El último lector

Por David Martín del Campo

 

Los mundos sutiles, dijo el poeta, ingrávidos y gentiles, que se quiebran de un día a otro. Así va en evolución el mundo de las ideas, las palabras, pasando de la piedra a la arcilla, luego al papel, al fax y hoy a las pantallitas de nuestros celulares. Pregúntenle a la IA lo que sea, al fin que igual que la suegra, tiene una respuesta para todo. O dos.

En días recientes sacudió al medio librero el cese de la editorial ERA, que anunció su retiro por el quebranto comercial de la empresa. Las ventas se habían ido a los suelos (sobre todo después de la pandemia) y ya no había modo de mantener en condiciones de competencia a la editorial fundada por Vicente Rojo y Neus Espresate. Kaput, cerramos, adiós queridos lectores.

Recuerdo cuando visitábamos la casa del tío Augusto en las Lomas de Chapultepec. Era el pariente rico, y en el salón de juegos tenía un gramófono (ya en desuso) y junto al aparato un anaquel con centenares de discos. Aquel día preguntamos que cuál correspondía a la Quinta Sinfonía de Beethoven (lo acabábamos de estudiar en clase) y mis primos señalaron un paquete de siete discos. “Esa es”. Los discos de hace un siglo giraban a 78 revoluciones por minuto (RPM), de modo que un lado del acetato duraba, cuando más, nueve minutos. Así que la de Beethoven y los demás sinfónicos se llevaba esos siete discos dándoles la vuelta de tanto en tanto.

Ahora le grito a mi reproductor: “Alexa, por la quinta de Beethoven”, y el aparato obedece de inmediato, sin aclararme si es versión de Von Karajan, Furtwängler o Eduardo Mata. ¿Para qué, si los derechos de autor son una patraña del paleolítico? Así ha sido la transformación de los medios que, en cosa de lustros, pasó del bulbo al transistor, del transistor al walkman, y ahora al spotify. Adiós a los discos, sí, y conste que en casa aún guardo la colección completa de los Beatles, desde Help! hasta Let it be.

¿Qué sigue? Caminante, no hay camino, son tus huellas nada más… se cansó de recordárnoslo don Antonio Machado, quien por cierto murió peregrinando hacia los Pirineos franceses, tras la derrota de la República Española. ¿Así ahora los editores de ERA? La derrota comercial, un último lector, la muerte del libro de papel.

La crisis asoma en los kioskos de la esquina. Algunos de ellos han desaparecido, cada mes se esfuma una revista, los periódicos adelgazan sus páginas, muchos de ellos han debido mudar a los medios electrónicos… arrostrando con ello el castigo publicitario. Usted, lector, ¿hace cuánto que no adquiere un periódico de papel?

La revolución mediática (¿instructiva?) asoma por doquier. Ahora que por fin han iniciado los cursos escolares, queda en el aire la cuestión de los teléfonos móviles. ¿Deberemos prohibir a los niños el uso de los celulares? No es ninguna novedad que la niñez de hoy no es ya como las precedentes, la nuestra, de trompo, canicas y bote pateado. Los niños de hoy rehúyen el juego participativo, prefieren las consolas y los videojuegos, resuelven todo tironeando con los pulgares en vez de perseguir el balón en la “cascarita” del recreo.

¿Y qué decir de sus lecturas? Revísense las páginas de los libros pergeñados por el inefable Marx Arriaga… adoctrinamiento ideológico, nula pedagogía, loas al régimen que llegó para quién sabe qué. Así que mejor el celular en el bolsillo, de “Genshim Impact” a “Dragon Balls”, la vida se va en esas aventuras de adrenalina e irrealidad. Después de todo nosotros jugábamos a los soldaditos y los carritos de plástico, así que a cada generación le toca su dosis de fantasía a la mano.

El último lector asoma ya en el horizonte. Los editores viven temblando cada que contratan un nuevo título. Si Gutemberg viviera, se convertiría en influencer de Tik-tok. Afortunadamente la editorial ERA ha mitigado su anuncio inicial, asegurando que seguirá operando a lo mínimo, pues en su catálogo se inscriben libros fundamentales de nuestro ser nacional, desde “La noche de Tlatelolco” de Elena Poniatowska hasta la obra entera de José Revueltas.

El problema es uno, después de todo. “Al volver la vista atrás”, nos recordaba Machado, se ve la senda “que nunca de ha de volver a pisar”. Discos, libros, amores, ¿qué sigue? El problema, sí, se llama nostalgia, que no es tan grave.

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