Por Alejandra del Río
La política suele ofrecer momentos reveladores. No porque los gobernantes digan exactamente lo que piensan, sino porque terminan mostrando aquello que más les preocupa.
El discurso pronunciado este domingo en el monumento a la Revolución )por que “su” SNTE no la dejó entrar al Zócalo) por la Presidenta de México debió ser, en teoría, una “Asamblea Informativa” (decía la convocatoria) un ejercicio anual de muestra de músculo político, donde todos esperábamos sólo la perorata usual de la 4T, ya saben somos mejores que cualquier gobierno neoliberal, nos critican sin fundamento, hay una campaña en nuestra contra y la víctima es la pobre presidenta de México (como siempre) con la excepción de alguna agresiva dedicatoria en especial a la gobernadora de Chihuahua Maru Campos a la que llamó “traidora a la patria” en sus ultimas 28 mañananeras la Sra. Presidenta.
Después de casi 2 años de gobierno, los ciudadanos esperaban además de esto, que todos sabíamos que sucedería, un balance serio sobre los problemas que enfrentamos diariamente: la violencia que sigue cobrando territorios enteros, una economía estancada, el deterioro de los servicios públicos, el sistema de salud que nunca terminó de reconstruirse, (cuando se supone que ya es mejor que el de Dinamarca) la crisis de desaparecidos, la situación financiera de Pemex y la creciente incertidumbre jurídica que hoy preocupa tanto a inversionistas nacionales como extranjeros.
Pero nada de eso ocupó el centro del mensaje.
En lugar de presentar resultados, indicadores o soluciones, el gobierno optó por convertir la plaza pública en un escenario de defensa nacional frente a supuestas amenazas externas. La soberanía se convirtió en el tema dominante, algo que no se entiende, cuando lo único que se está pidiendo de él, es que entregue políticos vinculados con el narcotrafico, pero ese tema parece calar fuerte en Palacio Nacional.
México apareció retratado como una nación asediada desde el extranjero, obligada a resistir presiones externas y a cerrar filas alrededor de su liderazgo político.
El problema es que nadie estaba cuestionando la soberanía mexicana.
Ninguna potencia extranjera ha intentado invadir nuestro territorio. Ningún ejército se encuentra en nuestras fronteras. Ninguna nación pretende imponer un gobierno distinto al que los mexicanos eligieron. Lo que sí existe son cuestionamientos internacionales sobre la seguridad, el narcotráfico, la migración, la corrupción y la penetración del crimen organizado en estructuras de gobierno.
Y esos problemas no son amenazas externas.
Son problemas internos y comprobadamente existentes.
Cuando un discurso presidencial dedica más tiempo a hablar de enemigos imaginarios que de problemas reales, lo que observamos es un intento de cambiar la conversación pública, el tema de todas mis columnas… la “narrativa cuatrotera”
Porque resulta mucho más cómodo hablar de soberanía que explicar por qué el país registra niveles históricos de violencia.
Resulta más cómodo denunciar supuestas agresiones extranjeras que explicar por qué continúan apareciendo fosas clandestinas.
Resulta más cómodo apelar al nacionalismo que responder por qué la economía apenas crece mientras miles de pequeñas empresas enfrentan incertidumbre.
Resulta más cómodo convocar a la unidad patriótica que explicar el deterioro institucional provocado por reformas que han concentrado poder y debilitado contrapesos.
Pero más allá de todo lo dicho, resulta más cómodo poner a México al borde de un conflicto real con Estados Unidos, que entregar a los cuates, a los socios y a los financiadores de la 4T… a esos son a los que los políticos mexicanos sin principios defienden envolviéndose en la bandera, cantando el himno y aludiendo a la soberanía, a los narcopoliticos morenistas como Rocha Moya e Inzunza que ya hace más de un año denunciaron Alito Moreno y Anaya, y que hoy hasta los expresidentes que generalmente manejan un discurso moderado, ya están entrando en escena viendo el deterioro político y social de nuestro país.
La historia latinoamericana está llena de ejemplos donde los gobiernos recurren al discurso de soberania cuando comienzan a agotarse los resultados internos. Es una estrategia conocida: sustituir la evaluación de desempeño por la movilización emocional. Transformar la crítica en una supuesta falta de patriotismo. Convertir cualquier cuestionamiento en una agresión contra la nación o la figura presidencial.
Pero el patriotismo auténtico no consiste en aplaudir discursos.
Consiste en exigir resultados.
Defender la soberanía nacional no significa llenar plazas con consignas. Significa garantizar que los ciudadanos puedan vivir seguros.
Significa que las familias tengan acceso a salud, educación y oportunidades. Significa que el Estado tenga el control efectivo de su territorio y que ninguna organización criminal pueda desafiar su autoridad.
Y precisamente ahí se encuentra la gran contradicción del mensaje presidencial.
Mientras el gobierno habla de soberanía frente al exterior, enormes regiones del país siguen padeciendo una pérdida de soberanía frente al crimen organizado.
Hay municipios donde los ciudadanos viven bajo reglas impuestas por grupos criminales.
Hay carreteras donde el Estado no garantiza seguridad.
Hay comunidades donde los candidatos necesitan permiso de los delincuentes para hacer campaña.
Hay territorios donde la ley la dicta quien posee las armas.
Esa es la verdadera amenaza a la soberanía mexicana.
No proviene de Washington.
No proviene de Bruselas.
No proviene de organismos internacionales.
Proviene de la incapacidad del Estado para ejercer plenamente su autoridad dentro de sus propias fronteras.
Por eso el discurso del domingo deja una sensación incómoda.
Porque no fue una junta informativa, fue una defensa política de un gobierno corrupto y en modo pánico.
No fue una explicación de resultados, fue una construcción narrativa.
No fue una rendición de cuentas.fue una movilización ideológica.
Y cuando un gobierno prefiere hablar de enemigos externos antes que responder por sus problemas internos, quizá no está defendiendo la soberanía nacional.
Quizá está intentando defenderse a sí mismo.