Columna de opinión
Cuando el bronce se convierte en espejo
Fernando Meraz Mejorado
Fernando Meraz Mejorado
Hay momentos en los que una ciudad mira su propio espíritu a través de lo que decide mover y lo que decide conservar. Hoy, en Durango, el monumento ecuestre que durante casi cincuenta años ha sido centinela en la avenida principal, la 20 de Noviembre, ese Francisco Villa de bronce fundido por el maestro Francisco Montoya de la Cruz, se ha convertido en el centro de una tormenta política que es mucho más que una simple reubicación. Se propone llevarlo a San Juan del Río, mientras, en su lugar se alzará un nuevo monumento de veinticinco metros de altura, con un costo que estimado en millones de pesos.
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En tiempos donde las arcas del estado crujen bajo presiones económicas, donde muchas familias apenas logran cubrir lo esencial, la decisión de cambiar la efigie despierta preguntas que duelen y punzan como el frío del invierno duranguense que ya llegó. Algunos argumentan que Villa debe seguir en la Capital duranguense, lo que tiene todo el sentido Pero otros sienten que le están arrancando un pedazo de su historia, de su paisaje cotidiano, de ese bronce que ya no es solo metal, sino memoria colectiva. Los artistas, historiadores y la propia familia del escultor han alzado la voz, no por Villa, sino por la obra, por el patrimonio que pertenece a todos.
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El traslado de un monumento nunca es solo cuestión de grúas y camiones. Es también política: el diálogo entre lo que una administración quiere dejar como huella y lo que el pueblo siente como suyo. Es el riesgo de confundir lo espectacular con lo necesario, lo imponente con lo significativo. Cuando se gasta en estatuas colosales mientras hay comunidades sin caminos ni servicios básicos, la gente pregunta con razón: ¿es esto lo que más nos urge?
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Quizás el verdadero significado de esta polémica no está en dónde quede el bronce, sino en qué valores estamos erigiendo como sociedad. Un monumento a Villa debería recordarnos que la Revolución fue hecha por quienes no tenían voz ni recursos. Que honrar su memoria no es ponerlo más alto, sino ser más justos con quienes están abajo. Mientras el pueblo siga pasando necesidades, cualquier estatua, por gigante que sea, parecerá pequeña ante la magnitud de las deudas que tenemos con la gente que trabaja y espera.
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San Juan del Río merece reconocimiento, por supuesto. Pero la capital también merece no perder lo que ya es parte de su identidad. No tiene que ser una elección entre el origen y el hogar. Tal vez lo que nos falta no es un Pancho Villa más grande, sino un gobierno que sea tan grande como las necesidades de su gente, tan firme como el bronce que resiste las tormentas, y tan cercano como los valores legendario general Francisco Villa siempre defendió aún con su vida. – – oOo–
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