POR FERNANDO PESCADOR GUZMÁN.
En México la cultura política se ubica sobre terreno movedizo, oscilando entre símbolos, gestos y mensajes a veces cuidadosamente calculados, otras con un tufo cercano a la traición. Pero hay momentos en los que esos gestos fallan, quedando cortos ante lo que ha quedado al descubierto. Porque es algo más profundo, la visible fragilidad del poder, la completa ausencia de cohesión entre actores y la disminución continua de la distancia que divide la narrativa oficial de la realidad. El episodio del regreso y posterior recule del gobernador de Sinaloa, Ruben Rocha Moya, es uno de esos momentos.
Lo ocurrido en Sinaloa puede parecer un simple vaivén político más. Quizás parte de un mal guion televisivo. Un gobernador que anuncia su retorno apareciendo públicamente, y luego retrocediendo con la misma velocidad.
Pero, si se observa con más cuidado, el caso revela un reacomodo de fuerzas, tanto dentro del estado como fuera de él, que vale la pena analizar porque revela cómo funciona el poder en el México de 2026.
Es aquí en donde un escrito temprano de Karl Marx, El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, ayuda a entender lo que está pasando. No porque México viva una revolución ni porque Rocha Moya sea un Bonaparte, sino porque Marx describe con precisión qué ocurre cuando un régimen político entra en crisis. Las ideas centrales de ese texto son que las instituciones se autonomizan, los liderazgos se debilitan y otros actores políticos ocupan el vacío. Eso es exactamente lo vimos en Sinaloa.
El regreso de Rocha Moya parecía diseñado para enviar un mensaje de normalidad, “Aquí estoy, sigo gobernando, todo está bajo control”.
Pero la política no siempre obedece a guiones predeterminados. El recule posterior mostró que el control ya no estaba en sus manos.
En términos prácticos, el aparato gubernamental de Sinaloa, las secretarías, fiscalías, estructuras administrativas, siguieron funcionando sin él, como si su presencia o ausencia ya no fuera decisiva. Esto es lo que Marx llamaba la “autonomización del Estado”, cuando el líder pierde fuerza las instituciones se mueven por sí mismas guiadas por simple inercia en algunos casos o son capturadas por otros actores más poderosos.
Para el votante mexicano, esto significa algo sencillo pero poderoso, el poder real ya no estaba en el despacho del gobernador.
La política mexicana nunca se juega solo en lo local. Y en este caso, los actores federales tuvieron un papel decisivo. La narrativa nacional, las decisiones de seguridad, la postura de la Fiscalía General de la República y los mensajes desde la Ciudad de México marcaron el ritmo del episodio.
A esto se suma un factor que ningún estado puede ignorar, la presión del gobierno de Estados Unidos. La investigación y solicitud de extradición, sumada a tensiones bilaterales por hechos recientes, crearon un entorno donde cualquier movimiento político en Sinaloa se volvió delicado. En otras palabras, Rocha Moya regresó a un tablero en donde las piezas ya se habían movido sin él.
Un elemento adicional que resulta clave es la situación dentro de MORENA. El partido vive tensiones internas en varios estados, y Sinaloa no es la excepción. Facciones y grupos, cada uno con agendas distintas, incluso contrapuestas, reducen la capacidad de sostener un liderazgo cuando se enfrenta una crisis.
Marx decía que un régimen se debilita cuando ningún bloque político logra imponer un proyecto claro. Eso es lo que vemos en MORENA. Simplemente no ha podido articular una defensa sólida ni una narrativa unificada para lo que ocurre en Sinaloa. En ese vacío Rocha Moya quedó sólo.
Para el votante, esto se podría traducir en una sensación de desorden porque si el partido en el poder no logra coordinarse, ¿En dónde queda la gobernabilidad?
En política, la fuerza de un líder también depende de su base social. Y en este caso, los sectores que normalmente respaldan al gobernador, rural, magisterio, estructuras locales, no se movilizaron en su apoyo. No hubo manifestaciones callejeras o mediáticas de apoyo, ni presión pública para su regreso, no hubo una defensa visible.
Marx lo explicaba así, cuando la base social está atomizada, sin organización o liderazgo propio, no puede sostener a un gobernante en crisis. Lo que facilita que otros actores ocupen el espacio. Así, la designación de Graciela Domínguez Nava como gobernadora sustituta, fortalece a segmentos sociales históricamente relegados y atendidos desde la izquierda social. Domínguez Nava fue una voz relevante para los afectados de la presa Picachos, que, desde su llenado en 2009, representa una referencia turística para la pesca deportiva.
Volviendo al tema, queda la incógnita sobre como percibe toda esta situación el votante mexicano. ¿Si nadie salió a defender al exgobernador Rocha Moya, cuáles eran las verdaderas bases sociales de su liderazgo?
El fallido regreso no fue un simple error de cálculo. Fue la formalización de un cambio de régimen subnacional porque el poder real en Sinaloa se desplazó hacia actores federales, de seguridad y externos. No se trata de un golpe de Estado ni de una ruptura institucional, sino de un reacomodo silenciosos donde el liderazgo estatal ha perdido centralidad.
Marx decía que los cambios de régimen no siempre ocurren con grandes discursos o reformas, sino con gestos que revelan que el poder ya cambió de manos. El recule de Rocha Moya es uno de esos raros casos en donde coinciden la teoría y la práctica política.
El poder en México es más complejo de lo que parece. No siempre está donde la ley dice que está. A veces se mueve hacia actores federales, burocráticos, internacionales y con creciente preocupación hacia actores informales. La fallida intentona de Rocha Moya viene a reafirmar el poder y liderazgo de la presidente Sheinbaum frente a otros actores. Otro asunto es si con ello es suficiente para terminar la crisis actual en ese estado del Pacífico.
Hay cuarto lecciones para el votante mexicano. Primero, los liderazgos pueden debilitarse de un día para otro. Un gobernador puede regresar con fuerza simbólica y perderla en cuestión de horas si el entorno político es fluido.
Segundo, la narrativa oficial no siempre coincide con la realidad. Los mensajes de “todo está bien” pueden ocultar situaciones altamente vulnerables.
Tercero, la estabilidad política depende de la coordinación entre niveles de gobierno. Cuando esa coordinación falla, las entidades federativas devienen en el factor más débil.
Cuarto, la ciudadanía debe observar más allá del gesto político. Lo importante no es si un gobernador regresa o se ausenta, sino quién está tomando las decisiones mientras tanto.
El episodio de Rocha Moya no es sólo un asunto local. Es un espejo de cómo funciona el poder en México, un ejercicio fragmentado, bajo presión de factores externos y criminales, dependiente de una eficaz coordinación federal que presenta vulnerabilidades ante una crisis de legitimidad.
Marx decía que la historia se repite “primero como tragedia y luego como farsa”. En este caso, no estamos ante una tragedia ni una farsa, sino ante una advertencia clara de que cuando los liderazgos se debilitan y las instituciones se autonomizan, el poder se mueve sin que la ciudadanía lo note.
Entender esto es fundamental para cualquier mexicano que quiera comprender el rumbo político del país.
SAGRADAS ESCRITURAS: Mateo 6:24
Nadie puede servir a dos amos, pues menospreciará a uno y amará al otro o querrá mucho a uno y despreciará al otro. Ustedes no pueden servir a la vez a Dios y a las riquezas.