Luis Farías Mackey
No al que mentó Sheinbaum, porque a diferencia de lo que verbalizó, el México al que ella grita es uno dividido y enfrentado, es el México de los Rocha y los Adánes, un México con dueño y línea sucesoria, el de un pueblo que solo puede ser enemistado y en combate permanente consigo mismo, un pueblo de caínes que ven en quien no porta chaleco guinda a traidores a la patria.
Para ella la dignidad y orgullo mexicanos se deben a eso que llama ivT, lo que en buen castellano es una mentada de madre a toda la historia patria, a los héroes que invocó ayer y a la propia dignidad mexicana. Por supuesto difiero, porque si la dignidad de ser mexicano nos viene de eso, que pinche idea de dignidad tiene Sheinbaum y en que pobre concepto, consideración y aprecio tiene a los mexicanos, y si, como es el caso, nada tiene ver esa demencia colectiva con el ser del mexicano, debiera pedirnos perdón y aprender a respetarnos. Aunque creo que ya es demasiado tarde para ello.
No sé, y lo digo abiertamente, si a estas alturas de pudrición patria quede bajo el odio, el azufre y la estupidez hecha gobierno algo que aún podamos llamar México, no como pasado común, sino como horizonte eficaz de futuro.
Como sea grité a México, con más coraje que esperanza y felicidad, sabedor que pronto habremos de saber si hay algo de él que aún viva o si ya se pintó de guinda o convirtió en ajolote.
Una última acotación, la soberanía a la que grita Sheinbaum no es la del concepto clásico de inmanencia popular, es la de Karl Schmitt como capacidad del gobernante de suspender la ley para gobernar sin ella y por sobre ella: “no me vengan con que la ley es la ley”. Así que quienes con Sheinbaum creyeron estar defendiendo su soberanía, en realidad aclamaban su reducción a la nuda vida, la vida desnuda ante el poder.