José Luis Parra
Hay dos asuntos que hoy tienen contra las cuerdas al régimen y a Morena. Pareciera que son uno solo, pero conviene separarlos porque, aunque terminan golpeando al mismo adversario, recorren caminos distintos.
El primero es el huachicol fiscal. El segundo, el caso Ernesto Ruffo Appel.
Ambos tienen un ingrediente que el gobierno mexicano difícilmente podrá controlar: Estados Unidos.
El huachicol fiscal dejó hace tiempo de ser un problema exclusivamente nacional. Las investigaciones avanzan del otro lado de la frontera y, guste o no, las acusaciones de mayor peso podrían llegar desde Washington. En México podrá haber discursos, conferencias mañaneras y descalificaciones, pero la presión internacional tiene otros tiempos y otras reglas.
El caso Ruffo también comenzó a salir del ámbito doméstico. Ya no es solamente la defensa de un exgobernador panista. La discusión ahora gira alrededor del Estado de derecho y del derecho de cualquier ciudadano a contar con una defensa jurídica sin que ésta sea criminalizada.
Y ahí Morena abrió un frente que quizá no midió.
Al descalificar públicamente al abogado Fernando Gómez Mont por asumir la defensa de Ruffo, la dirigencia morenista terminó provocando una respuesta institucional de la Barra Mexicana de Abogados, que recordó algo elemental en cualquier democracia: un abogado no comparte la culpa de su cliente ni defender constituye una forma de complicidad. Si esa lógica prosperara, desaparecería uno de los pilares básicos de cualquier sistema de justicia.
El problema para el régimen no es solamente jurídico.
Es político.
Porque si el Estado no presenta pruebas contundentes que convenzan no sólo a los jueces, sino también a la opinión pública, el caso Ruffo podría regresar como un bumerán de esos pesados, de los que no perdonan el golpe de vuelta.
Mientras tanto, el expediente del huachicol sigue cocinándose lentamente en Estados Unidos. Y todos sabemos que cuando allá terminan de cocinar un expediente, normalmente ya traen listo también el menú completo.
Morena enfrenta así una combinación peligrosa: investigaciones internacionales, desgaste interno y una narrativa que comienza a escapar de su control.
El poderío electoral que presumía hace apenas unos meses empieza a mostrar fisuras. Parte corresponde al desgaste natural de cualquier partido que gobierna. Pero otra parte es responsabilidad exclusiva de su propia nobleza: los modernos duques, condes y marqueses de la Cuarta Transformación, que han confundido el ejercicio del poder con la arrogancia permanente.
Conservadoramente podría estimarse que Morena ronda hoy el treinta por ciento de respaldo sólido. Si bien le va.
Y la tendencia difícilmente será ascendente mientras siga acumulando errores propios.
La oposición no ha hecho demasiado para crecer.
Es Morena quien, paso a paso, parece empeñada en reducirse sola.
Y en política eso suele ser más peligroso que cualquier adversario.