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El Estadista Carranza Garza era sepultado y el Congreso nombraba a De La Huerta como presidente

Rodolfo Villarreal Ríos

 

Lo que en esta ocasión abordaremos es una de esas coincidencias que en pocas ocasiones se mencionan, El evento ocurrió el 24 de mayo de 1920 y está descrito en el titular de esta colaboración. Partamos al relato.

Eran poco más de las seis de la mañana del día referido cuando el ferrocarril arribaba a la Estación Colonia en la Ciudad de México (ubicada en el sitio que hoy ocupa el Monumento a la Madre). Acorde con las crónicas, ahí estaban reunidas miles de personas en  esperaba de que arribara el cuerpo del Estadista Venustiano Carranza Garza quien tres días antes fuera asesinado en Tlaxcalantongo, Puebla.   Antes de continuar revisemos brevemente lo ocurrido allá.

Alrededor de este hecho aún hoy existen nubarrones sobre como realmente se dio. La versión que conocemos es que la mano ejecutora fue un fulano llamado Rodolfo Herrero Hernández, poblano de origen, ya que a quien inicialmente le encargaron el trabajito, un michoacano llamado Lázaro Cárdenas Del Río, se le atravesó la creciente de un río y no pudo llegar a cumplir con la encomienda. Con ello, culminaba la revuelta de Agua Prieta promovida por tres de los más distinguidos pupilos del coahuilense, la trinca sonorense integrada por Obregón Salido-De La Huerta Marcor-Elías Calles Campuzano quienes siempre negaron que la orden de ejecución haya sido dada por alguno de ellos. A pesar de las diferencias que surgieron, cuando gobernaron, los tres se apegaron a las directrices establecidas por Carranza. Pero volvamos a mayo de 1924.

El cuerpo de Carranza fue trasladado de la Estacion Colonia al sitio en donde viviera ubicado en la calle de Lerma. La comitiva estaba encabezada por los ministros de España (Marqués de González), Italia (Guido Rocco), Argentina (Manuel Baldomero Ugarte), Chile (Enrique Bermúdez de la Paz) y el encargado de la embajada de los Estados Unidos de América (George T. Summerlin). Las hijas de Carranza, Virginia y Julia fueron quienes recibieron el cuerpo de su padre. Para cuando se terminó de colocar el féretro en la sala de la casa, en las afueras ya se habían formado dos filas largas de persona que deseaban mostrar sus respetos al Estadista coahuilense. Se calcula que entre las ocho de la mañana y las tres de la tarde desfilaron ante el féretro alrededor de treinta mil personas. Eran las 15:40 horas cuando el coronel Alberto Salinas Carranza dio la orden de que se procediera a sacar el féretro para colocarlo en la carroza que lo conduciría al Panteón de Dolores. Mientras se daba el traslado, en otro sitio otros andaban plenos de expectativas e impaciencias.

A las cuatro de la tarde, la sede de la Cámara de Diputados ubicada en el Palacio Legislativo de Donceles estaba pleno de un público inquieto y nervioso cuyas conversaciones versaban sobre dos tópicos. Uno, era la rumorología en torno al asesinato mencionado anteriormente.  Otro, la convocatoria para realizar la sesión en la que habría de elegirse a quien sustituyera al Estadista Carranza en el cargo de presidente de la República.

Respecto a esto último, entre un gran número de los asistentes, prevalecía la creencia de que el Congreso no podría reunirse por falta de quorum. Se afirmaba que “la mayoría de los miembros de la Comisión Permanente habían resuelto no asistir a la sesión, una vez que había sido desconocida la corporación de que formaban parte”. En igual forma, “se decía, también, que los diputados y senadores que habían acompañado al señor Carranza, en su desgraciada expedición, no se presentarían, y se afirmaba, por último, que los diputados y senadores adictos al Plan de Agua Prieta que viven en la capital no constituían por sí solos el número bastante para abrir la trascendental sesión”. Ante eso, se especulaba que los congresistas presentes establecerían una junta previa permanente hasta lograr que se reunieran las dos terceras partes de los legisladores.

A la par de lo anterior, por la calle de Lerma, un grupo de hombres, cargando el féretro con los restos mortales del Estadista, trataban de abrirse paso en medio de una multitud que se los impedía. Apenas pudieron llegar a la calle de Neva y desembocar por la de Niza hasta llegar a la Avenida Insurgentes en donde los esperaba una carroza de la Compañía de Tranvías Eléctricos en la cual se colocaría el ataúd. El cortejo tomó luego la Avenida Chapultepec en donde una multitud veía pasar el cortejo compuesto además por diversos vehículos que transportaban a diplomáticos y políticos. Aún faltaba un buen trecho para llegar al Panteón de Dolores. Con la procesión fúnebre en marcha había otros que tampoco se detenían, pero sus motivos eran distintos.

