Imagina que cada vez que usas tu celular, computadora o cualquier dispositivo inteligente en tu casa, dejas un rastro invisible. Ese rastro es lo que conocemos como huella digital: la información que generamos y dejamos al navegar por internet, usar redes sociales o aplicaciones. Desde un simple “like” en una publicación de Instagram, lo último que compraste en Temu y hasta los datos que compartes cuando llenas un formulario, todo eso se acumula y forma un espejo digital de quiénes somos.
Nuestra huella digital incluye datos muy variados. Por un lado, están los que dejamos sin darnos cuenta al usar internet: fotos que subimos, comentarios en redes sociales, tu lista de canciones de reguetón favoritas o el historial de búsqueda en Google. Pero también hay información más sensible, como nuestro domicilio en una factura, los movimientos de nuestra tarjeta bancaria, declaraciones de impuestos o datos de salud que compartimos con apps o dispositivos.
Por ejemplo, cuando usas una red social como Facebook o LinkedIn, no solo estás entregando tu nombre o tu currículum: también revelas tus gustos, amistades, lugares que frecuentas… y si a eso le sumas los asistentes de voz como Alexa o Google Home… Estos no solo graban tu voz: también saben dónde estás, qué haces, y sí… hasta cuándo vas al baño.
¿Quién usa estos datos y para qué?
Toda esa información no se queda flotando en la inmensa nada. Empresas como Google, Amazon o redes sociales como Facebook —famosa por exprimir nuestros datos sin pudor— la recolectan y procesan usando inteligencia artificial y algoritmos. ¿Para qué? Para armar perfiles más detallados de ti que los que tiene tu terapeuta (si es que tienes uno… y si no, conozco varios buenos).
¿El objetivo? Crear perfiles detallados sobre nosotros para vendérselos a otras compañías. Esos perfiles sirven, por ejemplo, para mostrarte anuncios personalizados: si buscaste “tenis para correr” el lunes, no es casualidad que el resto de la semana veas publicidad de ellos por todos lados.
Los proveedores de internet y las plataformas que usamos también intercambian esta misma información. Es un negocio gigantesco que mueve millones de dólares y que depende de nuestra huella digital. Un estudio de 2024 de Surfshark nos demostró que una de cada diez aplicaciones para hogares inteligentes recolecta datos solo para rastrear a los usuarios. Y entre los peores casos está Alexa, que según el mismo estudio, junta tres veces más datos que otros dispositivos similares, desde tu dirección hasta detalles de tu salud.
Aunque esto igual y pueda parecer hasta cierto punto inofensivo, tiene su lado oscuro. Si toda esa información cae en manos equivocadas, por un descuido o un hackeo, puede usarse para robar identidades, hacer fraudes o espiar a las personas, lo cual pone en evidente peligro nuestra seguridad.
Por ejemplo, si alguien accede a tu ubicación exacta, fotos personales o datos bancarios, las consecuencias pueden ser, obviamente, muy graves. Y no es algo raro: las filtraciones de datos ocurren todo el tiempo, y la mayoría de las veces ni siquiera nos enteramos… hasta que ya es demasiado tarde.
¿Qué podemos hacer para protegernos?
Lo bueno es que, no estamos del todo indefensos. Hay pasos muy sencillos que podemos tomar para reducir nuestra huella digital y proteger, aunque sea un poco, nuestra privacidad:
- Revisa los permisos de las apps: Antes de darles acceso a tu cámara, micrófono o ubicación, piensa si realmente es necesario.
- Configura la privacidad en redes sociales: Limita quién puede ver tus publicaciones o datos personales.
- Usa la navegación de incógnito: Esto evita que se guarde tu historial de búsqueda. Y no, esto no te convierte irrastreable.
- Gestiona las “cookies”: Cuando una página te pide aceptarlas, elige opciones temporales o recházalas si no son esenciales.
- Infórmate: Aunque te mueras de flojera y nadie tenga tiempo para eso, lee las políticas de privacidad de las apps y servicios que usas para saber qué datos recolectan.
Recuerda que si encuentras información personal tuya en internet sin tu permiso, puedes denunciarla o pedir que la eliminen configurando alertas en Google.
Nuestra huella digital es como una sombra que nos sigue a todas partes en el mundo virtual, y aunque no podemos borrarla por completo, sí podemos controlarla. La clave está en ser conscientes de lo que compartimos y tomar decisiones informadas. Cada clic, cada app que instalamos y cada dato que damos cuenta, y depende de nosotros proteger nuestra privacidad.
Entender cómo funciona internet y sus riesgos no es opcional, es cuestión de supervivencia digital. Es el primer paso para que no te usen como punching bag de datos personales. Sí, las empresas y gobiernos también deberían hacer su parte, poniendo reglas claras… pero ya todos sabemos cómo funciona eso: lento, burocrático y con mucha letra chiquita.
Mientras tanto, la responsabilidad es tuya. Cuidar tu huella digital no solo te protege a ti: también pone un alto a esta cultura de vigilancia disfrazada de modernidad. Porque, como dice el dicho: “el internet no olvida”, pero tú sí puedes decidir qué historia le vas a contar.