Patricia Vega
Corría el mes de junio del año de 1995 cuando en la Sala José Juan Tablada del Museo de Arte Moderno (MAM) ubicado en la capital mexicana y dirigido entonces por la crítica de arte, historiadora e investigadora Teresa del Conde (R.I.P) abrió las puertas del recinto museístico a una de las exposiciones más polémicas a las que he asistido a lo largo de mi vida periodística: “Toscani al Muro. 10 años de imágenes para United Colors of Benneton”, 42 carteles monumentales que permanecieron en exhibición durante tres semanas.
Yo ya me había acostumbrado a leer noticias internacionales sobre las reacciones y discusiones provocadas desde 1984 por las impactantes mágenes de Oliviero Toscani (R.I.P) que al ser exhibidas como enormes foto-murales publicitarios en las calles de las principales capitales europeas y estadounidenses provocaban distintos tipos de reacciones.
Las fotografías ampliadas a un tamaño espectacular sólo iban acompañadas de una frase escrita en letras blancas sobre un fondo verde: United Colors of Benetton que ya se habían convertido en una declaración de principios: unidad. Sin duda el fotógrafo italiano cambió la forma de crear campañas publicitarias, en este caso, para una marca líder en el mercado mundial de la ropa.
Imágenes que hacían alusión a problemáticas sociales como la guerra, el Sida, las diferencias culturales, la pena de muerte, la pobreza, el celibato, el sexo, los contrastes entre los colores de piel… y que dieron paso a opiniones divididas entre lo que era recibido como una publicidad con contenido social o un abuso de la más cínica explotación capitalista.
Tal vez una de las fotografías que más polémica despertó fue “Sida.1992”. Una imagen que fue capturada por la fotógrafa norteamericana Therese Frare y que con anterioridad a su uso en una de las temporadas publicitarias de Benetton había sido publicada en la revista Life –que dejó de publicarse como revista semanal a partir de 1972 para aparecer como una edición mensual o sobre temas especiales–. Sin embargo, la fotografía tuvo un impacto mucho mayor al exponerla en vallas publicitarias patrocinadas por Benetton. “Teníamos la autorización de la familia y del propio (David) Kirby era partidario de darle la máxima publicidad posible al Sida. Yo la interpreté como una “Piedad moderna”, dijo el propio Toscani en alguna ocasión, atrayendo las críticas de la Iglesia católica por la comparación con una especie de Jesucristo contemporáneo.
Se calcula que la imagen de David Kirby en su lecho de muerte, ha sido vista por billones de personas y se le considera un punto de inflexión en la percepción del Sida en la sociedad de esa época: dejó de verse como una enfermedad “sucia” o “castigo divino” que sólo afectaba a homosexuales y drogadictos para ser considerada como una auténtica tragedia global que paulatinamente fue perdiendo el estigma que la caracterizó en sus inicios.
Me gusta crear textos periodísticos sobre temas polémicos que, además, llamen a la reflexión. Desde esta exposición en el Museo de Arte Moderno, las imágenes de Toscani forman parte de mi memoria cultural y a menudo recuerdo su impacto tanto en mí como en otros visitantes de la muestra, particularmente las que aluden al Sida., la guerra o, años después, a la anorexia, entre muchos otros temas.
La polémica persiste cuando las imágenes publicitarias –por mucho mensaje social que contengan y estén realizadas de una manera estética– pasan de las calles a los muros de un museo. ¿Adquieren acaso otro significado cuando cambian de contexto o ese significado es intrínseco a la propia imagen?
La cobertura periodística del llamado “fenómeno Benetton” me regaló de manera inesperada el surgimiento de una amistad que ha perdurado a lo largo de los años y cada vez con mayor profundidad: la del poeta Juan Carlos Bautista y la del videasta y fotógrafo Víctor Jaramillo (R.I.P), una pareja gay –para mi ejemplar– que fue amonestada por los policías encargados de la vigilancia del Museo de Arte Moderno cuando se dieron un apasionado beso en el interior del Museo de Arte Moderno y fueron tachados de provocadores, situación que no pasó inadvertida ante mis ojos periodísticos y, al consignarla, aticé el fuego, según me dijo Juan Carlos, años después: “éramos y somos bien revoltosos. Nos dio una dicha infinita ver la respuesta colectiva a ese beso: más besos. Una besuqueada memorable”.
Fue también la oportunidad de conocer personalmente a Oliviero Toscani y tener con él una entrevista exclusiva que me permitió acercarme a él y comprobar que los verdaderos artistas, son visionarios. Me quedo con la respuesta a la última pregunta que le hice:
–Utilizaría usted una imagen de Auschwitz para Benetton?
–Es posible, ¿por qué no? La imagen de Auschwitz existe, el hecho de no utilizarla o no mirarla, no significa que no exista esa realidad, pero es una imagen del pasado. Yo prefiero ver hacia adelante, para mostrar los Auschwitz del futuro: no es necesario ver al pasado, es suficiente con ver lo que está sucediendo ahora, que quizá sea peor que Auschwitz…
Me inquieta y me invita a reflexionar esa visión profética que tienen algunos artistas.