Rodolfo Villarreal Ríos
Lo referente a la separación entre el Estado Mexicano y las Iglesias siempre será un tema que provoque escozor. Desde el momento en que LOS HOMBRES DE LA REFORMA instauraron en nuestro país la separación Estado-Iglesias, la controversia ha estado ahí. En las dos colaboraciones anteriores hemos abordado un intento de cisma dentro de la Iglesia Católica afincada en nuestro país, mismo que resultó fallido. Dado que nosotros no tratamos de convencer a nadie de que tal o cual versión de la fe es la mejor, decidimos que, para concluir esta serie de escritos, habríamos de presentar dos casos de como fue abordada, en tiempos distintos, la separación entre la gobernabilidad civil y lo referente a temas espirituales.
En uno, revisaremos el Manifiesto que pronunciara, el 5 de febrero de 1857, un periodista, político e historiador, Joaquín Francisco Zarco Mateos, al momento en que se juró la Constitucion Federal de los Estados Unidos Mexicanos. En el otro, daremos una vuelta por los rumbos de Tabasco, en 1925, cuando, el gobernador de dicha entidad, Tómas Garrido Canabal, llevó las cosas al extremo y buscó sustituir a la Iglesia Católica con un remedo de esta.
Con modestia singular, don Francisco dio lectura al Manifiesto que a la letra iniciaba: “El Congreso Constituyente, a la Nación. Mexicanos: Queda hoy cumplida la gran promesa de la regeneradora Revolución de Ayutla, de volver al país al orden constitucional”. Recordemos que este movimiento armado da inicio cuando, el 1 de marzo de 1854, en la hacienda La Providencia, propiedad del general Juan Nepomuceno Álvarez Hurtado, el general Florencio Villarreal, ningún parentesco con este escribidor, proclama el Plan de Ayutla en contra de López De Santa Anna. La lucha dura hasta el 12 de agosto de 1855 cuando el López de entonces renuncia a la presidencia y seis días después se embarca en Veracruz rumbo al exilio. El 4 de octubre, en Cuernavaca, se nombra presidente interino al general Álvarez Hurtado. Retomemos el texto de Zarco Mateos.
Apuntaba: “Queda satisfecha esta noble exigencia de los pueblos…cuando se alzaron a quebrantar el yugo del más ominoso despotismo. En medio de los infortunios que les hacía sufrir la tiranía, conocieron que los pueblos sin instituciones que sean la legítima expresión de su voluntad, la invariable regla de sus mandatarios, están expuestos a incesantes trastornos y la más dura servidumbre. El voto del país entero clamaba por una Constitución que asegurara las garantías del hombre, los derechos del ciudadano, el orden regular de la sociedad. A este voto sincero, íntimo del pueblo esforzado que en mejores días conquistó su independencia; a esta aspiración del pueblo que en el desecho naufragio de sus libertades buscaba ansioso una tabla que lo salvara de la muerte, y de algo peor, de la infamia; a este voto, a esta aspiración debió su triunfo la Revolución de Ayutla, y de esta victoria del pueblo sobre sus opresores, del derecho sobre la fuerza bruta, se derivó la reunión del Congreso, llamado a realizar la ardiente esperanza de la República: un código político adecuado a sus necesidades y a los rápidos progresos, que a pesar de sus desventuras, ha hecho en la carrera de la civilización”.
Como tal, sabía colocar en cada espacio su perspectiva personal. Ejemplo de cómo, contrario al sambenito que les han colgado los fanáticos a los miembros de aquella generación, no eran la reencarnación de Belcebú y no tenían temor de expresar su perspectiva sin que ello afectara en lo más mínimo su actuar de patriotas. Un ejemplo de ello se da cuando mencionaba: “Bendiciendo la Providencia Divina los generosos esfuerzos que se hacen en favor de la libertad, ha permitido que el Congreso dé fin a su obra, y ofrezca hoy al país la prometida Constitución, esperada como la buena nueva para tranquilizar los ánimos agitados, calmar la inquietud de los espíritus, cicatrizar las heridas de la República, ser el iris de paz, el símbolo de la reconciliación entre nuestros hermanos y hacer cesar esa penosa incertidumbre que caracteriza siempre los periodos difíciles de transición”. Tras de enfatizar como los diputados constituyentes enfrentaron vicisitudes en el proceso de elaboración de la Carta Magna, les reconocía que “tomaron por guía la opinión pública, aprovecharon las amargas lecciones de la experiencia para evitar los escollos de lo pasado, y les sonrió halagüeña la esperanza de mejorar el porvenir de la patria”.
