¿Y si sí?

Por David Martín del Campo

 

Al silenciar los trompetazos se esfumó el espejismo. Las camisetas verdes, los sombreros, las banderas y las serpentinas retornaron a los cajones. La noche del domingo, después del silbatazo final en el estadio Azteca, fue de luto nacional; o casi.

Ganar o perder, a eso se reduce la lucha por la vida. No que Darwin lo extrapolara a las especies que pervivimos en el planeta, sino que el deporte –los campeonatos mundiales– han usurpado la fascinación que antes ocupaban las contiendas militares. Aunque claro, no es lo mismo el despliegue de 200 mil de infantería que los veintidós calzonudos correteando en el coliseo deportivo.

Se va a cumplir un siglo de que fue concebido el campeonato mundial de futbol. Desde aquella copa jugada en 1930 en el estadio Centenario de Uruguay, ha habido campeones y derrotados, emoción cívica y la apoteosis de los vencedores. Brasil ha ganado cinco torneos, Alemania cuatro, lo mismo que Italia, Argentina tres, y Francia y Uruguay dos.

Se ha dicho hasta el cansancio: la selección mexicana ha progresado mucho a lo largo de los años, desde aquella vergonzosa derrota ante el equipo inglés en 1961, con la histórica goleada de 8-0, en la que el cronista Manuel Seyde calificó al conjunto nacional como una corretiza de “ratoncitos verdes” en la cancha del estadio de Wembley.

La derrota del domingo pasado, sin embargo, no lo fue tanto. El conjunto mexicano había logrado pasar a octavos de final, luego de abatir a los equipos de Sudáfrica, Corea, Chequia y Ecuador. Había sustento para gritar esa interrogante esperanzadora: “¿Y si sí?” (ganamos la Copa 2026). ¿Por qué no, con ese comienzo tan aplastante? Después de todo 47 equipos, con ese ímpetu inicial, bien que nos vendrían a hacer los mandados. Pero no.

La vida termina por imponer su lección. Sí, vale soñar con todo derecho, y celebrar los triunfos, pero la realidad nos sitúa, tarde que temprano, en el sitio correspondiente. Al salir del mesón donde presencié el partido (eran las diez de la noche), un niño enrollaba la bandera que había tremolado durante buena parte de la transmisión, y lloraba en silencio. Era la imagen misma de millones de compatriotas retornando a la vileza rutinaria de la cotidianeidad. Cada cual en su lugar, y a’i la llevamos.

La gran esperanza que, de tiempo en tiempo, florece en la sociedad. Lección de vida es aquella, enseñándonos que siempre hay un vencedor, un campeón, y varios (o muchos) derrotados. ¿Será que nuestra sociedad padece una avidez de buenas noticias? Algo que no sea el medio centenar de crímenes cometidos por las mafias a diario, algo distinto a los escándalos de corrupción y huachicoleo del día con día, algo distinto al asedio de la estrechez doméstica y los embustes que propalan los dueños del poder. De ahí la tristeza que ensombreció al país la noche del domingo.

Los mariachis callaron, diría el vate José Alfredo, y cesaron las manifestaciones de júbilo que habían conjuntado a un millón de compatriotas alrededor del Ángel de la Independencia. La profecía no se cumplió, “no seas pesimista”, nos regañaban, y nos hermanamos con los seleccionados de Alemania, Holanda y Brasil, que han sido igualmente eliminados.

El daño está en el espíritu combativo que traemos apenas saltar de la cuna. Ser el mejor, los mejores, y campear con nuestra ley “…después me dijo un arriero que no hay que llegar primero”, sabio José Alfredo. Hay naciones que han hecho del futbol su deporte nacional y los estadios el domingo son la apoteosis redentora que evita, muchas veces, el estallido social. Que gane el Atlante, el Rayo Vallecano, el Manchester, y no reviente el conflicto sindical o ciudadano en este o aquel rincón de la patria. “Pan y circo”, celebraban los emperadores en Roma, como lo hacía el dictador Francisco Franco al celebrar aquello de “vino barato y futbol”, para mantener controlada a la sociedad.

La ensoñación nacional ha caducado. Somos buenos, muy buenos en la cancha, pero aún no los campeones. Guardemos muy planchada nuestra camiseta verde al fondo del cajón, que ya será el momento. Que cada cual retorne a su butaca y veamos cómo se desarrolla el fin de la contienda. Habrá un ganador, y ya lo celebraremos. “Y si no fuimos nosotros… ni modo”. Que gane el mejor; que de eso se trata.

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