NEMESIS
Fernando Meraz Mejorado
Cuando el poder se queda sin razones, pública una lista. No responde a los señalamientos con datos, ni a las dudas con explicaciones, ni a las pruebas con contraargumentos, en lugar de ello levanta un catálogo de nombres —periodistas, organizaciones, voces que preguntan— y lo exhibe como si fuera la prueba misma de una conspiración. Este gesto, aparentemente burocrático o administrativo, encierra una revelación profunda en cada uno de sus sentidos.
***
En lo político, es el espejo de una legitimidad herida. Quien gobierna con la verdad y la obra no teme al escrutinio; lo recibe como el labrador recibe la lluvia: necesaria para crecer. Pero cuando se enlista al que pregunta, se invierte el orden: ya no se juzga lo dicho, sino a quien lo dice. Se transforma la crítica —derecho sagrado de la democracia— en sospecha, en enemistad, en una presunta maniobra oculta. Es el síntoma de un poder que se sabe desgastado: en lugar de convencer, itrata de amedrentar; en lugar de dialogar, levanta muros de sospecha entre el gobierno y la ciudadanía. La lista es el último refugio de quien ya no puede sostenerse con la razón.
***
En lo social, es un frío aviso grabado en silencio. Cada nombre anotado es una señal que recorre el tejido colectivo como un viento helado: “aquí se vigila, aquí disentir tiene precio”. No hace falta dictar órdenes explícitas: la lista siembra el miedo en la conciencia, y el miedo cosecha autocensura. Las palabras se miden, las investigaciones se frenan, las voces se apagan antes de alzarse. Se rompe el pacto invisible que une a gobernantes y gobernados: ya no somos una comunidad que debate, sino un conjunto de personas que calculan lo que pueden decir sin ser marcadas. La lista divide a la sociedad en dos bandos: los que callan y sobreviven, y los que hablan y quedan expuestos.
***
Es la negación misma de la verdad y la libertad. Supone que solo quien detenta el mando posee la razón, y que todo aquello que no coincida con su discurso es falso o traicionero. Es el viejo error de confundir el poder con la verdad: creer que porque se tiene autoridad, se tiene la razón. Olvida que la democracia no vive de la unanimidad, sino de la valentía de disentir; que la verdad no es una posesión, sino un camino que se traza preguntando, dudando, contrastando.
***
Cuando el poder hace de la lista su escudo, en realidad está confesando que ya no confía en la inteligencia de su pueblo, ni en la solidez de sus actos.
***
En definitiva: cuando un gobierno recurre a nombrar y señalar a sus críticos en lugar de responder a sus cuestionamientos, no está defendiéndose de una amenaza. Está revelando su propia fragilidad. Porque la fuerza de la autoridad no se mide por cuántos enemigos señala, sino por cuántas razones tiene para ser respetada. Y quien necesita una lista para defenderse, ya ha perdido la batalla de la credibilidad ante la historia y ante su pueblo.–oOo–