La historia de México, narra incontables páginas de enfrentamientos, pero siempre al final se ha impuesto, el espíritu de la reconciliación nacional. La conquista fue cruenta, pero como bien dijo Jaime Torres Bodet: “ No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy” El periodo virreinal que forjó una raza y una nación, se interrumpió con la Guerra de independencia. Fue una década terrible que más allá de la emancipación de la metrópoli, dejó los campos y minas en ruinas, así como las arcas vacías. De cualquier modo, la independencia se concretó con el Plan de Iguala y las Tres Garantías: Religión, Independencia y Unión. Está última precisamente pactaba la unión entre europeos y americanos.
Desafortunadamente el sueño de las Tres Garantías, sólo quedó en buenos deseos y el naciente Estado Mexicano se vio envuelto en una espiral de guerras civiles y extranjeras que se sucedieron a lo largo del siglo XIX, hasta el triunfo de la República en 1867. Benito Juárez a su vez, expidió dos leyes de amnistía, la primera en 1861 otorgando el perdón a los conservadores trás la Guerra de Reforma y la segunda en 1870 a los imperialistas.
Porfirio Díaz fue un poco más allá, pues no solo confirmó el indulto a los adversarios, sino que implantó una genuina política de reconciliación nacional, al incorporar a conservadores e imperialistas a su gobierno. El ejemplo más certero fue el de Manuel Romero Rubio, el Canciller Lerdista, a quien nombró Secretario de Gobernación, pero también lo hizo su suegro.
La Revolución Mexicana irrumpió con furia, el país se cubrió de sangre, fue el primer gran movimiento social del siglo XX a nivel global, derrocó a Huerta restaurando la legalidad trás la Decena Trágica y promulgó la Constitución de 1917. Pero las legítimas causas sociales pasaron a un segundo término y la revolución derivó en una sangrienta disputa entre caudillos. Venustiano Carranza abatió a Emiliano Zapata y Alvaro Obregón a su vez a Venustiano Carranza y muy seguramente a Francisco Villa.
En mayo de 1942, México se unió al bando aliado en la Segunda Guerra Mundial. Se dio entonces una gran manifestación de unidad nacional, cuando el Presidente Ávila Camacho convocó al pueblo al zócalo capitalino. Acto seguido, el Presidente salió a saludar a los asistentes desde el balcón central, acompañado de todos los ex presidentes. Ahí compartió el mismo espacio, Plutarco Elías Calles con sus enemigos en los campos de batalla y de la política: Adolfo de la Huerta y Lázaro Cárdenas. En 1977, en plena era priista, el Presidente José López Portillo impulsó la reforma política que implementó las diputaciones plurinominales, lo que permitió espacios políticos y de expresión a quienes no comulgaban con el régimen.
En la Ciudad de México, se alza el Monumento a la Revolución, una imponente mole de piedra, que originalmente fue concebida como la cúpula del Palacio Legislativo que el General Porfirio Díaz no pudo concluir. El monumento evidentemente honra a las causas sociales y a los caudillos, no a sus sangrientas disputas. Es aquí donde surge lo más interesante, pues en sus columnas, se encuentran depositados los restos de Venustiano Carranza, Francisco I. Madero, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y Francisco Villa. Lo anterior hace del sitio un genuino referente de reconciliación nacional. A partir de la década de los años treinta del siglo pasado, México vivió un verdadero proceso de unificación revolucionaria. Los desterrados volvieron con absoluta libertad a la patria y las facciones desaparecieron. Los veteranos dejaron de ser carrancistas, obregonistas, villistas o zapatistas para ser simplemente revolucionarios. La Secretaría de la Defensa Nacional reconoció grados y méritos a todos por igual. Incluso los antiguos Federales, en algunos casos se pudieron incorporar al Ejército de la Revolución.
Desafortunadamente un monumento que alude a la unidad nacional y la reconciliación entre los mexicanos, ayer fue escenario de un acto que hizo apología a todo lo contrario. Sería iluso pensar que no exista la controversia o el enfrentamiento en la política, pero el actual régimen no sabe distinguir las causas de la política de las de Estado. La Presidente de la República, debe recordar que es la Presidente de todos los mexicanos, no solo de los militantes de MORENA. Previamente, Andrés Manuel López Obrador sembró la semilla de la discordia, al avivar el fuego de la polarización y clasificar a los mexicanos en dos bandos y cuatro denominaciones: “chairos”, “fifis”, “liberales” y “conservadores”.
Ayer al celebrar los dos años del triunfo de Claudia Sheimbaum, sus adeptos en el Monumento a la Revolución y en las transmisiones en las plazas al interior del país, cantaron con furia “Venceremos”, el himno de la campaña de Salvador Allende en Chile, y que sus estrofas rezan: “…venceremos al fascismo, sabremos vencer…” Claramente es una canción de guerra, que alude a la batalla, no a una propuesta ideológica o política. Al entonar a todo pulmón “Venceremos”, los asistentes al mitin de la Presidente, afirmaron que quienes no militamos en las filas de MORENA, somos fascistas. Como ha ocurrido en otros momentos graves de nuestra historia, debe volver la reconciliación nacional y justo será, que el Monumento a la Revolución, símbolo de unidad, deje de ser una tribuna de resentimiento y de enfrentamiento entre los mexicanos.