José Luis Parra
En el México Mágico dos selecciones se preparan para disputar un mundial sin demasiadas expectativas de gloria.
Una es la de los inconformes con el régimen. Todavía no tienen claro si los dejarán entrar a la cancha, si les validarán el uniforme o si el árbitro ya decidió el marcador antes del silbatazo inicial.
La otra es la selección mexicana de futbol. Esa que tampoco inspira grandes ilusiones, pero que cada cuatro años encuentra la manera de convencer a millones de aficionados de que ahora sí.
Las dos juegan con desventaja.
Y las dos cargan una pesada dosis de incertidumbre.
Como parte del cuerpo arbitral aparece el gobierno. Un gobierno que parece entender poco del futbol como espectáculo, negocio o fenómeno social. Algunos incluso sostienen una teoría más inquietante: que el propio régimen se está encargando de enfriar la fiesta mundialista para que el evento termine convertido en un mal negocio para todos.
Lo cierto es que esta Copa del Mundo no despierta ni remotamente las pasiones que provocaron las dos anteriores celebradas en territorio mexicano.
A este torneo le agregaron ingredientes que nunca faltan en la cocina nacional: política, ideología y polarización.
Y los resultados ya comienzan a sentirse.
La organización parece una metáfora perfecta del partido inaugural.
Pasada por agua.
Todos remojados.
El pronóstico incluye lluvias, caos vial, improvisaciones y una agenda política empeñada en colarse hasta en los vestidores.Política
El futbol termina jugando donde no debería jugar.
En la cancha de la política.
Porque una cosa es utilizar el mundial como escaparate internacional.
Y otra muy distinta es administrarlo como si fuera una asamblea partidista.
Quizá ahí radique el problema.
Es difícil contagiar entusiasmo cuando quienes organizan la fiesta nunca parecieron disfrutar el juego.
Y eso la afición lo nota.
Lo reclama.
Sin necesidad de tiempos extra.
Menos aún de tandas de penaltis.