Por Deborah Buiza
En lo más profundo del Bosque del Viento Vivo vivía Silvestre Sereno, un erizo conocido por su paciencia, su capacidad para escuchar el murmullo de las hojas y su gran empatía. Silvestre era un gran compañero, siempre cortés con todos y disponible para colaborar si lo requerían.
El Bosque del Viento Vivo era un excelente lugar para vivir; sin embargo, en las últimas semanas se había vuelto extrañamente ruidoso. El viento soplaba con una fuerza discordante, las discusiones de las cotorras resonaban en las copas de los árboles y el trajín diario de la comunidad animal se sentía denso, pesado, casi asfixiante. Bueno, hasta hacía más calor de lo habitual.
Silvestre Sereno empezó a notar que, casi sin darse cuenta, pasaba los días con el cuerpo tenso y las púas erizadas, listo para defenderse de un peligro que no lograba definir, pero que flotaba en el aire. Al final de la jornada se encontraba exhausto. Su mente, antes clara, se había llenado de un zumbido blanco que no lo dejaba pensar, y mucho menos disfrutar del aroma a tierra mojada.
Un día, en medio de un pequeño e insignificante incidente, estuvo a punto de lanzar sus púas a diestra y siniestra. ¿Qué le estaba pasando?
Había perdido su centro.
Al día siguiente de ese suceso, y tras una noche especialmente abrumadora donde el ruido del entorno no lo dejó descansar, Silvestre tomó una decisión: no podía seguir reaccionando al caos de afuera, necesitaba replegarse. Muy agotado pero decidido, sacó su mochila para esos casos, empacó sus objetos favoritos (unos libros, cuadernos para escribir y colorear) y sus tenis, puso café en un termo y salió de casa.
Caminó lejos del sendero principal, ignorando el barullo de las ardillas y las quejas de un viejo búho, hasta que encontró una pequeña madriguera oculta debajo de las raíces de un sauce llorón. Era un rincón donde el tiempo parecía correr más lento; era su espacio.
Allí, en la penumbra y el silencio, Silvestre hizo lo que hacía tanto no hacía: se desenrolló, dejó caer todo el peso que traía, cerró los ojos y comenzó a respirar lentamente.
En ese refugio no había lugar para las expectativas ajenas ni para las tormentas del bosque. Durante algunos días, Silvestre se dedicó a las cosas que verdaderamente amaba y que el ruido le había hecho olvidar. Durmió todo lo que quiso, salió a correr antes de la salida del sol, tomó su café sin prisa, y escribió y dibujó todo lo que se le vino a la cabeza y al corazón.
Hay que decir que Silvestre Sereno no descubrió el hilo negro ni resolvió los problemas del bosque, pero en esa pausa, en ese descanso elegido, volvió a escuchar los latidos de su propio corazón; respiró de nuevo. Entendió que el mundo exterior podía seguir con su prisa y sus batallas, pero que su paz interior era un territorio sagrado que nadie más podía cuidar por él.
A veces, como a Silvestre, la vida se nos llena de un ruido exterior que no nos pertenece, pero que nos satura, nos cansa y nos obliga a andar a la defensiva, con las púas afuera. Y en ese afán de sobrevivir al día a día, nos olvidamos de respirar, de lo que realmente importa, y nos alejamos de nosotros mismos.
Y así es como te lo cuento: es necesario, durante la tormenta o después de ella, buscar refugio en nuestra madriguera para apagar el ruido del mundo, para regresar a las cosas simples que amamos, para habitar el cuerpo de nuevo, recuperar nuestro centro, la paz y la voz.