El sábado pasado las Fuerzas Armadas en México conmemoraron el Día de la Caballería. La celebración va más allá del ámbito castrense, pues el caballo es un elemento preponderante en la cultura mexicana. A Hernán Cortés se le debe considerar el decano de la caballería en México, al introducir los caballos en 1519. Es de sobra conocido, que los jinetes hispanos impresionaron a los antiguos mexicanos y jugaron un papel decisivo en las tácticas para vencer a los ejércitos mexicas. Hoy se puede apreciar en el guión museográfico del Museo de la Caballería en Popotla, una relación con los nombres, razas y pelajes de los primeros caballos que llegaron con los conquistadores.
El virreinato, propició la crianza de razas de caballos nacidos en la Nueva España, así como el surgimiento de hombres de a caballo mestizos y criollos, que resultaron en los magníficos jinetes mexicanos. Los afamados mustangs, los caballos ferales de las planicies norteamericanas, son descendientes de aquellos caballos traídos por los españoles. Durante ese mismo periodo, los territorios del norte de la Nueva España fueron cabalgados por los Dragones de Cuera, formidables tropas de caballería reclutadas entre criollos y mestizos, de ellos proviene una version sobre el origen de la denominación de “Dragones” para los soldados de caballería.
El bautismo de fuego de la caballería mexicana, no se dio en la Guerra de Independencia, sino en la Batalla de la Sabana Real de la Limonada, librada el 21 de enero de 1691, en un paraje ubicado en el actual Haití y durante la Guerra de los Nueve Años. En este hecho de armas, las fuerzas españolas derrotaron a las tropas francesas en una acción contundente y con un número asombrosamente reducido de bajas. Razón por la cual el combate también es recordado como el “Milagro de la Limonada”. La victoria española sin embargo, no se hubiera podido lograr sin el apoyo de Gaspar de la Cerda, Virrey de la Nueva España. El virrey envió previamente a La Española, a la Armada Real de Barlovento así como pertrechos y escuadrones de jinetes novohispanos, cuya participación y bravura fue decisiva para obtener el sonado triunfo.
A lo largo de la Revolución de independencia destacaron avezados jinetes como el propio General Morelos, su lugarteniente Hermenegildo Galeana y en el bando realista Agustín de Iturbide, conocido por propios y extraños como “El Dragón de Hierro”. Años más tarde, en julio de 1824, al volver del exilio, Iturbide fue aprehendido y fusilado. Se sabe que el derrocado emperador, pudo ser capturado porque un viejo veterano lo reconoció a lo lejos por su destreza al montar a caballo. La caballería mexicana se distinguió preponderantemente en las guerras civiles e intervenciones del azaroso siglo XIX. Los soldados extranjeros siempre tuvieron respeto por la destreza y arrojo de los lanceros mexicanos, ya fueran jinetes de los regimientos regulares o los aguerridos chinacos.
El caballo fue una herramienta indispensable no solo para la guerra, sino para el transporte y las labores en el campo, y es ahí también durante la época dorada del Colegio Militar de Chapultepec en el Porfiriato, que se formaron a extraordinarios oficiales de caballería. En 1910 irrumpió con fuerza la Revolución Mexicana, movimiento social y militar que no hubiera sido posible sin los trenes, pero sobre todo, sin los caballos. Aunque las unidades montadas subsistieron en el Ejército Mexicano hasta casi la recta final del siglo XX, el periodo revolucionario fue también el principio del fin del caballo como arma de guerra, al igual que ocurrió en Europa durante la Gran Guerra, las ametralladoras, trincheras, alambres de púas y los aeroplanos comenzaron a desplazar a las furiosas cargas de caballería. Las derrotas de Villa en el Bajío en 1915, fueron la mejor manifestación de lo anterior. Aun así, el destino le tenía reservada una página de gloria a la caballería mexicana.
En mayo de 1920 el Presidente Carranza se abría paso hacia Veracruz, intentando ponerse a salvo con “La Columna de la Legalidad”: Un interminable convoy de trenes, que era continuamente cañoneado y hostilizado por las fuerzas rebeldes. Entre las reducidas tropas que escoltaron al Presidente Carranza, se encontraron los cadetes del Colegio Militar, fieles a su tradición de lealtad. El día 9 de mayo, al llegar a Apizaco, Tlaxcala, el tren presidencial iba a ser asaltado por las fuerzas rebeldes de Maximo Rojas y Reyes Marquez. Es entonces cuando el Coronel Rodolfo Casillas, Director de la Escuela de Caballería del Colegio Militar, con el enemigo casi encima de los vagones y para economizar cartuchos, ordenó a sus alumnos cargar sobre las fuerzas atacantes.
Los muchachos embistieron al enemigo con coraje y determinación derrotando a Rojas y a Marquez, no pudieron perseguir a los vencidos porque los sorprendió la noche. Fue entonces como los albardones del Colegio Militar, ejecutaron la última carga al sable de la historia militar mexicana. Cuando los trenes ya no pudieron continuar, Carranza se internó a caballo en la Sierra Norte de Puebla, donde fue traicionado y asesinado el 21 de mayo. Previamente ordenó a los dragones del Colegio Militar regresar a Popotla, quiso evitar un baño de sangre y preservar para el futuro a la juventud militar mexicana. Hoy la carga en Apizaco, es una de las prendas de honor del Colegio Militar, junto con las jornadas de 1847 y 1913.
La caballería ha venido evolucionando en poco más de cien años, se ha adaptado con visión a los tiempos actuales. Los regimientos montados se transformaron en los de caballería motorizada, los cuales con extraordinaria movilidad pueden desplazarse para combatir y cumplir sus misiones en las enormes extensiones de los desiertos del norte o en las feraces selvas del sur. Hoy los dragones, no solo conforman un arma moderna y fundamental para el Ejército Mexicano, sino que son herederos de hondas tradiciones de poco más de cuatro centurias en los campos de batalla, pero además constituyen, un elemento de primer orden en la memoria histórica y la identidad mexicana.