Eran las cuatro treinta de la tarde, en el recinto de Donceles, cuando se apareció el diputado por el Distrito XII del Estado de Hidalgo, Ignacio Ruiz Martínez, quien fungía como secretario de la Cámara de Diputados. Vestido de riguroso smocking negro y chaleco blanco, procedió a pasar lista de presentes. Acorde con la crónica de Excélsior, en contra de lo esperado, la mayoría de los diputados contestó presente. Asimismo, se hace notar que los legisladores pertenecientes al bando de los vencidos recibieron una recepción cálida y respetuosa por parte de sus colegas. Sin embargo, desde las galerías, fueron recibidos con silbidos y gritos insultantes. “A las cinco y diez minutos de la tarde, la secretaría declaró que había presentes en el salón de sesiones ciento ochenta y siete diputados, esto es que había quorum. Una salva de aplausos saludó la declaratoria respectiva”.

Mientras tanto, con rumbo al poniente de la Ciudad de México, continuaba la marcha lenta entre miles de personas que se arremolinaban al paso de lo que sería la morada penúltima del Estadista Carranza.

Pero en donde las cosas se aceleraban era en el Congreso. Una vez declarado el quórum en la Cámara de Diputados, la sesión fue declarada abierta y procedieron a tomar protesta como propietarios a siete diputados suplentes. “Se dio lectura a una comunicación de la Camara de Senadores haciendo saber de su instalación y elección de mesa directiva y a un telegrama procedente de Hermosillo en el que el señor gobernador [de Sonora, Adolfo] De La Huerta [Marcor], Jefe Supremo de la Revolución [en realidad fue una revuelta], se da por enterado de la instalación de la Cámara de Diputados y la designación de su cuerpo directivo. La lectura de este telegrama fue recibida con aplausos que inició en las tribunas el general [Benjamín] Hill [Salido]”.

Acorde con la narrativa de Excélsior, tras de ello, “el diputado [por el Tercer Distrito de Michoacán], Martín Barragán, y otros colegas suyos repartían entre los diputados y senadores unas boletas que contenían el nombre del ciudadano Adolfo De La Huerta como candidato a presidente substituto de la república. Dichas boletas llevaban adherido un papel en que constaba el nombre del representante a quien se entregaban, con el fin de que más tarde se pudiera comprobar quien o quienes no habían satisfecho su compromiso”. En otras palabras, eso era algo así como el antecedente del acordeón que en nuestros días utilizan los adalides de la democracia pintados de guinda. Dejemos por un momento el escenario del legislativo con el tinglado ya listo, eran las cinco treinta y cinco de la tarde, para emitir sus votos y vayamos a lo que ocurría en esos instantes en el Panteón de Dolores.

Por allá andaba uno de los reporteros de Excélsior quien mencionaba que al llegar desconocía el sitio exacto en el cual Carranza habría de ser sepultado. No le quedó sino seguir a una fila interminable de personas hasta dar “con el lote primero de tercera clase en donde cinco trabajadores se ocupaban de adornar la fosa número 17, 287…” En espera de que llegara el cuerpo inerte del coahuilense, se habían “…congregado ya algunos miles de personas [se estimaba que eran alrededor de cinco mil]; habían trepado muchos a los árboles cercanos y la baja tapia que circunda el panteón estaba en aquel sitio llena también de gente. La multitud se apiñaba silenciosa y un tanto excitada…” En donde no prevalecía la quietud era en el Palacio de Donceles.

“A las cinco y cuarenta y cinco de la tarde principio a recogerse la votación. Los senadores fueron los primeros en desfilar…. De los cuarenta y ocho senadores, el único que resultó conocido por las galerías y recibió nutridos aplausos fue el licenciado José Inés Novelo [ quien era Senador por Yucatán]”. Pero aquel orden aparente no duró mucho, “el desfile de los diputados votantes fue más sensacional … En medio de los llamados al orden de la presidencia”, las ovaciones adquirieron carácter de entusiasmo para “los representantes populares que habían demostrado su filiación en pro…de la revolución [revuelta] … en cambio hubo siseos para los diputados que acompañaron al señor Carranza”. Y, mientras concluía la votación, vayamos a los hechos que se suscitaban al Oeste de la Ciudad de México.

Daban las seis de la tarde cuando el féretro conteniendo los restos mortales del Estadista Carranza Garza arribó a la que, se suponía, sería su morada última. “Como una inmensa e incontenible marea el pueblo comenzó a agitarse. Todo el mundo pretendía llegar lo más cerca posible del sepulcro; se oyeron imprecaciones y voces de protesta, vivas al señor Carranza; alguien pide al populacho que guarde silencio, que respete al cadáver, entre algunos miembros del Cuerpo Diplomático extranjero se observaba contrariedad, molestia, quizá enojo…”. Hubo dos oradores en el acto.

