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AMLO, su carta y la soberanía como coartada

El expresidente reaparece para acusar a Washington, defender a Morena y ocultar que la vulnerabilidad de México nació durante su sexenio

Andrés Manuel López Obrador volvió a escribir desde Palenque, pero no explicó los saldos de su sexenio, no respondió por el país que dejó, ni asumió una responsabilidad frente a la violencia que marcó su gobierno. Oportunista como es, se envolvió en la bandera nacional, denunció la injerencia de Estados Unidos, defendió a Claudia Sheinbaum y presentó a Donald Trump como un hombre que, en otro tiempo, habría sido razonable y respetuoso con México

Alberto Carbot

 

La carta, fechada en la Quinta La Chingada, adopta la forma de un alegato patriótico, pero el fondo revela algo más inquietante, como la reaparición calculada de un expresidente que asegura estar retirado de la política, pero que aparece e Interviene cada vez que su movimiento enfrenta presión externa, desgaste interno o amenaza narrativa. AMLO no abandonó la escena pública, simplemente cambió el púlpito de Palacio Nacional por el escritorio de la Chingada.

Su retiro ha sido selectivo. Desde que dejó la presidencia, reapareció para promover su libro Grandeza, luego para defender a Venezuela, después respaldar a Cuba y ahora para responder a Estados Unidos en medio de señalamientos contra figuras políticas vinculadas a Morena. Sin embargo, no salió con la misma urgencia a hablar de los muertos, los desaparecidos, los territorios sometidos por el crimen organizado, las madres buscadoras, los desplazados y los periodistas asesinados. Tampoco del país atrapado entre la militarización y la expansión criminal.

Esa es la primera desfachatez de su carta. El mesiánico habla como un observador externo, un supuesto patriota retirado que contempla los acontecimientos desde la distancia moral de quien ya cumplió con la historia. Pero él no fue un comentarista, sino el presidente de México durante seis años. Tuvo el mando civil de las Fuerzas Armadas, controló la política de seguridad, nombró a los responsables de inteligencia, manejó la relación con Estados Unidos y construyó el poder político que hoy gobierna el país.

La soberanía como coartada

Leer su carta sólo como defensa de la soberanía resulta insuficiente. Hay que leerla también como maniobra de deslinde. AMLO quiere convertir las acusaciones contra funcionarios o gobernadores de su órbita política, en una ofensiva extranjera contra México. Su fórmula es conocida: si se cuestiona a Morena, se ataca al pueblo; si se investiga a sus aliados, se conspira contra la patria; si se exige rendición de cuentas, se sirve a la derecha; si Estados Unidos presiona, todo se reduce al viejo intervencionismo.

En teoría, México debe rechazar cualquier intento de imposición extranjera. Ningún país tiene derecho a perseguir, secuestrar, juzgar o ejecutar fuera de sus fronteras con el pretexto de combatir amenazas. Esa parte del argumento resulta atendible en términos jurídicos, pero en el fondo la pregunta no es si Estados Unidos debe respetar la soberanía mexicana. La pregunta —evito formularla como retórica y la enuncio como problema—, es con qué autoridad moral AMLO denuncia esa amenaza después de haber dejado un Estado debilitado, vulnerado por el crimen y atrapado en una estrategia de seguridad sin resultados proporcionales al tamaño de la tragedia.

La soberanía no se defiende con cartas. Se defiende con instituciones capaces de controlar el territorio, investigar delitos, depurar policías, contener a los grupos criminales, proteger a la población y castigar la complicidad política. Cuando un país llega al extremo de que sus gobernadores, funcionarios o mandos locales son señalados desde el extranjero por presuntos vínculos con el crimen organizado, el problema no empieza en Washington, sino que empieza en el deterioro interno del poder público.

López Obrador intenta desplazar el centro de la discusión hacia la DEA, el Departamento de Justicia, la embajada estadounidense y los funcionarios que, según él, buscan debilitar a Morena y fortalecer a la derecha mexicana. Evita el punto esencial: durante su gobierno el crimen organizado no fue derrotado, ni contenido, ni desarticulado. Es más, en muchas regiones consolidó poder, impuso reglas, definió economías locales, condicionó elecciones, intimidó comunidades y convirtió la vida cotidiana en una negociación permanente con el miedo.

