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La factura del Istmo

José Luis Parra

 

La política exterior también se cobra con intereses.

Durante años, Andrés Manuel López Obrador repitió una idea hasta convertirla en dogma: la migración no se combate con muros, sino con desarrollo. No era un simple discurso para las conferencias mañaneras. Hoy sabemos, gracias a las memorias del exembajador Ken Salazar, que el entonces presidente mexicano apostó buena parte de su relación con Washington a ese principio.

El trato era sencillo. México pondría sobre la mesa sus megaproyectos. Estados Unidos respondería con inversiones. El Istmo de Tehuantepec sería mucho más que un ferrocarril; sería una muralla económica contra la migración, una frontera adelantada donde el empleo sustituyera al traficante y la inversión desplazara al crimen.

El problema fue que el dinero nunca llegó.

Según Salazar, López Obrador terminó profundamente frustrado. No porque Estados Unidos negara públicamente el apoyo, sino porque hizo algo peor: prometerlo una y otra vez sin cumplirlo.

Y en política internacional las promesas incumplidas tienen un costo mayor que una negativa franca.

Mientras México destinaba miles de millones de pesos al Tren del Istmo, Dos Bocas y otros proyectos considerados estratégicos, la administración de Joe Biden respondía con buenas intenciones, reuniones diplomáticas y fotografías oficiales. Mucho protocolo. Poco presupuesto.

La consecuencia fue inevitable.

Cuando Washington pedía mayor colaboración para contener las caravanas migrantes, López Obrador respondía con otra pregunta: ¿Dónde están las inversiones prometidas?

No era un chantaje. Era una factura.

Porque toda negociación funciona bajo una regla elemental: nadie sigue pagando cuando la contraparte dejó de cumplir.

Paradójicamente, esa falta de visión terminó golpeando también a Biden. La crisis migratoria se convirtió en uno de los principales argumentos políticos de Donald Trump, debilitó a la administración demócrata y confirmó algo que Salazar admite en su libro: subestimaron el tamaño del problema.

Al final todos perdieron.

México no obtuvo el respaldo económico esperado para consolidar el corredor del Istmo. Estados Unidos tampoco consiguió una estrategia regional capaz de contener la migración desde su origen.

Y mientras ambos gobiernos discutían sobre infraestructura, presupuestos y promesas, miles de personas siguieron caminando hacia la frontera.

La historia deja una lección incómoda.

Los discursos cuestan poco.

Las obras cuestan miles de millones.

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