Columna de opinión
El patetismo de Sheinbaum
Luis Farías Mackey
Luis Farías Mackey
Patético es aquello que conmueve profundamente o causa gran dolor y pena, también se entiende por patético aquello penoso, lamentable y ridículo.
He afirmado que Claudia Sheinbaum Pardo es patética, y lo hago principalmente en la segunda e las acepciones listadas, habida cuenta que la primera admite en su caso una doble interpretación.
Sheinbaum es una persona que causa pena, es decir, un sentimiento grande de tristeza. Hasta cuando rodeada de acarreados que es aclamada, adorada y aplaudida, su sonrisa no logra transmitir alegría ni gozo, cuando mucho, el momentáneo sosiego de salir de la nada, en tanto que, en su papel de poder, el rictus de aspereza erizada en su faz manda un contramensaje de quien se sabe con un desmedido pero ineficaz poder.
Más no nos confundamos, por supuesto que tiene el poder de encarcelar a Ruffo, defender a Rocha y estigmatizar a quien se le pegue la gana, puede si se le pega la gana hasta reescribir la cartografía nacional, pero a los pueblos indígenas, a los niños sin medicinas, a las madres de desaparecidos, a los niños en la ignorancia, a la población con hambre y sin esperanzas no puede resolverles un ápice.
Sheinbuam es, además, lamentable, sin ángel, sin gracia, sin “duende”, con el humor de una amoeba con cáncer, siempre envarada y con la impostura del rizo alaciado, el cabello prestado y la prótésis dental. Sin dejar un instante de representar un papel y seguir un guion, de aparentar una seguridad y porte de los que carece, una gracia con la que no fue agraciada, ejecutando prestidigitaciones, ocultándose tras de ellas y ocultando, culpando, descalificando; áspera, irascible, enrevesada, desconfiada… sola.
A Sheimbaum se le aprecia siempre sola, por más acompañada que aparezca. Hasta cuando en uno de tantos montajes de Jesús Ramírez un personaje de utileria de las mañaneras la manoseó saliendo de Palacio, ella se apreció como si no estuviera allí, como si su ente y ser ni siquiera se tocasen, una especie de ser sin mundo ni mundaneidad. Este arte de abstraerse hasta desaparecer apareciendo le ha permitido sobrevivir a infinidad de catástrofes y pifias.
No deja de ser curioso que cuantas veces la han tratado de mostrar como abuelita cariñosa, o jugando con alguna mascota, o de la mano de su marido, o saludando a cualquiera a su paso se ve una sombra desgarbada que nada transmite, como si los únicos dos papeles que aprendió en la vida fueron los de acólita y sacerdotisa del desquiciado, y en esa tesitura, la encargada del “bastón de mando”, tan falso, duro e insubstancial como ella misma.
Por respeto a su persona y cargo dejo que cada uno desarrolle la explicación de su condición plurifacetica de ridículo, ejemplos sobran y se acumulan como el Melate cada semana.
Finalmente, en la acepción de conmover profundamente o causar gran dolor y pena, el vocablo relativo a su patetismo admite dos interpretaciones; en la primera son el contexto y la circunstancia los que los motivan -conmoción y causalidad- en relación para con México y los mexicanos que la sufrimos. Había escrito “la tenemos que sufrir, pero no es así, por más remoto que nos parezca, habida cuenta que lo que hace al mando es la obediencia, ya decía San Isidoro de Sevilla: “Rey eres si actúas correctamente; si no lo haces, no lo eres”.
La segunda interpretación, que afirmo no aplica, no generan ni conmoción ni dinámica de casualidad, en tratándose de su persona. En este caso, creo, nadie se conmueve ni siente dolor ni pena por ella, antes bien, consideran su mal fario más que merecido, incluidos por delante una gran mayoría de sus compañeros (es un decir) de viaje, partido y gobierno.
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