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Fortificar la memoria militar

La memoria militar mexicana no nació en 1821, es tan antigua que se funde con la cosmovisión precortesiana. Las leyendas alrededor de la creación de la tierra y del hombre, suelen estar construidas en torno a luchas y batallas. La conquista de México, no se entiende sin las Cartas de Relación de Cortés a Carlos I, sin la pluma de Bernal Díaz del Castillo, la de los evangelizadores o bien las Versión de los Vencidos de Don Miguel León Portilla, los Anales de Culhuacán, así como otros textos de indígenas, que muestran ambas caras de la moneda.

El virreinato representó un periodo de paz prolongada, pero también se dieron excepciones como la Guerra del Mixtón o las rebeliones de Yanga y Canek, todas ellas bien escritas. De la misma forma se documentaron las semblanzas de virreyes de origen castrense y la organización del Ejército Virreinal. Aquí destacan las Ordenanzas de Carlos III, cuya influencia aún permanece en el Ejército Mexicano.

El siglo XIX, estuvo en buena parte cubierto de pólvora, la historia de la Revolución de Independencia fue escrita por no pocos, sobresalen los relatos de mentes brillantes, escritores e historiadores e incluso versiones de talante conservardor, como la de Lucas Alamán, quien fue en su juventud testigo presencial de la sangrienta toma de la Alhóndiga de Granaditas. El surgimiento del México independiente derivó en asonadas, cuartelazos, guerras civiles y agresiones extranjeras que quedaron plasmadas no sólo por los escritores de la época, sino por los contemporáneos.

La guerra con los Estados Unidos en 1846-1848, representa la hora más negra de nuestra historia, las dramáticas y heroicas jornadas, consolidaron el sentimiento de identidad nacional, pero también una rica pagina de nuestra historia militar, no solo con las narraciones de mexicanos, sino también de extranjeros tal como lo hizo el General Ulysses S. Grant, veterano de la contienda, en sus memorias o cómo lo reprodujo el alemán Carl Nebel, en la popular serie de grabados que realizó sobre las batallas en el Valle de México y la entrada de Windfield Scott a la Plaza de la Constitución.

La Gran Década Nacional contó con la particularidad de que buena parte de sus protagonistas en el bando liberal y republicano fueron plumas consagradas, algunos de ellos también pelearon con valor y patriotismo, como fue el caso de Vicente Riva Palacio o Ignacio Manuel Altamirano. Pero también los invasores e imperialistas documentaron aquellos años, surgen entonces las formidables memorias del Karl Kevenhuller, las de José Luis Blasio, secretario de Maximiliano o el acucioso trabajo publicado hace unos años por Jean Meyer en “Yo, el francés”, donde recopiló las impresiones de militares franceses durante la campaña en México.

La República Restaurada significó el cenit de nacionalismo mexicano, que en las letras tuvo una de sus más visibles manifestaciones y donde la crónica de las contiendas recientes no fueron una excepción. Posteriormente el porfiriato entre luces y sombras, mostró a un México pujante, en la esfera del orden, del progreso y orgulloso de contar con un ejército de línea.

La Revolución irrumpió con fuerza en 1910, pero no solo en los campos de batalla, sino también en el papel. Ha sido uno de los procesos más ampliamente documentados en nuestra historia. De lo anterior nos queda el acervo fotográfico de Agustín Víctor Casasola, los archivos de los diferentes ejércitos y facciones, las memorias escritas por tantos revolucionarios tales como el General Alamillo o la rara edición de 1959 de “Ocho mil kilómetros en campaña” del General Obregón, prologada por el General Urquizo. En consecuencia surgieron la novela, el teatro, el arte, el cine y los trabajos académicos que versan alrededor del cruento movimiento social.

Trás la Revolución, se profesionalizaron las Fuerzas Armadas Mexicanas, hoy la memoria de su devenir, la custodian la Sección de Historia de la Dirección General de Archivo e Historia y la de Comunicación Social en Defensa, así como la Unidad de Comunicación Social y la Dirección Ejecutiva de Historia y Cultura Naval en SEMAR. Sin embargo, y sin menoscabo de la extraordinaria labor que llevan a cabo estas secciones, unidades y direcciones en sus respectivas Secretarías, surge el compromiso constante de fortificar la memoria militar mexicana, sobre todo cuando nuestro pasado castrense está profusamente ilustrado.

Las hojas de servicios o expedientes suelen ser fríos y concretos, para eso fueron creados, consignan fechas, lugares y una relación de ascensos, recompensas o sanciones, que no necesariamente reflejan el espíritu de los nombres ahí impresos. Los militares por naturaleza propia, son discretos y disciplinados, no se jactan de sus proezas, cualquier triunfo no es personal, es de la institución. Por lo mismo y a diferencia de tantos libros de memorias escritos durante la Revolución, ahora sería impensable ver a legiones de generales o almirantes publicando sus remembranzas. De ahí que se convierte en una necesidad imperiosa, el construir la memoria y el relato histórico actual alrededor de los hombres y mujeres que sirven en activo o en la honrosa situación de retiro en las Fuerzas Armadas Mexicanas.

Lo anterior no como una expresión de vanidad, mucho menos de ensalzar figuras, sino como el menester de preservar para las futuras generaciones, la trayectoria de quienes hoy cargan sobre sus hombros la grave responsabilidad de preservar la integridad de la nación y su soberanía, también la de quienes aún con el riesgo de perder la vida, bregan día a día por la seguridad interior, el imperio del Estado de Derecho y las Instituciones, también de aquellos que auxilian a la población civil en casos de desastre, dentro y fuera de nuestras fronteras. A su vez, es también asignatura, nunca olvidar a quiénes son los herederos de una tradición, que sin temor a exagerar, se remonta a la época prehispánica, hacerlo no es una apología al envanecimiento, sino la expresión de gratitud de un país que los reconoce.

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