Él habla de “narcoterrorismo” como si el término fuera únicamente un artilugio de intervención extranjera. Cierto, la palabra puede utilizarse con fines geopolíticos y jurídicos peligrosos, pero también es verdad que la violencia criminal en México alcanzó niveles de terror real para miles de familias en su administración. Hay pueblos donde el crimen decide quién trabaja, quién vende, quién circula, quién calla, quién se va y quién se queda. AMLO puede discutir la etiqueta, pero no puede borrar la realidad, que la hizo aprovechable para sus adversarios externos.

Su carta condena la posibilidad de “secuestrar, cazar y ajusticiar” personas sin pruebas, juicio o sentencia. La frase es grave y, en abstracto, correcta, pero escrita por él resulta contradictoria. Durante su sexenio, miles de mexicanos fueron asesinados, desaparecidos, desplazados o sometidos sin que el Estado garantizara justicia, reparación ni seguridad. El expresidente se indigna ante el atropello extranjero, pero nunca mostró esa indignación sistemática frente al ciudadano mexicano abandonado por su propio gobierno.

Esa doble vara recorre todo su texto. AMLO es implacable con sus adversarios y condescendiente con los suyos. A los funcionarios estadounidenses les atribuye prepotencia, decadencia, cálculo electoral, prácticas hitlerianas y ambiciones intervencionistas. Sin embargo, a Morena le concede, de entrada, una inocencia patriótica. En su lógica, el movimiento no puede ser infiltrado, corrompido o cuestionado; sólo puede ser víctima de una conspiración.

En su calidad de fósil universitario, nunca aprendió que la política no se limpia con adjetivos. Y si existen acusaciones contra gobernadores, funcionarios o figuras públicas, el camino serio no consiste en descalificar de antemano el origen de los señalamientos, sino en exigir pruebas, abrir expedientes, transparentar investigaciones y deslindar responsabilidades. Pero AMLO hace lo contrario, llama a cerrar filas, construye un enemigo externo y convierte el escrutinio en ataque político.

Trump, la subordinación y el doble rasero

Más grave aún resulta su intento de presentar a Donald Trump como un mandatario que antes habría actuado con prudencia frente a México. López Obrador escribe que el Trump de ahora es distinto al que él trató; habla de acuerdos, conversaciones, gestos de respeto y hasta una relación de confianza. Esa parte de su carta deja de ser defensa nacional y se convierte en una confesión incómoda sobre la relación que su gobierno mantuvo con Washington.

Pero realmente la pregunta no es por qué cambió Trump, sino qué cedió México para que Trump pareciera tan razonable durante el sexenio obradorista. En su alegato malsano, López Obrador parece olvidar que el gobierno mexicano aceptó dócilmente una política migratoria endurecida, desplegó fuerzas de seguridad en la frontera sur, contuvo flujos migratorios que interesaban a Washington y evitó confrontaciones que pudieran afectarlo políticamente. El tabasqueño presenta mañosamente aquello como diplomacia exitosa, cuando más bien debería leerse como subordinación

AMLO presume también que Trump no habló mal de los mexicanos, que no insistió en el muro, que no trabó exportaciones y que aceptó no incluir el petróleo mexicano en el tratado comercial. Omite el costo de esa supuesta armonía. Su gobierno entendió pronto que el presidente estadounidense podía usar la amenaza arancelaria como pistola sobre la mesa y frente a esa pistola, México aceptó tareas que, en los hechos, sirvieron para fortalecer la agenda electoral y migratoria de Trump.

La carta intenta exaltar la supuesta astucia de López Obrador en la relación bilateral y también exhibe su pragmatismo sin pudor. Al Trump de ayer lo trata casi con nostalgia, pero al Trump de hoy lo atribuye moldeado por los malos consejeros, a las rémoras y los falsos amigos. AMLO no rompe con Trump como figura política, sino con el entorno que, según él, lo habría alejado de aquel trato conveniente para México y para su propio gobierno.