En ese contexto, los diputados en lugar “de restaurar la única carta legitima que antes de ahora han tenido los Estados Unidos Mexicanos, en vez de revivir las instituciones de 1824… emprendieron la formación de un nuevo código fundamental que no tuviera los gérmenes funestos que… proscribieron la libertad en nuestra patria, y que correspondiese a los visibles progresos consumados de entonces acá por el espíritu del siglo”.
Por ello, Zarco Mateos afirmaba: “El Congreso estimó como base de toda prosperidad, de todo engrandecimiento, la unidad nacional, y por lo tanto se ha empeñado en que las instituciones sean un vínculo de fraternidad, un medio seguro para llegar a estables armonías, y ha procurado alejar cuanto producir choques y resistencias, colisiones y conflictos”. Lo que sigue muestra como un hombre pensante puede mantener en espacios distintos su percepción sobre asuntos inmanentes sin que ello afecte su concepción de cómo debe de ejercerse la gobernabilidad en una nación. En ese sentido, alababa como “persuadido el Congreso de que la sociedad para ser justa, sin lo que no puede ser duradera, debe respetar los derechos concedidos al hombre por su Creador, convencido de que las más brillantes y deslumbradoras teorías políticas son torpe engaño, amarga irrisión, cuando no se aseguran aquellos derechos, cuando no se goza de libertad civil, ha definido clara y precisamente las garantías individuales poniéndolas a cubierto de todo ataque arbitrario. El acta de derechos que va al frente de la Constitución es un homenaje tributado, en vuestro nombre, por vuestros legisladores a los derechos imprescriptibles de la humanidad. Os quedan, pues, libres, expeditas todas las facultades que del Ser Supremo recibisteis para el desarrollo de vuestra inteligencia, para el logro de vuestro bienestar”. Nótese la consideración a las creencias de sus conciudadanos, nada de confrontarlas o devaluarlas, los seres inteligentes se mueven en el ámbito de respeto a la forma en que cada uno mantenga su relación con El Gran Arquitecto.
Bajo esa perspectiva, planteaba que “la igualdad será de hoy más la gran ley de la Republica; no habrá más mérito que la de las virtudes; no manchará el territorio nacional la esclavitud, oprobio de la historia humana; el domicilio será sagrado; la propiedad inviolable; el trabajo y la industria libres; la manifestación del pensamiento sin más trabas que el respeto a la moral, a la paz pública y a la vida privada; el tránsito, el movimiento, sin dificultades; el comercio, la agricultura sin obstáculos; los negocios del estado examinados por los ciudadanos todos; no habrá leyes retroactivas, ni monopolios, ni prisiones arbitrarias, ni jueces especiales, ni confiscación de bienes, ni penas infamantes, ni se pagará por la justicia, ni se violara la correspondencia, y en México, para su gloria ante Dios, y ante el mundo será una verdad práctica la inviolabilidad de la vida humana, luego de que con el sistema penitenciario pueda alcanzarse el arrepentimiento y la rehabilitación moral del hombre que el crimen extravía”.
Por ello, don Joaquín Francisco aseguraba que “ni un instante pudo vacilar el Congreso acerca de la forma de nación que anhelaba darse la nación…el país deseaba el Sistema Federativo que es el único que conviene a la población diseminada en su vasto territorio, él sólo adecuado a tantas diferencias de productos, de climas, de costumbres, de necesidades; el sólo que puede extender la vida, el movimiento, la riqueza, la prosperidad a todas las extremidades, y él que, promediando el ejercicio de la soberanía, es el más adecuado para hacer duradero el reino de la libertad, y proporcionarle celosos defensores”. Por ello, “la Federación…es la única forma de gobierno que en México cuenta con el amor de los pueblos, con el prestigio de la legitimidad, con el respeto de la tradición republicana. El Congreso, pues, hubo de reconocer como preexistentes los Estados libres y soberanos; proclamó sus libertades locales…queriendo que en una democracia no haya pueblos sometidos a pupilaje, reconoció el legítimo derecho de varias localidades a gozar de vida propia como Estados de la Federación”. Esto no implicaba ninguna muestra de debilidad para el gobierno federal, por el contrario, “gozando los Estados de amplísima libertad en su régimen interior, y estrechamente unidos por el lazo federal, los poderes que ante el mundo han de representar a la Federación, quedan con las facultades necesarias para sostener la independencia, para fortalecer la unidad nacional, para promover el bien público, para atender a todas las necesidades generales; pero no serán jamás una entidad extraña que este en pugna con los Estados, sino que por el contrario, será la hechura de los Estados todos….el Congreso de la Unión será el país por medio de sus delegados; la Corte de Justicia cuyas altas funciones se dirigen a mantener la concordia y a salvar el derecho, será instituida por el pueblo, y el presidente de la república será escogido por los mexicanos”.
