InicioRodolfo Villarreal RíosEl presidente substituto quien empezó entre nubarrones negros, pero…

El presidente substituto quien empezó entre nubarrones negros, pero…

Rodolfo Villarreal Ríos

 

Era el 31 de mayo de 1920. El país estaba presto para que, al día siguiente, se ungiera a Adolfo De la Huerta Marcor como presidente substituto de la república en lugar del Estadista Venustiano Carranza Garza. La llegada del sonorense se daba en medio de acontecimientos que parecían presagiar una etapa oscura, pero vayamos al recuento.

El primer nubarrón oscuro provenía de Washington. En el titular del diario El Demócrata, se enunciaba un cuestionamiento: ¿Los Estados Unidos no pretenden hacer la guerra a México? Enseguida, se reproducían las declaraciones del senador Republicano por New Mexico, Albert Bacon Fall, quien clamaba que el gobierno de su país no reconocería al de México en tanto no se realizaran cambios a la Constitución de 1917 o bien que fuera sustituida por la de 1857.

Este legislador era quien presidió el Comité Fall, mismo que, a finales de mayo de 1920, recomendó que nos convirtieran en protectorado estadunidense. Para una información más ampla al respecto, les recomendamos el libro de nuestra autoría, El Senado estadunidense enjuicia a México y al presidente Carranza (INHERM, 2017). Ese era uno de los presagios de tormenta que surgían en el porvenir y que De La Huerta requería atender con celeridad.

El segunda era de índole sanitaria y estaba presente en el Puerto de Veracruz, desde hacía dos semanas, cuándo se presentó el primer caso de peste bubónica. Acorde con lo expresado por el primer delegado del Departamento de Sanidad en Veracruz, el doctor Juan Solórzano Morfín, el médico que atendió al paciente no supo diagnosticar y expidió un certificado de defunción indicando que se trataba de septicemia. Sin embargo, cuando otros pacientes llegaron con síntomas similares tuvo que reconocer su error. Pero eso servía de poco pues se carecía de sueros y vacunas para atacar el mal. Ante ello, los médicos no tuvieron otra opción sino aplicar yodo e inyecciones yoduradas que generaron resultados regulares.

Otros médicos recurrieron al uso de la quinina, pero las consecuencias fueron malísimas.  Dadas las circunstancias, la opción única que les quedó a las autoridades sanitarias en Veracruz fue tratar de evitar la propagación del mal mediante el aislamiento e incomunicación con el resto del país. Acorde con las estimaciones, a lo sumo, en un mes habrá quedado dominada la peste. Asimismo, se afirmaba que, con las medidas implantadas en Veracruz, los habitantes de la capital de la república no tenían nada por qué preocuparse ya que la enfermedad había quedado aislada en el puerto. Al parecer aquel mal podía ser controlado, pero contra lo que no se podía aplicar vacuna, ni medidas sanitarias efectivas, era para prevenir los estragos que causaba la inoculación generada por el bicho de la ambición.

Ese insecto ya había hincado su aguijón en la piel de todos los carrancistas, que al fin de cuentas todos lo eran aún sin la presencia física de Don Venustiano, cada uno buscaba ver la forma en que habrían de acomodarse dentro de las circunstancias nuevas. Quienes padecían la enfermedad eran varios, pero el primero que mostró los síntomas fue el general Pablo González Garza quien ya había infectado a sus seguidores.  Éstos, ya se habían apoderado de la dirección del diario El Demócrata. Una muestra de ello se reflejaba en una editorial firmada por Luis Andrade, quien además era coronel del Estado Mayor de González.

Andrade, sin rubor alguno, buscaba treparse junto con su jefe al carro de los vencedores. En ese contexto, iniciaba su escrito indicando que “está ya en México el C. presidente Interino de la República, don Adolfo De La Huerta, de cuya actuación tanto espera el país en general”. Y a partir de ahí, empezó a repartir mandarriazos en contra de Carranza y sus seguidores que no cambiaron de camiseta, así como a derramar melcocha sobre aquellos a quienes los veía con futuro.

Para empezar, alababa la actuación del general Jacinto Blas Treviño González a quien le atribuía haber devuelto a las arcas de la nación los caudales del gobierno mexicano. En realidad, quien mantuvo aquello a buen recaudo fue un pagador del ejército cuyo nombre era Adolfo Ruiz Cortines. Andrade, a la vez, acusaba que dichos dineros habían sido escamoteados por quien fuera secretario de hacienda, Luis Cabrera Lobato. Eso no era todo, en paralelo, trataba de que su zalamería quedara bien fincada.

Andrade indicaba: “Conocemos la rectitud y puritanismo del señor De La Huerta y conocemos también su pericia y acrisolada honradez…los problemas que hoy tiene que resolver y las carteras que él tiene que designar, requiere en los presentes momentos un grande acierto y un amplio criterio”.  Acto seguido procedía a calificar a la opinión pública como “la voz prepotente y suprema que lo mismo consolida un régimen que lo derroca…”.  Por fin nos llega la luz a quienes estudiamos la historia, no fue que la trinca sonorense la que derrotó a Carranza sino un conglomerado de voces.

