José Luis Parra
La guerra también se hace con cámara
Ya no basta con disparar. Ahora también hay que grabar.
El crimen organizado entendió hace tiempo que las balas matan, pero los videos intimidan mucho más. Por eso aparecen hombres encapuchados, perfectamente alineados, con armas largas, chalecos tácticos, cascos, drones y discursos leídos desde un teléfono celular. No buscan informar. Buscan gobernar desde el miedo.
Lo preocupante no son únicamente las imágenes. Lo verdaderamente grave es el mensaje.
El CJNG ya no presume únicamente capacidad de fuego. Ahora pretende vender una imagen de autoridad moral. Dice combatir a extorsionadores. Promete “limpias”. Advierte que viene a poner orden. Incluso envía mensajes tranquilizadores a comerciantes y, de paso, les hace saber a las autoridades que no son su problema… siempre y cuando no estorben.
Es el viejo manual del crimen organizado actualizado para la era digital: primero se construye la narrativa, después llega el territorio.
La Ciudad de México dejó hace mucho de ser esa isla donde, según algunos discursos oficiales, los grandes cárteles no podían establecerse. El atentado contra Omar García Harfuch ya había demostrado que la capacidad operativa existía. Ahora esos videos buscan demostrar algo todavía más peligroso: presencia permanente.
No importa si cada amenaza se cumple o no. El efecto psicológico ya está conseguido.
Mientras tanto, la respuesta institucional se mueve con extrema cautela. Analizan los videos. Investigan su autenticidad. Evitan generar alarma. Prudencia necesaria, sí. Pero también existe el riesgo de que la prudencia termine pareciéndose demasiado a la normalización.
Porque cada vez que un grupo criminal publica un comunicado, enumera municipios, señala funcionarios, acusa rivales y anuncia futuras operaciones, está ocupando un espacio que corresponde exclusivamente al Estado.
Y ese vacío nunca permanece desocupado por mucho tiempo.
Resulta hasta irónico escuchar a delincuentes hablando de combatir la extorsión o de proteger a la población. Es el equivalente a contratar un pirómano como director de Protección Civil. Pero esa contradicción forma parte de la estrategia: apropiarse del discurso de la justicia mientras ejercen la violencia.
La propaganda criminal persigue exactamente eso: convencer a algunos mediante el miedo y a otros mediante la falsa esperanza de que alguien, aunque sea un delincuente, pondrá orden donde el gobierno no ha podido.
Ahí reside el verdadero peligro.
No en los videos.
Sino en que un sector de la sociedad termine creyendo el mensaje.
Porque cuando el crimen organizado comienza a disputar no solamente las calles, sino también la narrativa, la autoridad deja de pelear únicamente por el territorio.
Empieza a pelear por la credibilidad.
Y esa guerra suele ser mucho más difícil de ganar.