Eso era el planteamiento plasmado en la Constitución de 1857, el ser humano como su objetivo principal, en eso fincaban los Liberales el porvenir de la patria, apostaban hacia el futuro con una sociedad mejor, no buscaban sustentar sus acciones en un pretérito caduco que nada podía prometer para construir la patria nueva. Esos preceptos no podrán nunca entenderlos quienes prometen construir cuando en realidad lo único que buscan es retrasar el reloj de la historia y fincar el porvenir bajo cimientos de algo que, desde entonces, LOS HOMBRES DE LA REFORMA tenían muy claro, la construcción de la patria nueva debería formar un todo a partir de considerar las características de cada una de las unidades que los conformaban. Ello, pasaba por respetar las formas en que cada uno llevara su relación con El Gran Arquitecto, inclusive Juan Ignacio Paulino Ramírez Calzada, quien se declaraba ateo, no buscaba forzar a nadie a seguirlo en su perspectiva. Por su parte el Estadista Juárez García nunca dejó de acompañar a doña Margarita a la misa dominical. Esos eran ejemplos de que no combatían religión alguna. Buscaban que los asuntos de Estado y el de las creencias religiosas se ubicaran en sus espacios respectivos. Pero en tiempos posteriores hubo quien se lanzó al otro extremo.
Corría el año de 1925, el Estado Mexicano Moderno estaba en su etapa última para convertirse en una realidad. Ello, llevó a la curia católica a la irracionalidad y decidió llevar a la práctica lo que habían preparado por años, provocar un enfrentamiento armado fratricida. Pero antes de que eso sucediera hubo quien, pleno de fanatismo, quiso adelantárseles y decidió que la mejor forma de acabar con la Iglesia Católica era crear un remedo de esta. En ese contexto, el gobernador de Tabasco, Tomás Garrido Canbal, propuso instaurar una Iglesia Católica local.
Dado que no somos expertos en los asuntos de Garrido y para evitar ser acusados de plagiarios, hemos de apuntar que los textos que a continuación mencionaremos pertenecen al libro “Tomás Garrido Canbal y el movimiento de los Camisas Rojas”, escrito por Alan M. Kirshner y publicado en 1976.
Pleno de fanatismo, Garrido Canabal se hacía acompañar de un sobrino cuyo nombre era Lucifer. Ese no era el único nombre singular, existían otros como “Zoila Libertad”, “Masiosare” “Himno Nacional”, “Artículo 123”, Bandera Nacional, y Lenin”, entre otros Clamaba a voz en cuello que “para ser libres es necesario destruir las raíces [de la opresión] del virus religioso… No había otro dios que el trabajo, ni otra religión que la verdad y la justicia e intentaba alcanzar la verdad y la justicia mediante la destrucción de la Iglesia Católica”. Para sustituirla planteó crear una Iglesia Católica local, en cuya empresa era ayudado por un sacerdote de nombre Manuel González Punaro. Dado que aquello no prendió, procedió a instrumentar otras medidas.
El 6 de marzo de 1925, Garrido instruyó a los miembros de la Legislatura local para que emitieran una ley en la cual se establecieran los requisitos que habrían de cumplir los sacerdotes que quisieran oficiar en Tabasco. Estos eran: “1) ser tabasqueño o mexicano por nacimiento, con cinco años de residencia en el estado; 2) ser mayor de 40 años; 3) haber estudiado la primaria y secundaria en escuelas oficiales; 4) tener buenos antecedentes morales; 5) ser casado, 6) no tener antecedentes penales ni estar sujeto a litigio”. Acompañando a tales medidas, se decretó que la gente comiera carne en los días de vigilia señalados por la religión católica, desaparecieran los monumentos y cruces de las tumbas y quedara solamente un promontorio de tierra. Para asegurarse de que nadie, a escondidas, practicaba el catolicismo, fueron creados grupos de asalto que penetraban en los hogares y confiscaban objetos religiosos los cuales quemaban todos los domingos en grandes fogatas. A la par, asaltaban templos y, previo saqueo de piezas valiosas, los destruían.
