismo aparte, fue ejemplar.
La superioridad del armamento y la artillería francesa, no hicieron mella en los heroicos defensores, la población civil que un año antes no fue tocada, ahora conoció los estragos de la guerra. Al final, la imposibilidad de los mexicanos por romper el cerco, la falta de pertrechos, municiones así como las enfermedades, obligaron a Gonzalez Ortega a rendir la plaza el 17 de mayo de 1863. Previamente trás una junta de generales, las tropas nacionales destruyeron e inutilizaron su armamento.
Forey, reconoció el valor de sus adversarios y los trató con consideración, a las tropas se les liberó y a los oficiales, jefes y generales se les permitió conservar sus espadas y armas individuales. El problema surgió cuando se les exigió firmar una declaración jurando no volver a empuñar las armas en contra de Francia. Los mexicanos se negaron en masa, entonces fueron hechos prisioneros de guerra y enviados en una cuerda de presos rumbo a Veracruz para ser embarcados a Francia o a la Martinica.
De alrededor de mil quinientos hombres en la columna, cerca de mil lograron escapar durante el trayecto al puerto jarocho, entre ellos se contó a González Ortega y a mandos de la talla de Porfirio Díaz y Felipe Berriozabal. Los que fueron prisioneros en Europa y el Caribe, vivieron una dura experiencia entre privaciones extremas, algunos de ellos lograron con suerte volver a México y reincorporarse a la lucha en contra de la intervención y el imperio. Entre los que quedaron en Francia, destacan en una página de honor olvidada, los héroes de San Sebastián.
Resulta que al terminar la guerra en 1867, Francia no repatrió a los prisioneros de guerra, sino que simplemente con lo que traían puesto los expulsó a España. Los mexicanos con los uniformes desgastados, se vieron dispersos por puertos y ciudades y sin tener forma alguna de volver a una patria que aún ardía entre los rescoldos de una década de combates. Un puñado de oficiales y jefes llegaron a San Sebastián en el País Vasco. Ahí Micaela Zugasti, una viuda a cargo de una pensión, se conmovió de ellos, fiándoles posada y alimento en tanto resolvían como volver a casa.
Al frente de los veteranos se encontraba un viejo coronel, quien ordenó a los hombres no quedarse de brazos cruzados y en cambio conseguir sombreros para emplearse como albañiles en las obras de restauración del Castillo de la Mota. Con marcialidad castrense, los mexicanos marchaban cada mañana a trabajar sin descanso en las obras en la fortaleza medieval. Pronto la población local supo que aquellos hombres de tez morena, eran oficiales mexicanos que habían combatido a Napoleón el pequeño. Solidarios los acogieron llevándoles ropa, pan, vino y haciendo por primera vez, su destierro llevadero. Un anciano conmovido al verlos, tomó de la mano a su pequeño nieto y lo llevó ante los mexicanos, los señaló y le dijo: “mira hijo, así se honra a la patria en el extranjero”
Con el sueldo de albañiles, los mexicanos intentaron pagar su deuda con Doña Micaela, pero se opuso, les dijo que emplearán el dinero para comprar los pasajes de vuelta a México y ella misma ayudó a que pudieran embarcarse en el vapor “La Concordia” rumbo a Veracruz en la primavera de 1868. Algunos años después, Don Porfirio Díaz, hermano de armas de los héroes de San Sebastián, conoció la historia a detalle, entonces ordenó a la Embajada en España que se le pagara la deuda a Doña Micaela. Un joven diplomático mexicano se trasladó a San Sebastián y localizó a la viuda entrada en años y pasando penurias económicas. De inmediato abonó en su totalidad la deuda de los prisioneros de guerra, le entregó un reconocimiento del General Díaz, así como le comunicó que era a partir de ese momento, pensionada del gobierno mexicano.
Doña Micaela, con lágrimas en los ojos tomó al joven diplomático por el brazo y lo llevó caminando por las calles hasta los muros del Castillo de la Mota, ahí le mostró una piedra tallada con una inscripción que solo decía : “MÉXICO”, colocada por los héroes de San Sebastián.
Hoy políticos desacreditados, no solo no reconocen la cuota de sangre que el Ejército Mexicano aporta desde hace varios lustros para combatir al crimen organizado, intentan también con bajeza imputarlos de lo que estos servidores públicos hacen o no hacen al margen de la ley. Tampoco reconocen la contribución de los soldados a las instituciones y a la sociedad en su conjunto. Lo que difícilmente estos malos políticos sabrán o comprenderán, es que los Generales de hoy: en activo, comisiones o en la honrosa situación de retiro, están hechos de la misma madera que los héroes de San Sebastián.