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La Juana de Arco de Rocha Moya

Luis Farías Mackey

“Solo es posible actuar dentro de un entramado de sentidos, si se rompe ese entramado ya solo queda hacer cosas sin sentido o actuar a ciegas” (Biung-Chul Han). Ese es el problema de Claudia Sheinbaum.

 

Ayer lo reconfirmamos: sin comprensión del acontecer ni de la comprensión, sin capacidad de lectura de la multiplicidad de significados en los expedientes de Rocha Moya, de los Estados Unidos y de México mismo, tan diversos como interrelacionados, se tiró desde la Quebrada con triple salto mortal a un abismo sin océano.

Por encima sus múltiples limitaciones enfrenta el desmoronamiento de un contexto vital que le permita, siquiera, entender la profundidad del abismo en el que cae carente de referentes para saber si avanza o retrocede, si cae o asciende, si es o aparenta, si acciona o reacciona, si gobierna o gesticula, si hace campaña o el ridículo.

López obrador no solo destruyó la cimentación social, la viabilidad económica, la virtud del derecho y la razón de la convivencia entre los mexicanos, acabó con el mundo en que, mal que bien, nos entendíamos y confiábamos unos a otros; rompió todos los significados y hoy no logramos siquiera entendernos; puso por delante el miedo y el rencor y con ello nos condenó a un mañana sin futuro.

El mayor crimen de López no es su narco pacto con el crimen organizado ni sus enjuagues con dictaduras corruptas, es haber escindido nuestro nosotros y masacrado toda esperanza, ésta es tanto aspiración de futuro como confianza, visión y estado de ánimo, una pasión que mueve a la acción, porfiar frente a toda adversidad, esperar lo imposible, la seguridad un nuevo comienzo en el acontecimiento. Todo eso lo destruyó López.

Hay en su caricatura de determinismo histórico de mesías esperado una condena al fin de la historia, una especie de “y vivieron felices para siempre después”; ese su victorioso final cercena de sueños todo mañana, de la esperanza, lo impredecible y la revocación en México. Por eso a Sheinbaum se le aprecia en un constante e idéntico presente, no importa qué día, qué lugar, qué vestuario, qué discurso, todo es igual e indiferenciable, no hay en ella una narrativa que trace una línea de tiempo que distinga el ayer de hoy o de hace un año, hasta sus pifias son un eterno retorno lo mismo.

Sheinbaum está presa en la mazmorra más oscura y profunda del infierno de la eternidad obradorista, sin margen de movimiento, sin capacidad de decisión, sin esperanza posible, repitiendo eternamente el mismo escenario, discurso y público. Por eso sus nuevos nombramientos resultan gatopardismo: cambia para nada cambiar y a nadie entusiasman sus cambios. Su presidencia no tiene destino, porque está vedada al acontecimiento, a la diferencia, al quiebre, a lo imprevisible: a la libertad, carece de opción y de salida; de esperanza, nada hay que se pueda esperar de ella.

El suyo es un vacío de sentido, lo suyo es un sin sentido, camina a ciegas sin rumbo ni destino.

Ayer en el monumento a la Revolución apostó por el aplauso fácil y placero con las mentiras de siempre y un patrioterismo esquizoide, supuestamente valiente y soberano, pero abyectamente buenaondita. Lo peor fue su veta electorera y partidaria tan interesada como inadmisible y emética. No distingue entre el timonel (gobernalle) y la arenga, e ignora que no hay buen viento para quien no sabe a dónde se dirige.

Cuán insignificante se vio ayer a la sombra de la Revolución entre los restos de Madero, Carranza, Calles y Cárdenas, quien le haya seleccionado el lugar acusa ignorancia histórica y política. Flaco favor le hizo a Sheinbaum. Qué hubiesen pensado de sus artes y alcances estos próceres.

En vía de mientras, se irguió en una Juana de Arco guinda y con matraca de Rocha Moya e Inzunza, en el fondo de López Obrador. México, por más vivas que le soflame, no está en el horizonte de su perspectiva presidencial, nuestra Juana solo tiene ojos para la iv-T y su movilización, que es lo único que saben hacer, toda vez que, como la bicicleta, si se detiene se cae.

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