Y al unirse estas en una sola “fue la misma que señaló todos los desaciertos políticos del señor Carranza, todas las imposiciones del señor licencias [Manuel] Aguirre Berlanga, todas las componendas de Juanito Barragán [Rodríguez], todos los lirismos del general [Federico] Montes [Alanís], todas las iniquidades y torpezas del ex ministro de relaciones y divisionario, Cándido Aguilar [Vargas], todos los actos de ‘MAGIA FINANCIERA’ del exministro de hacienda, Luis Cabrera [Lobato]…” Una vez que ya había saciado sus desahogos personales, Andrade procedió a establecer que, ante todo, era un revolucionario.

En el contexto de lo anterior, señaló que la crisis vivida fue generada por “todas las claudicaciones y enmiendas que fueron sufriendo lentamente, descaradamente, los principios proclamados por la Revolución Constitucionalista que tanta sangre y tanto dinero costó al pueblo, eterna victima de los fariseos de la política”. Una vez purificado e inoculado, Andrade, en nombre de su jefe, procedió a tratar de engancharse al carro de los vencedores.

Es bien sabido que cuando alguien se encuentra en la cúspide, no faltan quienes consideren que las tres virtudes teologales (Fe, Esperanza y Caridad) y las cuatro cardinales (Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza) le quedan cortas. En ese contexto, Andrade procedió a verter elogios a De La Huerta cuando escribió: “Hoy viene a regir interinamente los destinos de la patria, un hombre joven, vigoroso y revolucionario de buena y vieja cepa, el país espera de su obra toda la reivindicación de la desastrosa labor que realizaron los hoy ex ministros del señor Carranza, salvo algunas honrosas excepciones, bien fáciles de colegirse… El buen criterio, la rectitud y la más absoluta ecuanimidad, esperamos que serán las bases sólidas sobre las que descanse el gobierno del presidente De La Huerta, de quien tanto espera la nación”.

Mientras llegaba el momento en que todas esa virtudes y expectativas se materializaran, en una habitación del Hotel Regis, en la Ciudad de México, un hombre yacía sobre una cama. El médico que lo atendía, de apellido Osorno, emitió su diagnóstico: el paciente padece de tifo colitis (este término médico ya no es utilizado en nuestros días) que es una inflamación severa de los intestinos gruesos y delgado, lo cual provoca diarrea y hemorragias.

En su opinión, el enfermo tardaría en recuperarse entre cuatro y cinco días. Aquello sonaba razonable, excepto que el paciente debería cumplir, al día siguiente, con el acto más importante de su vida, protestar como presidente sustituto de México. Sí, se trataba de Adolfo De La Huerta Marcor quien, a pesar de su estado, se dio tiempo para recibir a la prensa y delinear a grandes rasgos lo que se proponía hacer una vez que asumiera el cargo. Asimismo, les solicitaba a sus entrevistadores que la prensa coadyuvara para dilucidar como se dio el asesinato de Carranza. A la vez, prometía poner en libertad a los carrancistas que se encontraban detenidos.

Así, llegó el 1 de junio de 1920. En el Puerto de Veracruz se anunciaba: “la batida de ratas es formidable”. A la par, el comercio anunciaba un cierre de tres días para que los empleados limpiaran almacenes y bodegas con mercancías. Hubo quien llegó a proponer que a las casas que estuvieran infestadas se les prendiera fuego. El objetivo era evitar la propagación de la peste bubónica. Mientras tanto a casi cuatrocientos kilómetros de distancia, en la Ciudad de México, otro asunto relacionado con la salud generaba preocupaciones.

Estaba a punto de darse la toma de posesión del nuevo presidente y en el ambiente flotaba el recuerdo de lo acontecido en 1857 cuando el expresidente Valentín Gómez Farías fue llevado, en camilla y cubierto de frazadas blancas, para que jurara la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos. La diferencia entre aquel pasado y el presente de entonces era que don Valentín presentaba una salud muy mermada y contaba con 76 años, considerados en aquellos días un titipuchal de calendarios que hoy hasta alcanzan para estar en la flor de la vida; mientras que De La Huerta tenía apenas 39. Al sonar las cuatro de la tarde, por vez primera desde que llegó a la Ciudad de México, don Adolfo se paró de la cama y media hora más tarde estaba listo para irse a la Cámara de Diputados. Esa es una muestra de cómo, ayer y ahora, basta con tomar un par de pastillas de Vitamina P para que cualquier mal se supere.

A las 4:45 de la tarde, desde el Congreso se avisó que la sesión había dado inicio y esperaban la llegada de quien sería ungido. Conforme a la crónica, tras de ello, De La Huerta apareció. La palidez de s u rostro era más que evidente contrastando con el negro de su vestimenta a la que se agregaba un sombrero alto de seda. “Contra todo lo que se decía, pudo, sin ayuda de persona alguna, bajar hasta la calle y tomar asiento en el carruaje que lo conduciría hasta la Cámara”.

