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Déjame que te cuente (otra vez) un cuento: La bebida del éxito de los hermanos Rojo

Por Deborah Buiza

 

En el Bosque del Viento Vivo vivían con su mamá en casa de su abuela, los hermanos Panda Rojo y Zorro Rojo.

Panda Rojo era sereno, curioso, noble y de corazón muy dulce; Zorro Rojo, en cambio, era inquieto, valiente, perspicaz y tenaz.

La casa de la abuela era un lugar antiguo, lleno de fotos, objetos extraños y memorias suaves. Había mantas tejidas por el tiempo y hermosas estanterías donde habitaban los libros que su madre había ido adquiriendo a lo largo de su vida. Cada mañana, el aroma del café que preparaba su madre para iniciar el día los despertaba como un abrazo tibio y amoroso. Entonces se sentaban en la mesa del comedor, mirando cómo el sol entraba por la ventana, tocando suavemente los objetos.

Su madre, al verlos, los abrazaba y besaba mientras les decía:

—Empieza el día con gratitud, pies en la tierra y corazón en paz. Mantente así, que nada perturbe tu paz.

Un día, sintieron que algo les faltaba. Algo inquietaba su mente y su corazón. Por supuesto, salieron a buscar respuestas.

—¡A la aventura! —dijo Panda Rojo.
Enfundados en su ropa y tenis favoritos, cargando sus mochilas con objetos preciados y los típicos “por si acaso”, se adentraron en el bosque. Caminaron todo el día: Zorro corriendo, Panda observando. Al final, exhaustos, se sentaron en una roca.

—¡Ya sé! —exclamó Zorro Rojo—. Tal vez lo que deberíamos buscar es esa “bebida del éxito”, la que, dicen, revela a quien la posee qué le dará la felicidad.
Un búho, que los venía siguiendo desde las alturas, se acercó a escuchar. Antes de que Panda Rojo pudiera decir algo, el búho intervino:

—No es el éxito del mundo lo que necesitas. Cuando tu mente y tu corazón están en paz, lo tienes todo. Haz lo que amas y verás que puedes celebrar. No necesitas esa “bebida del éxito”.

Zorro Rojo se enojó con la intromisión y estaba a punto de reclamar cuando comenzó a llover fuertemente. Los hermanos Rojo corrieron velozmente a resguardarse, pero se dieron cuenta de que las mochilas que cargaban los hacían muy lentos.

—¿Qué está pasando? ¿Por qué vamos tan lento? —dijo Panda Rojo—. A ver, revisa tu mochila.

Hay que decir que durante el camino los hermanos Rojo fueron recordando momentos terribles. Se quejaron y rezongaron, trajeron a su mente y a su corazón recuerdos dolorosos. Y tanto hablaron, tanto se enfadaron, que no se dieron cuenta de que, con cada pensamiento, sus mochilas pesaban más y más… hasta que tuvieron que correr. Entonces lo comprendieron: cada vez que algo les quitaba la calma, pesaba como piedras en la mochila.

—¡Saca todo! ¡Deja todo!

Una a una fueron quitándolas… a veces era una palabra hiriente, una espera, un juicio, una sobre exigencia…

Y dejando todo aquello atrás, corrieron veloces a refugiarse.

Cuando dejó de llover, se sentían en paz y disfrutaban del petricor, ese olor que desprende la naturaleza después de la tormenta, que huele a renacer y esperanza.

Panda Rojo pensó que tal vez no era necesario afanarse por encontrar “la bebida del éxito”; que no había que entenderlo todo, ni saberlo todo, ni tenerlo todo. Bastaba con sentir que estamos a salvo en nosotros mismos.
El panda miró al zorro y dijo:

—¿Lo sientes?El zorro sonrió, el pecho liviano.

—Sí. Estoy en paz.

Y entonces, justo ahí, apareció una pequeña taza luminosa: la “bebida del éxito”.

Los hermanos Rojo la bebieron juntos. Sabía a café de la mañana, a lluvia fresca, a solecito por la ventana, a calma. Supieron entonces que lo único que importa… es tener paz en la mente y en el corazón.

Y así es como te lo cuento, Panda Rojo y Zorro Rojo regresaron a casa felices, con la certeza de que la verdadera meta no es llegar lejos, sino estar en paz.

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