La trampa social

Por Rodolfo González Fernández

 

Por muy loable que sea la intención, ni con los poco más de dos mil lugares adicionales ofrecidos por la UNAM, en un esfuerzo extraordinario, ni con los más de 37 mil anunciados en la mañanera, se resuelve el problema nacional de la falta de espacios en el nivel universitario, porque esos lugares no están necesariamente en las entidades donde son demandados o las licenciaturas ofertadas no corresponden a la especialidad deseada por los aspirantes. Tampoco tengo duda de que casi la totalidad de los casi 40 mil lugares serán ocupados.

Sería ideal que todos los jóvenes pudieran cursar sus estudios de educación superior en la universidad pública de su preferencia y en una carrera acorde a su perfil, determinado por algún método de orientación vocacional, peeeeeero, ni ahora ni nunca en la historia eso ha sido posible. La demanda de espacio en las universidades siempre ha rebasado a la oferta y la una supera a la otra, porque no hay salones suficientes, tampoco los profesores requeridos, por solo mencionar algunas de las otras carencias históricas.

Atender esa ilusión requiere recursos financieros, materiales y humanos en un volumen que ni el Estado ni los gobiernos han podido tener y atender en México, tampoco en el resto del mundo. Sí, este problema es mundial y ha estado presente a lo largo de los tiempos. Se trata de un tema y conflicto recurrentes de interés social, que en el caso nacional es usado para criticar en ciclos semestrales y anuales a los gobiernos en turno, así como a las autoridades de las universidades e institutos públicos de educación superior.

La falta de presupuesto lleva, entre otras cosas, al examen de selección de alumnos.

En el país, los presupuestos federales y estatales destinados a la educación siempre han sido insuficientes, no es distinto ahora. Esa falta de recursos monetarios tiene como efecto, entre muchos más, la aplicación del examen, presencial o a distancia, como procedimiento para asignar lugares en las UNAM, en el IPN, en la UAM, en la UANL, en suma, en todas las universidades públicas estatales y federales, procedimiento adoptado ya desde hace tiempo en las universidades e institutos privados. No hay de otra, “para entrar o quedarse” se debe responder correctamente a un número suficiente de preguntas, como muestra de cierto nivel de conocimiento o capacidad intelectual y orientación vocacional.

Y en un juego de roles, el gobierno federal pide a las universidades públicas, con cierto énfasis en la UNAM, que aumenten sus matrículas sin el respaldo presupuestal requerido y sin considerar los aspectos de equipamiento, instalaciones físicas y planta docente suficientes para el funcionamiento cotidiano. Las universidades piden más recursos y hacen malabares para incrementar en miles el número de espacios a fin de paliar la crisis sin solución en el corto o mediano plazo.

Autoridades federales y universitarias sienten la presión y la manejan hasta donde pueden. No hay solución definitiva. Diría mi abuela: “como si tuviera tanto dinero”, repite unos y otros actúan en consecuencia: con lo que tienen.

Las presiones se hacen más evidentes por ciclos, en época de exámenes de ingreso y cuando en el Congreso se discute el presupuesto para el siguiente año lectivo, entonces empieza una especie de danza en la que todos los participantes se mueven a su ritmo, acorde a sus necesidades; los discursos y declaraciones empujan a unos a pedir y a los otros a explicar por qué no pueden dar más, en ambos lados jalan “la cobija”.

El Estado no puede atender las necesidades reales en materia de educación ni en otros campos. Los gobiernos prometen hacer su mejor esfuerzo en materia financiera y las universidades hacen lo que pueden para utilizar los presupuestos. El impulso mayor al desarrollo científico y la educación de calidad se ven frenados, como el desarrollo nacional.

El escenario que prevalece: padres y madres de familia angustiados por el futuro de sus hijas e hijos y las altas colegiaturas; vivales que se aprovechan de las circunstancias para hacer negocios ilícitos en el proceso de selección; las y los jóvenes, en una de las épocas más bellas de la vida, tratando de encontrar un camino, aunque sea con alguna ayuda invalida. Esa es la realidad. Debemos reconocerla, no reconocerla o simplemente preguntaremos ¿quién es el culpable?

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