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Gonzalo Martré a los cien: fanfarrias para un pachuco

Por Fred Alvarez Palafox

@fredalvarez

 

Hay vidas que parecen escritas con la tinta más indeleble de la bohemia mexicana. Mi amigo Gonzalo Martré —seudónimo entrañable del gran Mario Trejo González— está a punto de cruzar la meta de los cien años con el paso firme de quien ha visto casi todo y se sigue riendo de la mitad. Como diría el tango de Gardel, los años no son nada, y menos para un hombre que ha hecho de la literatura, el periodismo y la sátira su trinchera vital.

Nació en Metztitlán, Hidalgo, en 1928, pero lleva en la sangre un mapa genealógico tan rocambolesco como fascinante. Me ha contado con orgullo sus orígenes poblanos y, más allá, franceses: es bisnieto de Gerard Martrieux, aquel corneta del ejército galo que fue derrotado el 5 de mayo de 1862.

El bisabuelo cambió el clarín por la administración de un “decente establecimiento” (léase burdel de mediana categoría), una entrañable tradición familiar que, por fortuna para las letras mexicanas, su padre rompió. De no ser así, hoy Gonzalo sería administrador de burdeles en lugar de uno de nuestros narradores más lúcidos y directos. (Aunque, entre bromas, alguna vez me confesó que el apellido lo terminó inventando él).

Lo conocí gracias a otro cómplice fundamental, el poeta chiapaneco Roberto López Moreno. Juntos, Gonzalo y Roberto son los auténticos custodios de la memoria de Renato Leduc; de hecho, son los benditos culpables del primer homenaje en vida que se le rindió en Tlalpan y de que, a su muerte, la vieja Avenida del Ferrocarril fuera rebautizada con el nombre del gran poeta y periodista al que ambos conocieron en una cantina allá por 1960. Y ambos participaron también en el libro-homenaje que le dediqué al bardo tlalpense junto con Pepe Alcaraz: Soy un hombre de pluma y me llamo Renato( Ediciones de Arte e Historia de México y del ISIC).

La trayectoria de Martré es un territorio de sorpresas. Se volcó de lleno a la literatura en 1967 y brilló como editorialista en Excélsior, además de ser cofundador de la Asociación Mexicana de Ciencia Ficción y Fantasía y de la cofradía “La Tinta Indeleble”. Pero si hay un capítulo novelesco en su vida es el haber sido, durante nueve años, el argumentista de la mítica historieta francesa Fantomas, La Amenaza Elegante.

En una de sus tramas, con esa audacia que lo caracteriza, se atrevió a incrustar a Julio Cortázar. El autor de Rayuela le devolvió el golpe con el texto crítico e irónico Vampiros trasnacionales, inaugurando una correspondencia que terminaría abriéndole las puertas de Alfaguara para publicar su emblemática novela Los símbolos transparentes (1978), la crónica esencial del 68.

 

Años después, en su vejez, Gonzalo se dio el gusto de revivir a Fantomas, enfrentándolo al paso del tiempo. Porque si el héroe ya no tiene la misma fuerza de antes, Martré lo sentencia con su habitual desparpajo: “La Amenaza Elegante debe usar Viagra”.

Tengo grabados en la memoria los viajes y los encuentros. En octubre de 2014 lo invité a Sinaloa a presentar el libro sobre Leduc. Aquella noche, después de la presentación, mi amigo el contador mochitense Clodomiro Espinoza nos invitó a cenar a un restaurante fifí, y a Gonzalo se le salían los ojos de ver a tanta mujer hermosa. “¡Ay, mamacita! ¡Qué hermosa eres!”, le decía a una de ellas con su inagotable picardía.

Años después, en 2021, Gonzalo recordó con cariño en la publicación El Chirispiote aquella cena que tuvimos en el Pedro y Lola, frente a la Plaza Machado en Mazatlán, donde bromeaba con “el parnaso sinaloense” —compuesto por Juan José Rodríguez y Ariel Noriega, entonces en Noroeste— y con su narconovela Cementerio de trenes.

A sus casi 97 años, sigo celebrando su charla afilada, sus comentarios únicos y su risa franca. Brindo desde aquí porque llegues intacto a ese siglo de vida, maestro. Al fin y al caer la tarde, como nos enseñaste, la literatura y la memoria siempre salvan el día.

Este sábado 3 de octubre, a manera de homenaje por sus casi 100 años, presentará su libro El Chanfalla era un gandalla. Los comentarios correrán a cargo de Patricia Cabrera, Humberto Musacchio y Jorge Veraza. La cita es en José María Pino Suárez #30, allá en el Museo de la Ciudad, a las 13:00 horas. ¡Confirmo mi asistencia, Gonzalo!

PD: Para quienes aún no se adentran en su universo, no dejen de leer novelas fundamentales como Los símbolos transparentes, El cadáver errante, Safari en la Zona Rosa y, por supuesto, El Chanfalla era un gandalla.

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