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La Ley mordaza, rompe el equilibrio democrático

NEMESIS

Fernando Meraz Mejorado

 

La amenaza de una ley para controlar de los medios de información que esgrime la señora Sheinbaum no es solo una norma, es un instrumento de control que rompe el equilibrio democrático. Bajo pretextos como combatir la desinformación o preservar el orden, introduce conceptos vagos que otorgan al poder una discrecionalidad casi absoluta para decidir qué decir, qué publicar y a quién sancionar. Se convierte en muro contra la rendición de cuentas: al silenciar periodistas, opositores y denunciantes, el poder deja de ser vigilado y la transparencia se desvanece.

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En el contexto mexicano —donde la prensa ya vive riesgos extremos— es un paso atrás hacia la concentración del mando y la eliminación del contrapeso fundamental que es la crítica.

La amenaza de una ley mordaza no es solo jurídica. Es el cerrojo sobre la democracia, la parálisis de la voz colectiva y la negación de nuestra condición de personas libres.

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Engendra el efecto mordaza real, la autocensura. La gente deja de opinar, de preguntar, de denunciar no por convicción, sino por temor a multas, procesos o represalias. El debate público se vuelve monótono, pierde riqueza y pluralidad; la sociedad se convierte en un terreno donde solo resuena la voz oficial. Se agrava la brecha entre gobernantes y ciudadanos: el pueblo calla, el poder ignora y la desconfianza se enquista como una enfermedad silenciosa. La convivencia democrática —que vive del disenso respetuoso— se marchita, y la verdad se fragmenta o desaparece bajo el peso del miedo.

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Este proyecto de la 4-T ataca la esencia misma del ser humano: la capacidad de pensar, juzgar y expresarse. Desde Sócrates hasta los derechos humanos universales, la libertad de expresión es la base de toda dignidad y progreso. La ley mordaza invierte el sentido de la norma: en lugar de proteger libertades, se usa para domesticar la conciencia y reducir al ciudadano a un sujeto pasivo. Representa la creencia peligrosa de que el poder sabe mejor que nadie qué debe saberse y decirse —el germen de toda tiranía—, olvidando que la verdad nunca se impone, sino que se busca y contrasta libremente.

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Como advirtió la Suprema Corte al invalidar iniciativas similares: su ambigüedad no es error, es peligro —porque deja en manos de quien gobierna decidir qué es lícito pensar y decir.–oOo–

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