Eduardo Sadot
La relación entre México y Estados Unidos atraviesa un momento delicado marcado por tensiones en migración, seguridad, narcotráfico, comercio y soberanía. No existe una ruptura diplomática, pero sí señales preocupantes de deterioro político derivadas, en parte, de declaraciones imprudentes y del manejo poco profesional de asuntos extremadamente sensibles, la reciente cancelación de la reunión programada en México abonará a incertidumbre y especulaciones.
Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se emitieron mensajes que en sectores políticos estadounidenses fueron interpretados como formas de presión o intervención discursiva. El entonces presidente llamó públicamente a los mexicanos residentes en Estados Unidos a no respaldar a políticos con posturas antinmigrantes o antimexicanas. En 2023 criticó al senador republicano John Kennedy y pidió no apoyar a candidatos hostiles hacia México. Incluso advirtió que, si republicanos o demócratas frenaban reformas migratorias, pediría a los migrantes retirarles su apoyo político.
Aunque esas declaraciones no provocaron sanciones diplomáticas formales, sí alimentaron una narrativa de desconfianza en sectores conservadores de Estados Unidos. En política internacional, la percepción pública puede generar efectos diplomáticos reales aun sin pruebas concluyentes.
Algo similar ocurrió al inicio del gobierno de Claudia Sheinbaum. Sus llamados a movilizarse pacíficamente contra propuestas para gravar las remesas fueron interpretados por funcionarios estadounidenses y actores republicanos como un estímulo indirecto a protestas registradas posteriormente en California. Sheinbaum negó cualquier intención de promover violencia y sostuvo que su postura buscaba únicamente defender a los migrantes y las remesas. Hasta ahora no existe evidencia pública de investigaciones oficiales que acrediten intervención electoral mexicana o actividades ilegales de Morena en territorio estadounidense.
Los problemas reales de los consulados mexicanos son otros: saturación de citas, insuficiencia de personal, rezagos administrativos y creciente presión migratoria. Sin embargo, declaraciones imprudentes y discursos ideologizados han contribuido a deteriorar el ambiente bilateral y a abrir espacios para interpretaciones políticas adversas.
Por la dimensión estratégica de la relación con Estados Unidos, México debería contar con un órgano permanente de consulta integrado por excancilleres, diplomáticos de carrera, expertos en seguridad, comercio y migración, capaz de aportar visión de Estado más allá de intereses partidistas o coyunturas políticas.
Las relaciones con Estados Unidos no pueden conducirse desde la improvisación, la soberbia ideológica ni la lógica electoral. Exigen experiencia, prudencia, conocimiento diplomático y visión de Estado.
@eduardosadot
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