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La democracia bajo sospecha

Por años, el oficialismo prometió una “transformación democrática”. Hoy, lo que México presencia es exactamente lo contrario: la construcción acelerada de un sistema político diseñado para garantizar la permanencia de un solo movimiento en el poder. La llamada segunda parte de la reforma electoral impulsada por Ricardo Monreal no es un ajuste técnico; es un nuevo paso en la concentración absoluta del control político del país.

Bajo el argumento de “proteger la soberanía nacional”, Morena pretende incorporar como causal de nulidad electoral la supuesta intervención extranjera en los procesos electorales mexicanos. La iniciativa permitiría anular elecciones cuando existan indicios de financiamiento, propaganda, presión diplomática, manipulación digital o campañas de desinformación provenientes del extranjero.

En cualquier democracia seria, defender la soberanía electoral es legítimo. El problema aparece cuando conceptos tan delicados quedan definidos de manera ambigua y bajo el control de un aparato político que ya domina prácticamente todas las instituciones del Estado.

Porque la gran pregunta es inevitable: ¿quién determinará qué constituye “intervención extranjera”? ¿Un tribunal verdaderamente autónomo? ¿Un INE independiente? ¿Una Fiscalía imparcial? Difícil creerlo cuando el propio oficialismo ha avanzado sistemáticamente sobre los contrapesos democráticos, debilitando organismos autónomos, capturando espacios estratégicos y colonizando instituciones que deberían servir al Estado y no al partido gobernante.

Mi preocupación principal es que Morena no sólo impulsa la nulidad electoral por supuesta injerencia extranjera; también pretende establecer mecanismos de “supervisión” de candidaturas mediante comités ligados al propio aparato institucional controlado por la 4T. Según la oposición, dichos órganos revisarían perfiles políticos sin incorporar asociaciones civiles, universidades, colegios o voces independientes, dejando la evaluación bajo estructuras cercanas al oficialismo.

La combinación resulta explosiva: un gobierno con mayoría legislativa, control político sobre el Poder Judicial, influencia creciente sobre el INE y acceso privilegiado a la información de la Fiscalía y la Unidad de Inteligencia Financiera tendría ahora también la facultad práctica de cuestionar candidaturas, etiquetar opositores y eventualmente judicializar elecciones enteras.

El discurso es conocido en América Latina. Primero se habla de “defender la democracia”; después se redefine quién puede competir; luego se descalifica toda crítica como “intervención extranjera”; finalmente, el árbitro termina convertido en operador político del régimen. Venezuela recorrió exactamente ese camino. También Nicaragua. También Bolivia en sus peores momentos de polarización institucional.

El problema de fondo no es únicamente jurídico; es profundamente político. Morena parece gobernar bajo una lógica de sospecha permanente: periodistas incómodos son acusados de responder a intereses extranjeros; organizaciones civiles son señaladas como agentes externos; empresarios críticos son etiquetados como enemigos del pueblo; incluso organismos internacionales son descalificados cuando cuestionan decisiones del gobierno.

Ahora esa narrativa pretende elevarse a rango constitucional.

Y el momento no es casual. Las reformas avanzan en un periodo extraordinario acelerado, a pocos días del límite legal para modificar reglas aplicables rumbo a las elecciones de 2027. El oficialismo sabe perfectamente que el próximo proceso electoral será el más complejo y delicado de la historia reciente: gubernaturas, Congreso, elecciones locales y un país profundamente polarizado por la inseguridad, el deterioro económico y los escándalos de presuntos vínculos entre políticos y crimen organizado.

En ese contexto, cualquier herramienta que permita cuestionar resultados electorales bajo criterios interpretativos amplios se convierte en un arma política de enorme poder.

La democracia mexicana nació precisamente para evitar que una sola fuerza controlara simultáneamente las elecciones, los tribunales y el aparato gubernamental. Después de décadas de lucha ciudadana, México construyó instituciones imperfectas, sí, pero capaces de generar alternancia y equilibrio.

Hoy esas bases están siendo desmontadas pieza por pieza.

Y mientras el oficialismo insiste en hablar de “soberanía”, lo que realmente parece buscar es inmunidad política absoluta frente al desgaste, la crítica y la competencia electoral real.

Porque cuando un gobierno comienza a redactar leyes para decidir quién puede competir, bajo qué criterios puede ganar y en qué condiciones una elección puede ser anulada, el problema ya no es electoral.

El problema es democrático.

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