José Luis Parra
En política mexicana existe una vieja regla no escrita: el tiempo no siempre cura las heridas, pero sí ayuda a que algunos crean que la memoria colectiva tiene fecha de caducidad.
Eso parece estar ocurriendo con Rubén Rocha Moya.
Después de más de dos meses fuera del escenario público, el gobernador con licencia reaparece. No lo hace acompañado de una resolución judicial que despeje las acusaciones en su contra. Tampoco de una explicación que convenza a los sinaloenses. Reaparece en redes sociales. Y eso bastó para que el PAN encendiera las alarmas y acusara a Morena de preparar cuidadosamente su retorno al poder.
Quizá Acción Nacional exagera. O quizá simplemente está leyendo las señales.
Porque Rocha nunca renunció. Solicitó licencia. Jurídicamente la puerta sigue abierta. Políticamente también, siempre y cuando alguien desde el centro decida que llegó el momento de correr el telón.
La pregunta de fondo no es si puede regresar.
La verdadera interrogante es bajo qué condiciones regresaría.
Porque una cosa es el derecho constitucional de reincorporarse al cargo y otra muy distinta hacerlo con una larga lista de señalamientos todavía flotando en el ambiente. Ahí aparecen las referencias a investigaciones en Estados Unidos, los presuntos vínculos con grupos criminales durante el proceso electoral de 2021 y el caso, todavía lleno de sombras, del asesinato de Héctor Melesio Cuén.
Son temas demasiado delicados para resolverlos únicamente con el paso del calendario.
El PAN exige transparencia de la Fiscalía General de la República y claridad del Congreso de Sinaloa sobre el procedimiento legal. Morena, mientras tanto, guarda silencio. Un silencio que también comunica.
Porque en política el silencio suele ser el lenguaje de las decisiones que todavía no se anuncian.
Resulta inevitable recordar que los gobiernos no solamente administran recursos públicos. También administran percepciones. Y pocas cosas resultan más peligrosas que instalar la idea de que basta desaparecer unos meses para regresar como si nada hubiera ocurrido.
La justicia no puede convertirse en una sala de espera donde el expediente permanece congelado hasta que pase la tormenta mediática.
Si Rubén Rocha vuelve, necesitará mucho más que una licencia vigente.
Necesitará credibilidad.
Y esa no la otorga un decreto.
Mucho menos una publicación en redes sociales.
Porque si el regreso ocurre antes que las explicaciones, el problema dejará de ser Rocha.
El problema será el mensaje.
Y ese mensaje podría resumirse en una frase incómoda para cualquier democracia:
En México, a veces la mejor defensa no es demostrar la inocencia.
Es simplemente sobrevivir al escándalo.