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Los nuevos señores feudales

(II parte)

Por: José Murat

 

El mundo vive una regresión histórica, comentábamos en la primera parte de este análisis de nuestro tiempo. En lugar de democratizarse y diversificarse el ejercicio del poder, como lo habían augurado varios pensadores, y la tendencia parecía confirmar, la toma de decisiones se ha ido concentrando en unos cuantos actores, públicos y sobre todo privados. Unos cuantos líderes políticos y un puñado de acaudalados. Son los nuevos señores feudales.

Culminaremos en esta parte lo relativo a los corporativos privados y a quienes los encabezan. Son una decena, y no todos están vinculados con la mercantilización de los datos, la apropiación y plusvalía ilegítima extraída de la información recabada de las distintas plataformas, datos proporcionados por los propios usuarios y otros más, la mayoría, desprendidos de nuestras tendencias ideológicas, preferencias personales e inclinaciones de consumo.

La riqueza, hoy concentrada en las fortunas personales de unos cuantos, ya no deriva de los procesos productivos clásicos, la aplicación de la fuerza de trabajo de los asalariados a la producción masiva de manufacturas, para crear capital en ascenso, bienes y servicios acumulados, con una plusvalía absoluta y relativa para los dueños de los medios de producción, pero también con satisfactores para el mercado de consumidores, como lo expuso magistralmente Carlos Marx en su obra cumbre, El Capital.

Ahora lo que se “produce y vende” es humo, evasión y entretenimiento. Las principales fortunas corporativas y personales provienen no de la colocación de mercancías tangibles que satisfagan necesidades básicas, empresas que hayan ganado la competencia por la innovación en la generación de bienes que den calidad de vida a las personas y las familias. Ganan las que trafican mejor con los datos procesados por sus algoritmos.

Como afirma la doctora Shoshana Zuboff, catedrática emérita de la Harvard Business School (HBS) y profesora asociada en el Berkman Klein Center for Internet & Society de la Harvard Law School, es un negocio rentable, pero también es un atentado contra la libertad personal y contra la democracia: “nos roban los datos, nos roban la democracia”, como señala en el artículo “la catástrofe moral de los tecnomagnates totalitarios”, publicado en el País, el mes pasado.

Los fundadores de Google, Sergey Brin y Larry Page, descubrieron que “cada vez que un usuario navegaba por internet, dejaba, sin saberlo, un rastro de señales de comportamiento que era posible captar y transformar en datos”. Ese es el origen de la nueva lógica económica.

Entonces llegó la gran idea de Page: buscar, conocer y aprovechar dichas experiencias y comportamientos de todos los usuarios, que eran enormes caudales de datos personales, para hacer predicciones de comportamiento y venderlos al por mayor, como cualquier otra mercancía —barriles de petróleo, toneladas de trigo—, con la “tasa de clics” como medida de valor. Pero todo ha sido un proceso camuflado, críptico, diseñado para expoliar y para pasar inadvertido para el “usuario”.

En esta era digital, la persona pasó de consumir un producto a ser el producto. Toda la actividad del usuario en cualquier navegador, redes sociales, plataformas de streaming e inteligencia artificial es usada por las empresas y, en algunos casos, para inducirlo en un patrón de consumo que retroalimenta este modelo de negocio.

Hablamos de información mercantilizada, no de conocimiento al servicio de la civilización y el desarrollo. En efecto, si bien la fase superior del capitalismo no resultó un socialismo universalizado y de rostro humano, tampoco lo fue la sociedad del conocimiento, como dictaminó a fines del siglo XX Peter Drucker, consultor austriaco, padre de la administración moderna, sino algo más burdo como lo es el tecnofeudalismo.

Pasamos del capitalismo industrial, con múltiples capitanes de empresa, a un capitalismo ultraoligopólico, con unos cuantos corporativos e individuos que están por encima no sólo de sus competidores de su nicho de mercado, sino por encima de las soberanías nacionales. Su patria, o más propiamente su feudo, es una parte sustantiva del mundo entero.

Son corporativos y personas capaces de elevar exponencialmente o de derrumbar el mercado de valores de un país, devaluar su moneda o quebrar su economía real si retiran sus inversiones, así sean fantasmales. Tienen el poder para hacerlo porque sus activos son superiores al PIB de muchos países, incluidos los desarrollados.

Para citar sólo tres casos, de una decena de poder semejante:

NVIDIA, consolidada como la empresa más valiosa del planeta gracias al auge de la infraestructura de IA, ostenta una valoración que ronda los 4.24 billones de dólares. Si fuera un país, sería la cuarta economía del mundo, superando el PIB total de naciones como Japón, India, el Reino Unido o Francia.

Apple: con una capitalización que se sitúa cerca de los 3.73 billones de dólares, el gigante del iPhone supera el PIB anual de países como Francia, Italia, Canadá y Brasil.

Alphabet (Google): su valor roza los 3.48 billones de dólares, lo que la posiciona económicamente por encima del PIB de Reino Unido, Francia, Italia y, por separado, todos los países de América Latina.

El poder de estos corporativos y el de sus dueños es inmenso. No lo vislumbró y aquilató ningún pensador de la historia. Son un poder en sí mismos. Si patria no conoce fronteras. Su bandera es el dinero. Su rehén somos todos. Nos vigilan, condicionan, y depredan. No tienen siervos, pero sí consumidores cautivos. Son los nuevos señores feudales.

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