Al llegar, tras descender del vehículo, hizo su entrada “apoyado en los brazos de los diputados Issac Olivo y José María Sánchez… [quienes], lentamente, lo conducían a la plataforma de honor…  Una palidez cadavérica cubría su rostro, sin embargo, su cabeza se levantaba firme y serena, … trabajosamente subió la escalera de la izquierda y se colocó al lado del presidente del Congreso, diputado Gustavo Padrés [Frasquillo]…” Eran las cinco y dos minutos de la tarde cuando extendió su brazo para protestar como presidente de la república sustituto. Seguramente hubo quienes, al ver las condiciones físicas del sonorense, se preguntaron que tan factible sería que llegara al 30 de noviembre de 1920 y entregara el mando a su sucesor.

Pronto, las dudas se despejarían. Una vez superado el mal, De La Huerta procedió a ejecutar la segunda etapa de la construcción del Estado Mexicano Moderno. Le tocó realizar el desbrozo del terreno en donde habría de erigirse ese edificio monumental diseñado por el estadista Venustiano Carranza Garza.

De la Huerta fue capaz de poner en paz a generales como Manuel Pelaez Gorrochotegui, Pablo González Garza, Esteban Cantú Jiménez, Félix Díaz Prieto y Francisco Villa. La rendición de este último costó al gobierno federal alrededor de dos millones de pesos oro. Asimismo, tuvo otros logros: firmó un acuerdo con las compañías petroleras operando en Mexico; saneó las finanzas públicas; evitó una intervención estadunidense; casi logra firmar un acuerdo para que los EUA extendieran el reconocimiento diplomático a su gobierno; convocó a elecciones las cuales se desarrollaron de manera pacifica y fue capaz de trasmitir el mando presidencial, sin problemas, al general Álvaro Obregón Salido.

Para finales de noviembre de 1920, ya se habían disipado los nubarrones negros que presagiaban un futuro ominoso para el presidente de la republica sustituto cuya labor fue excelente. Es una lástima que tres años después, Adolfo De La Huerta Marcor se trepara en la silla voladora en la que lo subieron los ambiciosos y terminara encabezando una reyerta que lo llevaría al exilio en donde concluyó dando clases de solfeo. No merecía terminar en esa forma la carrera política de quien fuera uno de los cuatro personajes fundamentales en la construcción del Estado Mexicano Moderno. vimarisch532@hotmail.com

Añadido (26.23.74) Ante lo acontecido en Coahuila el domingo anterior, pareciera que los dirigentes priistas, a nivel estatal y nacional, recordaron sus orígenes y atendieron las palabras que el coahuilense más distinguido del México post revolucionario, Manuel Pérez Treviño, pronunciara el 1 de marzo de 1929: “Hemos considerado como fundamental, sostener la autonomía de las agrupaciones de los Estados en los asuntos de carácter local. Consideramos que el centralismo y la tendencia de absorción por los elementos directores en la capital de la República, de las facultades que pertenecen exclusivamente a los partidos locales, serían un germen de desprestigio y fracaso en el Partido. La unificación de las voluntades alrededor del programa que precisa y define la ideología revolucionaria del Partido debe ser conservada a través del respeto más absoluto a los derechos que los partidos locales deben ejercitar sin cortapisas dentro del territorio que les corresponda. Ya pasó el tiempo –y la experiencia nos lo demuestra– de que las elecciones para puestos públicos en los Estados se hagan y se ganen en la capital de la República. Deben ser las organizaciones regionales, en contacto directo con las masas populares, las que resuelvan sus problemas y discutan sus asuntos relativos a su régimen interior”.  ¿Habrán aprendido la lección y serán capaces de extrapolarlo a otras entidades?

Añadido (26.23.75) Acertamos, el jefe del Estado Vaticano fue a España para echar un capote a Pedrito el españolito. No hay más que leer el contenido de los discursos que dio. No fue casualidad que volviera a utilizar la Muceta de color rojo con la cual cubría sus hombros, espalda y el pectoral. Pareciera, sin embargo, que el capote celestial no será suficiente. Día a día aparecen más actos de corrupción que involucran a P.S.

Añadido (26.23.76) Lo primero que nos dijo alguien quien sí conoce Coahuila fue: “Ahora tenemos que estar preparados para el coletazo de Morena. Son capaces de todo. No queda sino mantener una alerta permanente…”

Añadido (26.23.77) En 1968, el Presidente de la Republica estuvo en el Estadio Olímpico de CU; en 1970, el Presidente de la Republica apareció en el Estadio Azteca; en 1986, el Presidente de la República hizo acto de presencia en el Estadio Azteca; y, en 2026, la presidente de la república acudió al Deportivo Hermanos Galeana.

Añadido (26.23.78) El CEO de la trasnacional más antigua pregona que todos los países le abran la puerta a los indocumentados y los mantengan.. En el Estado Vaticano, rodeado por muros de 10 metros de altura, quienes ingresen sin permiso son sujetos a: multas de entre 10 y 25 mil euros; una pena entre 1 y 4 años de cárcel; y, puede prohibirse que accedan a ese territorio hasta por 15 años. En otras palabras, es la política de “Hágase la voluntad de El Gran Arquitecto (ellos dicen Dios) en los bueyes de mi compadre”

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