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Reporte fantasma: el escenario de narcoguerra civil en México

POR FERNANDO PESCADOR GUZMÁN.

 

Circula una versión periodística de que “la CIA le presentó al presidente Trump un reporte que incluye el escenario de una narcoguerra civil en México”. Tal reporte no aparece por ningún lado y la versión parecen más un nuevo capítulo de las narrativas en contienda que buscan descarrilar la relación bilateral México – EUA.

Cuando CNN publicó señalamientos de que la CIA había participado en operaciones encubiertas contra cárteles mexicanos, incluido el homicidio de un agente de nivel medio en las afueras de la Ciudad de México, la noticia causó revuelo en ambos lados de la frontera. La CIA rechazó rápidamente el informe, calificándolo de “falso y sensacionalista”, y advirtió que corría el riesgo de funcionar como “una campaña de relaciones públicas para los cárteles” y poner en peligro al personal estadounidense.

El gobierno mexicano, por su parte, desestimó la idea de cualquier programa encubierto de asesinatos estadounidenses en su territorio, insistiendo en que la cooperación bilateral se basa en la “soberanía, la responsabilidad compartida y la cooperación sin subordinación”, según informó Al Jazeera.

Pero la controversia no terminó con las negaciones. Por el contrario, planteó una pregunta más profunda. ¿Quién se beneficia de la narrativa de una guerra secreta de la CIA en México? Algo que algunos comentaristas ya han comenzado a llamar una “narcoguerra civil”.

La respuesta no es sencilla. Porque la narrativa resulta políticamente útil para diversos actores con agendas contrarias, desde cárteles que buscan legitimidad social hasta defensores de la seguridad nacional en Estados Unidos que presionan para ampliar sus poderes, pasando por políticos mexicanos que se desenvuelven en un entorno de seguridad volátil. Y si bien la narrativa sobre la CIA puede ser exagerada o incluso inexacta, su utilidad política resulta innegable.

Cárteles: Los improbables vencedores de una guerra que no libraron

La inusual y contundente respuesta pública de la CIA acusando a CNN de servir a los intereses de los cárteles revela una dinámica clave. Para las organizaciones criminales, la percepción de estar inmersas en una guerra encubierta con la agencia de inteligencia más poderosa del mundo no es una desventaja, sino una estrategia de marketing.

Una narrativa de “guerra civil” eleva a los cárteles de empresas criminales a actores cuasi insurgentes. Sugiere igualdad, incluso identidad, con el Estado. Implica que sus operaciones son tan sofisticadas y están tan arraigadas que incluso la CIA debe recurrir a asesinatos clandestinos para contenerlas. Para los grupos que se basan en el miedo, el misticismo y la percepción de invencibilidad, esto es invaluable.

La investigación de Reuters de 2025, que documentó años de apoyo de inteligencia de la CIA a las fuerzas mexicanas, ya insinuaba la difusa línea entre la asistencia de inteligencia y la participación operativa. Pero las nuevas acusaciones van más allá, sugiriendo acciones letales directas. Aunque sea falsa, esta percepción beneficia a los cárteles de varias maneras.

Primero, a través de la disuasión. Porque si la policía local cree estar atrapada entre los cárteles y la CIA, el incentivo para intervenir disminuye drásticamente.

Segundo, vía el reclutamiento. Los jóvenes en zonas de conflicto pueden sentirse más atraídos por organizaciones que se presentan como lo suficientemente poderosas como para provocar una acción encubierta estadounidense.

Tercero, como propaganda en la que los cárteles pueden presentarse como defensores de la soberanía mexicana frente a la injerencia extranjera, una narrativa con profunda resonancia histórica. Aunque una trampa mortal para el Estado Mexicano que perdería toda legitimidad histórica.

En este sentido, la advertencia de la CIA es acertada al identificar que esta narrativa refuerza el mito de los cárteles, independientemente de su base fáctica.

Halcones de la seguridad estadounidense: Una crisis demasiado útil para desaprovechar

Al otro lado de la frontera, la narrativa de una “narcoguerra civil” se alinea perfectamente con la agenda de los sectores más extremistas de Estados Unidos, quienes desde hace tiempo lograron que los cárteles mexicanos sean designados como organizaciones terroristas extranjeras (FTOs). La administración Trump ya ha designado a varias bandas latinoamericanas como terroristas y ha llevado a cabo decenas de ataques letales contra embarcaciones sospechosas de narcotráfico, causando la muerte de más de 190 personas, según reportajes de Al Jazeera.

Una narrativa que sugiere que la CIA ya está involucrada en una guerra encubierta, aunque lo niegue, ayuda a justificar mayores facultades antiterroristas domésticas e incrementos en operaciones transfronterizas, presupuestos destinados a la comunidad de inteligencia y el fortalecimiento del enfoque militarizado del narcotráfico.

Para estos actores de ala dura, la narrativa lejos de ser un escándalo es una oportunidad política al proveer de una lógica simple: si México es, en la práctica, un campo de batalla, entonces se justifican medidas extraordinarias en las que los resultados son una convergencia entre la lucha contra el narcotráfico y el antiterrorismo. Las barreras legales y políticas a la acción unilateral de Estados Unidos se debilitan, y la maquinaria burocrática del aparato de seguridad nacional (agencias, contratistas, unidades de operaciones especiales) adquiere mayor relevancia y recursos. En este contexto, la salida de Tulsi Gabbard de la Dirección de Seguridad Nacional podría ser el primer paso de la llegada del ala dura a la comunidad de inteligencia de EUA.

