Por Fred Alvarez Palafox
Aquella mañana del 11 de septiembre de 1973, el aire en Santiago ya olía a traición y pólvora, cerrando un cerco que se venía estrechando irremediablemente desde el “Tanquetazo” de junio.
A las 7:30 horas, el presidente Salvador Allende cruzó las puertas del Palacio de La Moneda. Sabiendo que la lealtad escaseaba y con la silenciosa retirada de la Guardia de Palacio, asumió una soledad con un peso histórico ineludible.
Apenas sesenta minutos después, a las 8:30 horas, la frialdad del ultimátum militar cortó las frecuencias de radio: rendición incondicional. Mientras las tropas silenciaban a punta de fuego a los medios afines a la Unidad Popular, las Fuerzas Armadas emitieron su primer bando conjunto. Augusto Pinochet, Gustavo Leigh y los recién autoproclamados líderes de la Armada y Carabineros exigían su dimisión inmediata bajo la excusa de liberar a la patria.
Lejos de claudicar, Allende se aferró a los micrófonos. Poco después de las 9:00 horas, lanzó al aire su testamento definitivo, reprochando la traición y prometiendo defender la democracia hasta el último aliento. Simultáneamente, la Central Unitaria de Trabajadores intentaba encender la chispa de la resistencia obrera en las fábricas, pero las advertencias castrenses sofocaron las calles con sentencias contundentes: cualquier acto de sabotaje sería castigado con la muerte en el lugar de los hechos.
Tras una breve tregua para evacuar a las mujeres del recinto, el cielo chileno se rasgó. A las 11:50 horas, los aviones Hawker Hunter descargaron su furia sobre el edificio de gobierno, transformando los majestuosos pasillos presidenciales en un infierno asfixiante de humo y gas lacrimógeno.
El caos devoró a la capital. Cerca de las 12:40 horas, el bando militar número 8 cayó como una lápida, dictando la prohibición absoluta del tránsito; los ciudadanos corrían despavoridos mientras el aullido de las sirenas rasgaba el aire denso.

Pasadas las 13:00 horas, las entrañas de La Moneda ardían sin tregua. Allende, cubierto por un casco y aferrado a su fusil de asalto —un modelo AKMS obsequiado por Fidel Castro— asimiló que el cerco era total. Ordenó a sus últimos colaboradores que salvaran sus vidas y abandonaran el recinto por la puerta de Morandé 80. Luego, resguardado en la soledad del Salón Independencia, apoyó el arma entre sus piernas y, con su propia mano, le puso punto final a la tragedia. El eco de aquel instante se convirtió pronto en una escalofriante transmisión radial: “Misión cumplida: Moneda tomada, presidente muerto”. Así, de un solo golpe, se apagó la democracia chilena.
Al día siguiente, la crueldad del nuevo régimen no dio tregua durante el sepelio furtivo en Santa Inés. A la viuda, Hortensia Bussi, una mano militar le impidió levantar la tapa del ataúd para contemplar a su esposo con un seco “Después”, mientras a sus hijas se les negaba el salvoconducto.
Sin embargo, en medio del terror germinó la humanidad del asilo. El embajador de México, Gonzalo Martínez Corbalá, convirtió la sede diplomática en un bastión de vida. Burlando la vigilancia con un magistral farol diplomático amparado en la Convención de Caracas, logró escudar a cientos de perseguidos.
El 15 de septiembre, el primer vuelo despegó hacia la libertad con la familia Allende a bordo, salvada in extremis por un nombre añadido de puño y letra por el diplomático en el reverso de un permiso. Al aterrizar en suelo mexicano, el dolor del exilio encontró el abrazo silencioso del presidente Luis Echeverría y su gabinete, vestidos de riguroso luto, marcando el inicio de una resistencia solidaria…
El régimen militar encabezado por Pinochet duraría 17 años y dejaría al menos 40.000 víctimas —entre ellas más de 3 mil muertos—, de acuerdo al trabajo realizado por distintas comisiones tras el regreso de la democracia en 1990.