Uno fue el jurisconsulto poblano Antonio Islas Bravo quien “leyó [un] discurso que fue toda una requisitoria, una acusación en contra del asesinato del señor don Venustiano Carranza”. Al calce debemos apuntar que cuando Islas era diputado federal, en 1927, fue desaforado junto con varios más por oponerse a la reelección de Obregón. El otro orador fue el ingeniero, escritor y periodista de origen hispano, Baltasar Fernández Cué, quien lo mismo exaltó las acciones que realizó Carranza en pro de la patria que se adentró en los orígenes de Cuatro Ciénegas fundado por trece españoles quienes, aparte de trabajar, “tenían que luchar contra los indios salvajes que infestaban la comarca; tenían que estar siempre alertas para no perecer victimas de tan peligrosos enemigos”.

En ese contexto, relató la afición que Carranza tenía por la lectura de libros de historia y respecto a la conquista citaba lo que en alguna ocasión le refirió el coahuilense quien indicaba: “La verdadera historia de la colonización de la Nueva España está aún por escribir. Los historiadores en mi tierra han preferido, en general, subrayar apasionadamente la conducta de los encomenderos a quienes el rey concedía tierras e indios subyugados para que los explotasen; y han pasado por alto, o considerado someramente, el esfuerzo de aquellos valerosos españoles que se establecían en zonas no conquistadas y,  luchando contra tanto elementos hostiles, exponiendo incesantemente la vida, fundaban pueblos civilizados y sembraban las virtudes de que hoy nos enorgullecemos los mexicanos…” Podríamos decir que  hasta parece una critica del presente.

Así, llegó “llegó la hora en que la caja debía ser descendida al sepulcro y en ese instante, las seis cuarenta y cinco de la tarde, el pueblo congregado en derredor de la fosa, como impelido por un mismo sentimiento empezó a entonar el Himno Nacional… Las lágrimas entonces enrojecieron muchos ojos. Y así, en voz de las salvas de artillería, descendió al sepulcro el cadáver del ciudadano que en el día 1 de mayo de 1917 fue ungido presidente de la República por el voto del pueblo”. Quince minutos más tarde, en el centro de la Ciudad de México, los legisladores quienes se asumían como representantes de ese mismo pueblo, concluían de emitir sus sufragios para nombrar al sustituto del Estadista Carranza Garza.

En ese momento, los diputados Salvador Saucedo, por el único Distrito de Colima, y Manuel Gutiérrez de Velazco representante por el Octavo Distrito de Guanajuato, procedieron a realizar el cómputo correspondiente. “Diecisiete minutos después terminó el recuento de votos y ocho minutos más tarde el presidente del Congreso pedía a todos los presentes que se pusieran de pie para hacer la declaratoria respectiva: El señor gobernador don Adolfo De la Huerta Marcor , cuyo nombre había sido aclamado durante el escrutinio, tenía registrado en su favor doscientos veinticuatro votos; el señor general don Pablo González Garza , veintiocho; y los señores Fernado Iglesias Calderón y el general; Antonio I. Villarreal González , uno cada uno”.  Tras de ello, “el publico irrumpió en vivas al general Obregón, al señor De La Huerta, al P.L.C. y a la revolución [revuelta]. Los diputados y senadores, entre tanto, se abrazaban y felicitaban, sin distinción de colores políticos”. Tras de eso, se acordó que el Congreso se reuniría el primero de junio para tomar la protesta al presidente sustituto de la república” Todos salieron felices y contentos, lanzando vivas al nuevo presidente.

Vaya espectáculo tan triste que dieron los vencedores, no pudieron ni siquiera retrasar por unas horas la votación referida. Bien pudieron haber esperado que concluyeran las exequias de aquel a quien apenas unos meses antes le rendían pleitesía. Aun en el triunfo debe de obrar la decencia sobre el vencido. Lo acontecido nunca debió de haber sucedido, pero así es la historia plena de hechos incomprensibles. Sin embargo, a pesar de la tozudes de uno y la ambición de otros fue factible que se continuara con el proceso de construcción del Estado Mexicano Moderno. vimarisch53@hotmail.com

Añadido (26.21.69) Justo cuando Pedrito el españolito y su mentor Rodríguez Zapatero aparecen bañados en las miasmas de la corrupción, el jefe del Estado Vaticano, el ciudadano Prevost Martínez, iniciará, el próximo 6 de junio, una visita de seis días por España. ¿Coincidencia o va a echar un capote? Como diría nuestro amigo sinaloense, “en política nada es casual, todo es causal” sobre todo si diez días antes, Pedrito y don Robert Francis se entrevistan en audiencia privada en el Vaticano. ¿Cómo iba aquello de la izquierda unida…?

Añadido (26.21.70) Y la economía mexicana continúa a toda vela, de la proyección de crecimiento del PIB a una tasa del 3.3 por ciento, para 2026, ya vamos en un estimado que, se dice, alcanzará el 1.1 por ciento.

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