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Los nuevos señores feudales: la amenaza de la inteligencia artificial

(IV)

Por: José Murat

 

Mucho antes de lo vaticinado por los futurólogos más acreditados, la inteligencia artificial se constituyó en una de las mayores amenazas a la sobrevivencia humana. Hoy ya es uno de los principales jinetes del apocalipsis, compitiendo con la guerra nuclear, el cambio climático y las pandemias emergentes. No es un mensaje de mentes medievales o de reaccionarios enemigos del cambio, como lo fue el ludismo en la Revolución Industrial: son los propios expertos de la informática y la innovación robótica quienes advierten de la amenaza y llaman a medidas globales urgentes.

Es ya un escenario factible que la extinción de la vida humana puede provenir de los nuevos señores feudales de las tecnologías informáticas, los dueños de nuestros datos, los procesadores de la información derivada del conocimiento acumulado por milenios, los controladores de los sistemas que mantienen al mundo en movimiento: electricidad, ciberespacio, trasporte aéreo, servicios bancarios, flujos financieros, comunicación global instantánea. Pero también algoritmos sin control con acceso eventual a los códigos de las centrales nucleares.

Concretamente es la inteligencia artificial generativa, la que no requiere autorización ni instrucciones específicas para crear contenidos nuevos, a la que seguiría la AGI, con la cual una máquina tendría la misma capacidad intelectual que un ser humano para aprender y resolver cualquier problema, montada sobre su propia capacidad de razonamiento, y finalmente la ASI, la Superinteligencia, fase en la cual las máquinas cibernéticas superarían por completo la creatividad, el razonamiento y las habilidades de los seres humanos. Pero, además, a diferencia de ahora, algunas de esas máquinas, millones de humanoides altamente capacitados como señala Elon Musk, tendrían habilidades superlativas en muchos ámbitos y desplazarían a la mano de obra humana.

Ante el acelerado avance de la inteligencia artificial, y los crecientes casos de desacato a las instrucciones de los técnicos informáticos, hoy el debate es si ha llegado la hora de hacer una pausa, o cuando menos de reducir el ritmo de los avances, para consensuar algunas medidas en la comunidad internacional para no perder el control de esa herramienta evolutiva: evitar que la creación subordine algún día al creador, o de plano lo suplante y extinga.

Entre las voces que se han alzado en contra de esta amenaza inusitada figuran los propios expertos, investigadores y directivos de los grandes corporativos que se disputan la hegemonía mundial. No son pues outsiders o neófitos, enemigos de la modernidad y el progreso, como ocurrió con el invento de la imprenta, la máquina de vapor, la producción en serie o la cibernética en su fase primaria.

Quien desencadenó el debate mundial estos días álgidos fue Jacob Coxon, investigador británico que trabajó tanto en OpenAI como en Anthropic, y quien abandonó la industria al acusar a ambas compañías de estar “jugando con nuestras vidas” al perseguir modelos capaces de automejorarse.

Bilal Chughtai, exempleado de Google DeepMind especializado en seguridad y alineamiento, también renunció y sostuvo que la capacidad de los modelos está avanzando mucho más rápido que el conocimiento disponible para mantenerlos alineados con objetivos humanos, por lo que la IA tiene “el potencial de matarnos a todos”.

Como reacción a estas advertencias, Dario Amodei, director de Anthropic, pidió reducir de manera coordinada la velocidad con la que mejoran los modelos. Sam Altman, de OpenAI; Elon Musk, de xAI, y Demis Hassabis, de Google DeepMind, respaldaron públicamente la idea de adoptar mayores precauciones.

En términos semejantes el informático canadiense Yoshua Bengio, considerado uno de los fundadores de la inteligencia artificial, declaró a la AFP que esta tecnología está saliendo de las manos de los creadores y que se necesitan adoptar medidas de seguridad similares a las tomadas con el armamento nuclear.

De manera más contundente, Bill Gates, cofundador de Microsoft, en una entrevista para el programa “Meet the Press” de la NBC, advirtió que “La Inteligencia Artificial es lo suficientemente poderosa como para desencadenar sucesos que provoquen mil millones de muertes”.
Pero una cosa son las declaraciones verbales y otra las acciones concretas: ninguna de las grandes compañías quiere reducir por sí sola el ritmo mientras sus competidores continúan desarrollando modelos más potentes, sobre todo en un contexto de disputa tecnológica por la hegemonía entre Estados Unidos y China.

Por lo pronto el gobierno norteamericano ha declarado que la amenaza a la vida humana por parte de la inteligencia artificial es “una patraña”, y que los grandes corporativos de su país, los líderes en la materia hasta el momento, “no deben bajar el ritmo”.

Pero la advertencia de los expertos está más que patentizada, y merece ser evaluada: o regulamos la inteligencia artificial y la hacemos una herramienta fundamental para mejorar la calidad de vida, en la salud, la educación y las transacciones financieras para apoyar a los sectores más desfavorecidos de la humanidad, vía moneda digital, incorporación de las pequeñas empresas a la economía formal y un acceso ágil de los emprendedores al crédito, por ejemplo, o en menos de 10 años no descartan dos escenarios: las máquinas informáticas subordinan a los seres humanos e incluso, si sus algoritmos les indican la “racionalidad” de una medida más radical, extinguen la vida humana y se erigen en un nuevo gobierno universal. Estamos a tiempo de evitarlo.

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