No obstante, esa indulgencia hacia Trump contrasta con la violencia verbal contra sus enemigos internos. Para López Obrador, la derecha mexicana es entreguista, corrupta, mafiosa, cruel y subordinada. Pero para Trump reserva una explicación casi piadosa: no sería él, sino quienes lo rodean; no sería su naturaleza política, sino la influencia de asesores fanáticos; no sería su proyecto, sino un desvío temporal. El expresidente insulta sin límite a sus adversarios mexicanos, pero en el colmo del servilismo y la genuflexión, todavía le concede a Trump la posibilidad de regresar a su “mejor” versión.

 

El asunto toca igualmente la relación bilateral, la justicia y el papel de las Fuerzas Armadas. También revela la raíz del gobierno de AMLO. Teóricamente defendía la soberanía y, al mismo tiempo, el pacto político que construyó con el Ejército. Durante su sexenio, las Fuerzas Armadas recibieron poder, recursos, obras, aduanas, aeropuertos, trenes, seguridad pública, administración y presencia territorial. El Ejército dejó de ser únicamente una institución de defensa para convertirse en columna operativa del proyecto obradorista. Por eso, el caso Cienfuegos no puede leerse sólo como un choque con Estados Unidos, sino que fue una señal interna, pues AMLO protegería a la institución que había decidido colocar en el centro del Estado.

En su carta elogia a Claudia Sheinbaum con una frase desmesurada: “la mejor presidenta de México de nuestro tiempo”. El elogio pareciera respaldo, pero más bien funciona como marca de propiedad política. AMLO reaparece para “protegerla”, aunque al hacerlo la coloca otra vez bajo su sombra; no la defiende como jefa de Estado autónoma, sino como heredera del movimiento que él fundó, condujo y sigue manejando desde la Chingada.

El apoyo “sin condiciones” tampoco es una fórmula inocente. En política, el apoyo sin condiciones compromete tanto como protege y significa cerrar filas antes de conocer todos los hechos, revisar acusaciones y exigir cuentas antes de deslindar responsabilidades.

El mesías no pide claridad, sino lealtad a ultranza; no convoca a investigar, sino a resistir. No le interesa separar al gobierno de su partido, sino que funde a México, a Morena y su legado, en una sola causa defensiva. Ahí está uno de los vicios más profundos del obradorismo, como lo es la confusión deliberada entre patria y movimiento.

Para López Obrador, defender a México equivale a defender a Morena; defender la soberanía significa blindar a sus aliados, y combatir el intervencionismo sirve para impedir que se discutan responsabilidades internas. Esa operación retórica le funcionó durante años, pero ya no basta sólo con repetirla como un merolico desde Palenque.

No obstante, la carta es embaucadora porque apela a una memoria histórica legítima. México ha padecido intervenciones, abusos, presiones y desprecios de Estados Unidos y nadie con sentido histórico puede negar estos hechos. Pero AMLO usa esa memoria como escudo personal y se coloca del lado de Juárez, de la soberanía y de la dignidad latinoamericana, mientras evita el juicio más inmediato: qué hizo él como presidente, para impedir que México llegara a este grado de vulnerabilidad frente al crimen organizado, los cárteles de la droga y frente a Washington.

La respuesta crítica no debe caer en la trampa de defender a Estados Unidos ni de minimizar los riesgos del intervencionismo. El punto es otro; el mesías palencano no puede usar la soberanía como coartada para absolverse de su legado, ni puede hablar del poder criminal como si hubiera sido un problema ajeno a su mandato. Tampoco puede denunciar la politización de las agencias estadounidenses, ya que él politizó la justicia, las instituciones, la seguridad y la conversación pública mexicana durante seis largos años.

Que nadie se engañe: el objetivo fundamental de la carta de López Obrador no es la defensa de Claudia Sheinbaum, ni una reflexión sobre Donald Trump, sino un intento de controlar la interpretación de la grave crisis de gobierno. Quiere que México mire hacia Washington y no a Palenque; que vea hacia la DEA y no hacia los pactos internos del poder; que voltee la mirada a los consejeros de Trump y no hacia los saldos desastrosos de su propio gobierno.

Y, a manera de corolario, la pregunta inicial permanece —y la formulo aquí ya como afirmación, no como recurso retórico para el lector—: la desfachatez del expresidente que malgobernó durante seis años este país no consiste en que salga hoy como adalid de una supuesta defensa de la soberanía mexicana, sino en que pretenda hacerlo como si la debacle nacional no llevara también su firma.

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