InicioPatricia Vega¡El futbol… a cuentagotas!

¡El futbol… a cuentagotas!

Patricia Vega

 

Provengo de una familia bastante futbolera, sin embargo, mi gusto por el futbol abarca únicamente a los primeros años en los que empecé a vivir a la CDMX, es decir más o menos entre 1967 y 1972, si es que la memoria no me falla.

Ya he contado en otras ocasiones cómo fue que la familia llegó a instalarse en una casa ubicada en la colonia Cuauhtémoc, en la Delegación (hoy Alcaldía) que lleva el mismo nombre.

En ese tiempo la colonia y sus calles, con nombres de ríos, tenían poco tráfico y en particular nuestra calle, Río Hudson, que tenía la extensión de una sola cuadra, estaba en la punta de lo que fue una zona residencial con poquísimos negocios y oficinas, a pesar de estar únicamente a un par de cuadras de la avenida Reforma, del Bosque y Zoológico de Chapultepec y de su zona de museos.

Durante varios años estuvo un lote baldío –el único en la única cuadra de Río Hudson-cuya entrada cuando funcionaba como estacionamiento público era una puerta ancha hecha con tubos de metal reforzados con malla ciclónica. Características ideales para una portería provisional del futbol callejero que solíamos jugar por las tardes cuando terminábamos con nuestros deberes escolares.

Chiflidos como los que sueltan los cargadores de los mercados indicaban que el partido estaba a punto de empezar. Yo era de las pocas niñas que acudían al llamado y se mezclaban con la chiquillería para jugar futbol. Varias veces regresé a casa a la hora de la cena con las rodillas y los codos raspados. Y en alguna que otra ocasión los jugadores de los equipos me dejaban meter un gol que era celebrado por todos. Era la niña a la que todos cuidaban.

Pasaron los años y conforme fui creciendo la calle dejó de ser mi lugar favorito de juegos. Ya no se veía tan bien que una chica adolescente anduviera trepada en los árboles o correteando un balón por la calle en medio de la chavaliza. Mis intereses deportivos se inclinaron más hacia el vóley bol en el patio de la escuela.

En casa, gracias a mi hermano Élmer (q.e.p.d.), que era 7 años mayor que yo, los fines de semana se solía ver los partidos de futbol por la televisión o escuchar cómo eran narrados a través de la radio. Justo por Élmer la afición futbolera fue conquistando los gustos de María Teresa, mi madre y de mi tía Silvia, cuyas voces se unían a la de mi hermano para celebrar los goles y abuchear a los perdedores, aunque muy pocas veces la familia acudía a los estadios, esos lugares en los que los partidos culminaban en los zafarranchos provocados por las porras de cada equipo. Así que, desde entonces, el futbol, mejor de “lejitos” aunque se tratara de los juegos mundiales con sede en México durante los campeonatos de 1970 y 1986, y pronto, en el Mundial que se realizará en julio de 2026.

Y la selección mexicana de futbol, conocida popularmente como “el Tri “o como los desacreditados “ratones verdes”, que no han podido cumplir el sueño de los mexicanos de ser campeones en algo bueno, aunque sea en el futbol.

De lo perdido lo que aparezca: el Ángel de la Independencia, ese emblemático monumento de la Ciudad de México, se convirtió en epicentro de festejos deportivos al que, a la menor provocación, acuden miles de futboleros entusiastas que enarbolan banderas mexicanas, se las pintan en las mejillas o las llevan bordadas en cachuchas y uniformes verdes.

Tal vez por la cercana ubicación de la casa familiar con el Ángel de la Independencia mi madre se vio atrapada en una adicción a este tipo de festejos patrioteros. Ella acudía contagiada por el entusiasmo a pesar de haberse convertido en una adulta ya muy mayor. Coreaba el Me-xi-co, Mé-xi-co, México y hacía sonar silbatos y cornetas.

Cotidianamente yo solía monitorearla por teléfono y estar al tanto de sus actividades para comprobar que se encontraba bien. Y de vez en vez se me desaparecía del radar durante horas en las que yo me inquietaba y moría de angustia. De repente mi mamá reaparecía en su casa con un ánimo exultante y luciendo en sus mejillas los tradicionales colores verde, blanco y rojo.

Y ella como si nada, fresca como una lechuga, una mujer que nunca dejó de soñar en que México sería alguna vez campeón, aunque fuera en el futbol. Lástima que ya no le alcanzó la vida para ver su sueño convertido en realidad.

Yo, en cambio, tal vez debido a la frustración acumulada de nunca ver ganar a la Selección Mexicana de Futbol, perdí ese entusiasmo patriotero y dejé de pertenecer a la porra. Cierro estas líneas invocando la comprensión de quienes viven envueltos en una gran pasión genuina por el futbol –como mis queridas amistades Consuelo Sáizar de la Fuente y Juan Villoro, por ejemplo—porque en mi ha triunfado una indiferencia que terminó por tragarse a la esperanza.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

LO MÁS LEÍDO