Por David Martín del Campo
Llamémosle “el arrime”. Transitando por la capital inglesa nos enteramos de que el dinero ha pasado a mejor vida. Ya nadie acepta los billetes con la estampa de S.M. la reina Elizabeth. “Card, please”, de modo que para pagar todo… una cerveza en el pub, el boleto del metro, la cuenta del hotel, la cena, el tren a Bath, un necesario paraguas o el taxi, todo, todo debe ser pagado con la tarjeta de crédito, arrimada al aparato de registro que, “ziip”, da por bueno el pago y “thank you”, a otra cosa.
Paseando por la ribera del Támesis presenciamos un episodio de desmesura. Un podiosero, sentado en su tresillo de aluminio, pide limosnas con su celular montado sobre un modesto atril. “Credit Card, please. 1 or 2 pounds; thank you”, reza el letrerito. O sea, limosnero y con pago electrónico, pues.
A las cinco de la tarde, más pronto que tarde, se van llenando los bares y pubs de todo Londres. Amigos que han quedado, colegas de oficina, compañeros de la universidad. Ellos y ellas se apoderan de una mesita, y así de pie comparten una guinness platicando, se exaltan, piden una segunda y, quizá, un “fish and fries” si es que almorzaron mal. Se contonean, cuentan chismes, gritan cuando alguien anuncia un despido o un divorcio. Luego, a las ocho o menos, se van despidiendo para volver a casa y sus rutinas.
Pero si asoma el sol y la tarde entibia, ocurre lo mismo en la puerta del pub ocupando la banqueta. Una guinness para disfrutar de la resolana, hasta quedar “sloshed”.
San Sebastián, junto con Bilbao, son las capitales culturales de Guipúzcoa. Dos generaciones después, una vez superado el medio siglo del franquismo, la presencia de ETA es una mera anécdota. Los terroristas de los años setenta abandonaron la lucha armada y los atentados terroristas. Ahora disfrutan de la paz con el estatuto de autonomía que les da una suerte de “independencia virtual” e identidad, sin abandonar la nacionalidad española y la filiación a la Comunidad Europea.
Paseando en bicicleta por la avenida costera de la Concha, la proverbial playa donostiarra, de pronto se llega a las esculturas de Eduardo Chillida cimentadas en la roca. Les llamó “los peines del viento” y semejan, en verdad, unos trinches de hierro que deben pesar diez toneladas. Hay que tocarlos, retratarse junto a ellos, arte inesperado que no deja de llamar a sorpresa.
Donostia (el nombre vasco de la ciudad) está cimentada en una curiosa península. De un lado la costa cantábrica, compartida con la Normandía francesa, y del otro la ría del Urumea, que desemboca allí mismo y que la hace poseer uno y otro puente de majestuosa presencia. Así que “Agur”, la despedimos, como aquí se acostumbra.
Bordeaux, traspasando la frontera, fue la capital del dinero. No por nada una de sus explanadas pincipales se denomina Plaza de la Bolsa, donde en el siglo XVIII y XIX los caudales bancarios –originados en el comercio del famoso vino regional– sostenían buena parte de la economía francesa. De ese modo, cuando la Revolución de 1789, los bordeleses propusieron que se conformase una república moderada, federativa, alejada del radicalismo robesperiano. Los diputados que encabezaban esa iniciativa, los famosos “girondinos”, fueron todos guillotinados por el régimen en 1793. Hay un monumento admirable en su honor, Los Girondinos, al centro de la ciudad.
Pero lo más sobresaliente es su Museo del Vino, colindante con el río Garona. Se trata de un edificio de nueve niveles recubierto con placas de acero inoxidable, lo que lo hace único en su tipo. Dentro de el se despliega una muestra deslumbrante que cuenta la historia del vino, su consumo y comercio, desde los años de su invento en la alta Mesopotamia, seis mil años antes de nuestra era. Y al concluir la visita, obvio, en la terraza superior, una degustación del más exquisito vino de Burdeos.
Retornando a Madrid, en el tren AVE (alta velocidad), se puede observar el registro de la rapidez en cada vagón. Normalmente 248 kilómetros por hora, nada que ver con otros inventos caribeños.
La capital española, desde ya, es la fiesta del turismo (y la gentrificación). Visitantes de toda Europa disfrutando de su animación, sus museos y su vida nocturna, toda vez que durante el día los termómetros llegan a los 38 grados, y que obligan a repostar frescura en cualquier cervecería de barrio. Una “tapa” obsequiada (de anchoa, de jamón) y a seguir recorriendo la ciudad de los desvelados.
Sorprende la ausencia de autos, toda vez que el transporte público es un servicio riguroso y ordenado. Los horarios se cumplen, todos los vehículos llevan aire acondicionado y el uso del automóvil es en verdad estorboso. Visitar sus museos es un encuentro con el arte europeo (España fue imperio), sobre todo con el Guernika de Picasso, en el Museo Reina Sofía donde se resguarda desde que fue cedido por el Museo de Arte Moderno de Nueva York. El cuadro retrata el primer bombardeo masivo de la historia, en 1937, sobre aquel pueblecillo vasco arrasado. Como otros “Guernikas” deberían estar siendo plasmados hoy alrededor de Beirut y Gaza.