Más allá de las expresiones de hispanofilia o hispanofobia, que ambas llevadas a su extremo o a posturas radicales son reprobables, es innegable que la legítima fraternidad hispano-mexicana es una realidad que está por encima de los momentos políticos.
Lo anterior viene a colación por lo acontecido con respecto a la última recreación del Paseo del Pendón, la parada que durante el virreinato festejó la consumación de la conquista. Este año se realizó a pesar de que fue previamente cancelada por los organizadores originales, quienes denunciaron la infiltración de grupos de ultraderecha como la Unión Nacional Sinarquista y el Círculo Tradicionalista Celedonio de Jarauta.
Lo más curioso es que este año el Paseo del Pendón no rememoró lo acontecido en 1521, sino a los mártires católicos de la Guerra Cristera y lo más inaudito de todo, al ultraconservador movimiento carlista español. Los participantes acudieron a la Iglesia de San Hipólito, sitio donde históricamente concluía el recorrido de la parada virreinal y que alberga a la capilla de los Santos Mexicanos. Ahí depositaron una ofrenda floral y acto seguido se manifestaron en el exterior del templo desplegando pendones de la Cruz de Borgoña, la Virgen de los Remedios, Capitana de Cortés y estandartes Cristeros con la imagen de la Guadalupana y la inscripción de “Viva Cristo Rey”. Los asistentes portaron las boinas rojas características de los miembros del marginal movimiento español y que hoy solo se limita a realizar nostálgicas ceremonias alusivas al carlismo.
El movimiento se originó en las Guerras Carlistas, las cuales enfrentaron en la convulsa España decimonónica, a los seguidores del Infante Carlos, hermano de Fernando VII y de talante absolutista en contra de los defensores de la monarquía constitucional y aglutinados en torno a la reina Isabel II. La manifestación del sábado pasado desvirtuó la conmemoración del Paseo del Pendón como un ejercicio de la memoria histórica virreinal en la Ciudad de México, para tornarse en una expresión a favor del anacrónico carlismo, lo cual no tiene sentido alguno en estas tierras.
Sin embargo, por más rocambolesco que parezca y aunque evidentemente no era su intención, los ultraderechistas nos obsequiaron involuntariamente una reflexión al denominar a su asociación “Círculo Tradicionalista Celedonio de Jarauta” lo cual invita a recordar a los españoles que han luchado por las mejores causas de México.
Distinguidos españoles empuñaron la espada por México, comenzando por Francisco Xavier Mina, el aguerrido joven navarro y quien luchó contra la invasión de Napoleón a España en 1808. Años más tarde en la etapa de la Resistencia durante la Guerra de Independencia mexicana, se unió en 1817 a los insurgentes. Cayó prisionero, fue fusilado por los realistas y sus restos descansan en la Columna de la Independencia. Mina siempre afirmó que al pelear por la emancipación de México, no lo hacía en contra de España, sino del absolutismo de Fernando VII. Hoy con justicia se le recuerda como lo bautizó Martín Luis Guzmán: Héroe de España y México.
Décadas más tarde irrumpió en la escena nacional el General Nicolás de Régules, montijano que se incorporó al Ejército Mexicano en 1846. Régules se distinguió durante la guerra contra la intervención francesa y el imperio de Maximiliano, es recordado por haber derrotado a la Legión Belga en Tacámbaro en 1865. Trás el triunfo de la República en 1867, permaneció fiel a Juárez y a Lerdo de Tejada en la disputa con Porfirio Díaz, lo que le valió el exilio en 1876. Volvió a México poco después pasando a retiro del ejército en 1882. Murió en la Ciudad de México en 1895 y sus restos descansan en el cementerio del Tepeyac.
Pero volviendo a los carlistas mexicanos, llama la atención que han bautizado a su asociación con el nombre del Padre Jarauta. Seguramente porque el nativo de Zaragoza, combatió a pesar de su condición de religioso en la Primera Guerra Carlista. En 1844 se estableció en Veracruz, donde se le asignó una parroquia volviéndose muy popular. Al estallar la invasión norteamericana se unió a las fuerzas mexicanas, primero como capellán y después organizando una efectiva guerrilla que incursionó con éxito frente a los norteamericanos en Veracruz, Puebla, Tlaxcala y finalmente en la Ciudad de México donde continuó combatiendo después de la caída de Chapultepec, el propio Windfield Scott llegó a poner precio a su cabeza. Jarauta se opuso a los Tratados de Guadalupe Hidalgo y efectuó golpes de suerte en la región del Bajío hostilizando a los norteamericanos y a las autoridades mexicanas que pactaron la paz. En julio de 1848, fue capturado por tropas mexicanas del General Anastasio Bustamante quienes lo fusilaron en el mineral de La Valenciana en Guanajuato.
Hoy en México la memoria del Padre Celedonio Domeco de Jarauta, personaje olvidado, se une al recuerdo de las gestas de otros sacerdotes que dieron la vida por un México soberano, tales como Hidalgo y los Generales Morelos y Matamoros. Pero sobre todo, es obligado tener presente que su recuerdo no es patrimonio de los nostálgicos del absolutismo español, es en cambio un sólido referente de los lazos que fortifican la histórica concordia hispano mexicana.