Columna de opinión
El incendio se apagó…la deuda con la población sigue ardiendo
Miguel Ángel Cristiani G.
Miguel Ángel Cristiani
Después de casi cinco meses de combate ininterrumpido, finalmente fue sofocado el incendio del pozo Krem-1, cuyo violento estallido ocurrido el pasado 5 de marzo mantuvo en vilo a comunidades enteras del sur de Veracruz y puso a prueba la capacidad de respuesta de las autoridades y de Petróleos Mexicanos.
La noticia fue recibida con alivio. Era imposible no celebrar el fin de un siniestro que durante casi 150 días representó un riesgo permanente para trabajadores, habitantes de la región y el medio ambiente.
Pero una vez apagadas las llamas comienza la parte más difícil de esta historia.
Porque extinguir un incendio no significa extinguir sus consecuencias.
Como ocurre con demasiada frecuencia en nuestro país, el interés público parece desvanecerse al mismo ritmo que desaparecen las imágenes espectaculares de la televisión. Mientras hubo fuego, humo y explosiones, el tema ocupó espacios informativos. Hoy que el incendio ha sido controlado, pareciera que el problema quedó resuelto.
Nada más alejado de la realidad.
La verdadera emergencia apenas empieza.
Miles de habitantes de la zona tienen derecho a saber cuál es el estado real de los suelos, de los cuerpos de agua y de la calidad del aire después de meses de combustión continua. Los productores agrícolas y ganaderos necesitan conocer el impacto que pudo haber tenido este desastre sobre sus actividades y sobre el patrimonio que sostiene a sus familias.
No basta con anunciar que el pozo dejó de arder.
Ahora corresponde explicar qué sigue.
¿Existe ya un diagnóstico ambiental integral?
¿Quién realizará el monitoreo permanente de la zona?
¿Qué instituciones federales y estatales supervisarán los trabajos de remediación?
¿Qué papel asumirán la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales, la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente y la Agencia de Seguridad, Energía y Ambiente?
Y la pregunta que más interesa a los habitantes de la región: ¿quién responderá por los daños ocasionados?
No se trata únicamente de responsabilidades legales. Se trata de un compromiso ético con miles de familias que durante meses convivieron con humo, incertidumbre y preocupación.
En México existe una vieja costumbre gubernamental: atender con rapidez la emergencia visible y olvidar sus consecuencias cuando disminuye la presión mediática.
Ocurrió con huracanes, inundaciones, incendios forestales y derrames industriales. Se instalan mesas de crisis, llegan funcionarios, se anuncian acciones inmediatas y, conforme pasan las semanas, el tema desaparece de la conversación pública.
Los afectados, en cambio, permanecen.
Veracruz no puede permitirse repetir esa historia.
El caso del pozo Krem-1 debe convertirse en un precedente sobre cómo enfrentar integralmente un desastre ambiental. No basta con controlar el fuego; es indispensable restaurar el entorno, evaluar científicamente los daños, transparentar los resultados y garantizar que las comunidades reciban información clara y oportuna.
La sociedad no necesita boletines triunfalistas. Necesita certezas.
Porque el éxito de una operación no debe medirse únicamente por haber sofocado las llamas, sino por la capacidad del Estado para reparar el daño, proteger a la población y evitar que una tragedia semejante vuelva a repetirse.
Las imágenes del incendio ya forman parte de la historia.
Ahora comienza la etapa que realmente pondrá a prueba a las instituciones.
Si el incendio ya fue extinguido, ¿cuándo conocerán los veracruzanos el verdadero alcance del daño ambiental y quién asumirá, con nombres y apellidos, la responsabilidad de repararlo?
Pancho López, el filósofo ateniense xalapeño, pregunta:
“¿Será que el humo también se llevó las responsabilidades, o esas siguen enterradas junto al pozo?”
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