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La traición como herramienta política La sovietización de la conversación pública mexicana

POR FERNANDO PESCADOR GUZMÁN.

 

En política, pocas palabras pesan tanto como “traición”. No se trata de una acusación cualquiera, estamos ante un arma de destrucción masiva en la dimensión de la fama pública de cualquier individuo. En México, el término ha vuelto a ocupar un lugar central en el debate público.

Desde la conferencia presidencial el término “traición a la patria” se ido utilizando cada vez con mayor recurrencia para descalificar opositores, críticos, periodistas, funcionarios y hasta aliados incómodos. Y aunque nuestro país está lejos de ser un régimen totalitario, vale la pena preguntarse qué significa esta normalización del lenguaje de traición y qué riesgos implica.

Para entenderlo, conviene mirar hacia atrás, hacia uno de los momentos más oscuros del siglo XX, el bloque soviético bajo Stalin. No porque México esté repitiendo ese modelo, no lo está, sino porque ahí se desarrolló una lógica política que hoy resuena, aunque sea en versión simbólica, en nuestra vida pública.

El enemigo interno como fuente de legitimidad

En la Unión Soviética de los años treinta, el régimen construyó su legitimidad sobre la idea de que estaba rodeado de conspiradores. Los famosos “juicios de Moscú” mostraban a viejos revolucionarios confesando, entre lágrimas, supuestos complots con Alemania o Japón, las potencias rivales de la época. Eran confesiones fabricadas, pero cumplían una función política específica, el reforzamiento de la narrativa de que el Estado estaba bajo ataque y que solo el liderazgo fuerte podía salvar a la nación.

La figura del “enemigo del pueblo” era útil porque convertía cualquier crítica en una amenaza existencial. No había espacio para el disenso, cualquier cuestionamiento al líder era equivalente a colaborar con potencias extranjeras. La lealtad no era política, era casi religiosa.

México no vive purgas, ni juicios fabricados, ni persecuciones masivas. Pero sí vive algo que merece atención y es el uso creciente del lenguaje de traición como arma política.

La traición en el discurso mexicano

En nuestro país, “traición a la patria” es un delito grave, definido en los artículos 123 al 126 del Código Penal Federal. El tipo penal implica la colaboración con fuerzas enemigas, entregar secretos militares o comprometer la soberanía. Es decir, es algo muy específico y serio.

Sin embargo, en el debate público la expresión se ha vuelto un comodín. Se usa para acusar a legisladores que votan distinto, a periodistas que publican investigaciones incómodas, a opositores que viajan a Washington, a funcionarios que discrepan de la línea oficial. Incluso se ha usado para señalar a miembros del propio movimiento gobernante cuando se apartan de la narrativa dominante.

La frase “informante del gobierno norteamericano” también ha ganado terreno. En un país con una historia compleja frente a Estados Unidos, la acusación tiene un peso simbólico enorme. No se necesitan pruebas, basta con insinuarla para sembrar duda sobre la integridad del acusado.

¿Por qué funciona este lenguaje?

Porque apela a emociones profundas como el miedo, la indignación, el patriotismo. Y porque simplifica la política a un esquema binario, a dos campos claramente delimitados los leales y los traidores.

En ese esquema, cualquier matiz desaparece. No importa si la crítica es legítima, si el desacuerdo es técnico, si la denuncia es fundada. Todo puede interpretarse como colaboración con un poder externo.

Esto genera dos efectos preocupantes. Por un lado, desplaza el debate público ya que, en vez de discutir sobre políticas públicas, se discute una particular modalidad de moralidad. En vez de evaluar decisiones, evaluamos lealtades.

Por otro, se deslegitima la pluralidad política. En democracia, el disenso es normal. Pero si el disenso se etiqueta como traición, se vuelve sospechoso, casi criminal.

Los paralelismos con el bloque soviético

No estamos en un régimen totalitario, pero sí vemos ecos de aquella lógica. Por ejemplo, se normaliza la figura del enemigo interno como recurso político. En ambos casos, la figura del traidor sirve para reforzar la cohesión del bloque gobernante.

La conexión con potencias extranjeras también es vista como amenaza. En la URSS eran Alemania o Japón, en México es Estados Unidos.

Otra dimensión de relevancia es el efecto disciplinario. El miedo a ser etiquetado busca inhibir la crítica interna y fomenta la autocensura.

La diferencia, por supuesto, es enorme. México aún tiene elecciones competitivas, prensa crítica, división de poderes y sociedad civil activa. Pero incluso en democracias, el lenguaje importa. Y cuando el lenguaje de traición se normaliza, la política se vuelve más agresiva, más polarizada y menos racional.

¿Qué riesgos enfrentamos?

El primero es la erosión del pluralismo. Si cada crítica se interpreta como traición, el espacio para la discusión se reduce. La política se convierte en una batalla moral, no en un intercambio de ideas.

El segundo es el escalamiento. Hoy la acusación es simbólica, pero podría abrir la puerta a intentos de criminalizar conductas políticas legítimas como lo son la cooperación internacional, las denuncias ante organismos externos, las investigaciones periodísticas, o la participación en foros globales.

El tercero es la desconfianza institucional. Cuando la traición se usa como etiqueta política, se desgasta el significado real del delito. Y eso debilita la credibilidad de las instituciones encargadas de la seguridad nacional.

¿Qué podemos hacer como sociedad?

Primero, hay que reconocer que la democracia necesita disenso. No hay país democrático sin voces críticas, sin oposición, sin debate. Etiquetar al adversario como traidor no fortalece a México, lo empobrece política y culturalmente.

Segundo, exigir rigor. Si alguien acusa a otro de traición, debe presentar pruebas. La acusación no puede ser un recurso retórico para ganar aplausos o likes. No obstante una potencial lógica electoral en debilitar figuras partidistas internas o externas.

Tercero, defender la conversación pública. No todo desacuerdo es conspiración. No toda crítica es colaboración con potencias extranjeras. No todo opositor es enemigo de la nación.

Conclusión

La traición es una palabra peligrosa. En el bloque soviético sirvió para justificar purgas y consolidar un régimen totalitario. En México, su uso simbólico no tiene aún ese alcance, pero sí tiene efectos corrosivos sobre la calidad del debate democrático.

La política mexicana no necesita traidores imaginarios. Necesita argumentos, transparencia, diálogo y responsabilidad. Y necesita que la ciudadanía no se deje seducir por narrativas que convierten el desacuerdo en delito moral.

Porque al final, la verdadera fortaleza de un país no se mide por cuántos “traidores” señala, sino por cuánta pluralidad es capaz de tolerar.

 

SAGRADAS ESCRITURAS. Proverbios 14:25

El testigo veraz salva vidas, pero el que habla mentiras es traidor.

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