Acorde con lo que informaba un partidario de Garrido Canabal, en las escuelas tabasqueñas era común escuchar a los niños repetir consignas como: “los santos no existen, están hechos de paja y sólo sirven para quemarlos; la Iglesia es el enemigo de los pobres; los sacerdotes y los capitalistas nos quitan el aire que respiramos; el fanatismo religioso es ignorancia’. Si bien las dos primeras aserciones son discutibles, acerca de la tercera podemos decir que no solamente lo relacionado con la religión, sino cualquier tipo de fanatismo es pernicioso para la convivencia entre los seres humanos. Y ya entrados en los excesos, estos continuaron durante los años venideros.
En 1930, durante una feria ganadera, Garrido Canabal “exhibió un cebú ganador de un premio, al que llamaba Dios, a una vaca la identificaba como La Virgen, a un cerdo con el apodo de El Papa y a un caballo que llevaba el mote de Obispo Pascual Díaz [y Barreto]” quien era el arzobispo de Mexico y anteriormente se desempeñara como obispo de Tabasco. Aun cuando en materia de obra social y económica el gobierno de Garrido Canabal daba resultados positivos, su fanatismo religioso oscurecía los logros.
En medio de esa cruzada anti religiosa creó el grupo de los llamado Camisas Rojas y con ellos buscó llevar su propuesta en contra del catolicismo a la capital de la república. En ese contexto, el 10 de diciembre de 1934, decidieron hacerse presentes en las afueras del templo de San Juan Bautista en Coyoacán y provocar a los feligreses que acudían a la misa dominical. Cuando ésta concluyó, se suscitó un enfrentamiento entre los católicos y los Camisas, mismo que generó muertos, heridos y detenidos. Quien organizó aquel evento no se detuvo a pensar en las consecuencias que esto traería para su jefe. A partir de ese momento, la estrella política de Garrido Canbal empezó a eclipsarse, sobrepasó los limites de la tolerancia a su fanatismo religioso. Al igual que sucediera en el pretérito lejano con los revolucionarios franceses, eso de querer combatir una religión mediante la sustitución de nombres y el empleo de otros líquidos no puede terminar sino en fracaso.
Los dos ejemplos que hemos revisado, la actitud de Zarco Mateos y la postura de Garrido Canabal, nos muestran que siempre debe de prevalecer el respeto a como los demás asuman o interpreten los asuntos de la fe, lo otro únicamente termina por generar violencia. En el caso de este escribidor, aún continúa en espera de que alguien le de una respuesta, fundada en la razón, a la pregunta, de aromas hegelianos sin conocer la filosofía de éste, que hiciera a una catequista hace casi sesenta y cuatro años: “Si como usted dice, Dios está en la Tierra, en el Cielo y en todo lugar. Y, además, conoce todo lo que hacemos y pensamos ¿Por qué tenemos que acudir a una iglesia y debemos de confesarnos con un padre?” Ante la expulsión generada por aquel cuestionamiento, desde finales de la infancia-inicios de la adolescencia optamos por la relación directa, sin intermediarios, y respetar la forma en que cada uno asuma su relación con El Gran Arquitecto. vimarisch53@hotmail.com
Añadido (25.16.52) En su primer evento internacional, el encargado de la política exterior mexicana demostró que su mejor actuación continúa siendo la que tuvo como consumidor de cacahuates. En lo de los acarreos, aún le falta mucho por aprender. ¿Tendrá tiempo para hacerlo?
Añadido (25.16.53) Observábamos una fotografía de un ciudadano cubano, Alexander Díaz, quien acaba de ser liberado tras de pasar cinco años como prisionero político en una cárcel, de esas que tienen dentro de la otra que abarca todo Cuba. La imagen pareciera pertenecer a los tiempos del Holocausto. No es posible que haya quienes defiendan a esa dictadura. ¿Será porque eso lo que quieren replicar en sus países quienes se asumen como adalides de la democracia?
Añadido (25.16.54) Este 30 de abril, allá por los rumbos del pueblo, habrán de congregarse un grupo de jóvenes plenos de experiencia acumulada. Se trata de nuestros condiscípulos de los tiempos preparatorianos de hace medio siglo y una cuarteta de años Que sea un éxito la reunión.