Aunque la CIA niegue las acusaciones específicas, la narrativa general refuerza un planteamiento de seguridad estadounidense de larga data, que la violencia criminal en México no es solo un problema de las fuerzas del orden, sino una amenaza a la seguridad nacional que requiere herramientas excepcionales.

Actores políticos mexicanos: Soberanía, crisis y oportunidad

En México, la narrativa en su conjunto es políticamente explosiva, ya que socava y fortalece simultáneamente a diferentes facciones que cruzan líneas partidistas.

Por un lado, está el Gobierno Federal que busca, con menor éxito a través del tiempo, ser el defensor de la soberanía nacional. Para la administración de la presidenta Sheinbaum, la idea de una campaña de asesinatos de la CIA en territorio mexicano es inaceptable. Porque de fondo se sugiere una pérdida de control, una violación de la soberanía y un fracaso de la política de seguridad.

Pero también representa una oportunidad. Al rechazar enérgicamente las acusaciones, el gobierno intenta reafirmar la soberanía en un momento de gran sensibilidad pública. Se ha buscado que la situación sea un impulso para el sentimiento nacionalista en torno a la idea de resistir la injerencia extranjera. Su eficacia no ha sido clara. También es una herramienta, sin resultado palpable hasta el momento, para presionar a Washington en la ratificación de los marcos de cooperación económicos y de seguridad

Este es un patrón recurrente en la política mexicana ante la extralimitación estadounidense, real o percibida, que le permite al gobierno presentarse como defensor de la dignidad nacional.

Por otro lado, está la oposición política con su narrativa de colapso. Para los partidos de oposición, el discurso de la “narcoguerra civil” es una oportunidad para reforzar el argumento de que el partido gobernante ha perdido el control del país, que la violencia se ha convertido en un conflicto abierto y que México es, en la práctica, un “Estado fallido” en ciertas regiones.

La narrativa se convierte así en un arma política. Porque si la CIA interviene, el Estado debe estar fallando y si los cárteles son lo suficientemente poderosos como para provocar una operación encubierta estadounidense, el gobierno debe ser débil. Aunque las acusaciones sean falsas, la percepción de crisis resulta políticamente útil.

Los verdaderos perdedores son la cooperación y la comprensión pública

Si bien múltiples actores se benefician de esta narrativa “imposición – colapso”, dos grupos específicos son los que salen perdiendo. Los profesionales que intentan gestionar la cooperación bilateral en materia de seguridad, y potencialmente el acuerdo de libre comercio, y la ciudadanía mexicana conectada a las cadenas productivas globales.

La amenaza de juicio político en contra de la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, tras un operativo en el participó personal de la CIA y que resultó en la muerte de dos estadounidenses ha generado desconfianza, parálisis burocrática y riesgo político. El intento de capitalizar los señalamientos con una marcha morenista en Chihuahua resultó en un rotundo fracaso que muestra que la narrativa de “defensa de la soberanía” no es necesariamente más robusta que el hartazgo ante la inseguridad.

La violencia en México no es una guerra binaria entre cárteles y el Estado. Es un ecosistema fragmentado de grupos criminales, mafias locales, facciones disidentes, milicias comunitarias y fuerzas estatales. Llamarla “guerra civil” oculta la economía política de la violencia y fomenta soluciones militarizadas que han fracasado repetidamente en diversas partes del mundo.

La narrativa simplifica una realidad compleja, reduciéndola a un conflicto cinematográfico con la subsiguiente distorsión y sus consecuencias.

Independientemente de la veracidad de las acusaciones de CNN, la narrativa que desataron ya ha cobrado vida propia. Alimenta temores arraigados, agendas políticas e incentivos institucionales en ambos lados de la frontera.

En definitiva, la cuestión no es si la CIA libra una guerra secreta en México. La cuestión es por qué tantos actores consideran útil fingir que así es. Porque esa podría ser la parte más peligrosa de esta historia.

 

SAGRADAS ESCRITURAS: I Macabeos: 29-35

Dos años después, el rey envió a las ciudades de Judá un recaudador de impuestos, que se presentó en Jerusalén con un poderoso ejército. Él les habló amistosamente, pero con la intención de engañarlos, y después que se ganó su confianza, atacó sorpresivamente a la ciudad y le asestó un terrible golpe, causando numerosas víctimas entre los israelitas. Luego saqueó la ciudad, la incendió, y arrasó sus casas y la muralla que la rodeaba. Sus hombres tomaron prisioneros a las mujeres y a los niños y se adueñaron del ganado. Después, levantaron en torno a la Ciudad de David una muralla alta y resistente, protegida por torres poderosas, y la convirtieron en su Ciudadela. Allí establecieron un grupo de gente impía, sin fe y sin ley, que se fortificó en ese lugar. Lo proveyeron de armas y víveres, y depositaron allí el botín que habían reunido en el saqueo de Jerusalén. Así se convirtieron en una permanente amenaza.

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