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Por impericia del gobierno, caos y deterioro urbano

NEMESIS

Fernando Meraz Mejorado

 

Basta caminar un poco por la calle para sufrir “in situ” el calvario que implica vivir en las zonas urbanas a las que hace menos de tres décadas, todos los indicadores señalaban, guardadas las proporciones, como ejemplos de la mejor calidad de vida. Hoy esto se hizo añicos por la impericia y corrupción de los gobiernos federales y locales.

Ello sugiere que el Estado ha perdido su rumbo y razón de ser, ya no funciona como hogar común, sino como una estructura que se sostiene a sí misma y a intereses ajenos, mientras descuida a quienes debe servir.

Quien gobierna acepta y jura un compromiso ético sagrado: cuidar lo que es de todos. Dejarlo caer es una negligencia grave, una falta de lealtad hacia quienes les confiaron el poder. Una traición.

El daño no es igual para todos: las calles rotas, escuelas pobres, maestros sin salario y transporte fallido castigan más a quienes menos tienen. Es injusticia moral: se vulnera primero a los más frágiles.

En el polvo de los archivos duermen los antiguos folios de los servicios públicos.

Si la “deuda inevitable” oculta malversación, privilegios o decisiones deshonestas, la prevaricacion se suma al pecado de traición, roban no solo dinero, sino esperanza y dignidad.

Esto es el prolegómeno del fin de la confianza moral; Se rompe la creencia de que “lo público es cosa honesta”. Se instala la idea tóxica de que el poder es para aprovecharse de él, no para servir.

Quien gobierna acepta y jura un compromiso ético sagrado: cuidar lo que es de todos. Dejarlo caer es una negligencia grave, una falta de lealtad hacia quienes le confiaron el poder.

El daño no es igual para todos, las calles rotas, escuelas pobres y transporte fallido castigan más a quienes menos tienen. Es injusticia moral, se vulnera primero a los más frágiles.

Prevalecen la mentira y la opacidad. Si la “deuda inevitable” oculta malversación, privilegios o decisiones deshonestas, se suma el pecado de la traición: roban no solo dinero, sino esperanza y dignidad.

Estamos frente al fin de la confianza moral. El pacto social parece nulo.
Se rompe la creencia de que “lo público es cosa honesta”. Se instala la idea tóxica de que el poder es para aprovecharse de él, no para servir.

Así se traición al fin del Estado. Desde Aristóteles hasta John Locke o el constitucionalismo moderno, el poder existe para garantizar el bien común, no para vivir bien ni enriquecerse a costa de él.
Cuando el gobierno se limita a administrar la carencia en lugar de buscar el bienestar, pierde su razón de ser.

Mientras tanto la deuda, como nueva forma de dominación, surge siniestra. Se presenta como una fatalidad inevitable, pero filosóficamente es una relación de poder se somete a la sociedad a prioridades externas o de grupos privilegiados, anulando la soberanía popular. El Estado deja de servir a la Nación para servir a otros intereses.

Ya hay un vacío de legitimidad. Un gobierno no se sostiene solo por leyes o votos, sino por su función útil. Cuando no cumple los compromisos que juró, su autoridad se vuelve fuerza débil y sin sentido. Manda, pero no es obedecido por respeto, sino por inercia o miedo.

Y lo más grave, la apatía o resignación de la gente que ante esto se convierte en cómplice del desastre. Porque lo público no es solo cosa de gobernantes: es la vida que compartimos, y exige que se le cuide o se le recupere.–oOo–

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