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Joel Ortega: 80 años no es nada…

«Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos…», Neruda.

Un intento de crónica / Fred Alvarez Palafox

 

Casa Coahuila olió a mezcal, a reencuentro y a memoria viva el sábado pasado. No fue un mitin electoral ni una asamblea de aquellas que exigen credencial en la aduana de la pureza ideológica; fue, sencillamente, la celebración de ochenta agostos de vida para Joel Ortega. Convocados por Abel Alcántara Hidalgo y Humberto Parra, los presentes se reunieron para honrar a un hombre que ha hecho de la dignidad su trinchera y de la amistad un refugio generoso.

Bajo el mismo techo, codo a codo, se sentaron excomunistas, exguerrilleros, liberales, socialdemócratas, experredistas, psumistas, priistas de cepa y librepensadores que alguna vez cruzaron veredas con él. Hubo comida de la buena, la voz entrañable de La Chinita Escobar de fondo y el pretexto perfecto de la cerveza y el mezcal para estirar la sobremesa hasta que la tarde se nos escapó de las manos. Allí, compartiendo el pulso de una mesa que también es su propia historia, estaban sus hijos: José, Joel y Axel.

Pero el verdadero corazón de la fiesta latió en los abrazos. Tras décadas sin verse, Faustino López Osuna, el “Pai”, viajó desde Agua Caliente de Gárate, Sinaloa, para fundirse con Joel. Ese gesto trajo de golpe los ecos de los años sesenta, cuando ambos eran inseparables en la legendaria Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED) junto a Rafael Aguilar Talamantes. En ese abrazo revivió la inolvidable marcha de febrero de 1968 por la “Ruta de la Libertad”, aquella gesta valiente por la liberación de los presos políticos. Verlos hoy juntos, con el mismo brillo en la mirada y la congruencia intacta, confirma que las convicciones verdaderas no se marchitan con el calendario.

Entre las mesas también flotaba el humo espeso de los tiempos ásperos. Estaba Roberto Borja, el viejo compañero de andanzas en el Partido Comunista Mexicano (PCM), a quien Joel, junto a Rodolfo Echeverría “Chicali”, Gilberto Enríquez, Gilberto Argüello, Enrique Semo y Roger Bartra, sacudió desde las entrañas a finales de los setenta y principios de los ochenta, en plena ebullición de la histórica disputa entre “rinos” y “renos”.

Mirar alrededor era contemplar un mapa vivo de la izquierda y la transición democrática mexicana. Era un desfile de rostros donde la historia convergía: Jorge “el Güero” Castañeda, José Woldenberg, Gustavo Hirales, Heriberto Galindo y Marco Rascón. Se cruzaban saludos entre Juan Eduardo Martínez Leyva, Guillermo Ramírez, Ignacio Pinacho, Mario Ramírez “El Rami”, Orlando Espíritu, Margarita Kofman y Rubén Aguilar Valenzuela —el jesuita que fuera vocero presidencial y acuñara el célebre «lo que el presidente quiso decir»—.

 

La lista de presencias continuaba fluyendo como los recuerdos: Marx Morelos, Rosalinda Ávila, Germán Álvarez, Severiano Sánchez, Gerardo Albino “El Chicano”, Polo Michel, Luciano López y Rito Teherán. Y entre las generaciones que se entrelazan: Pedro Saez; Juan Manuel Posadas, acompañado por sus nietos; Sergio Ortiz Leroux, Rubén “El Negro” Álvarez, Adriana Meza, Joel Cortés, y Miguel Romero junto a Nayeli Roldán, entre tantos otros que la memoria podría omitir, pero el afecto no. Todos ellos demostraron que, si bien la historia a veces divide con dogmas, el cariño genuino siempre termina por convocar.

La sobremesa encendió las palabras, dejando que la memoria fluyera libre y espontánea. La voz fue rotando entre los afectos: habló Abel Alcántara, el cálido anfitrión; tomó la palabra el “Güero” Castañeda, uno de sus amigos más entrañables, y se escuchó también a Gustavo Hirales, compañero de batallas desde los lejanos años de la juventud comunista. A la charla se sumó Rubén Aguilar, mientras que Roberto Borja nos transportó en el tiempo al evocar el pulso irrepetible de los años ochenta.

El turno de Pepe Woldenberg fue un viaje a los cimientos de nuestra historia reciente: relató el paso de Joel por las heroicas luchas sindicales de la UNAM y su innegable contribución al proceso de transición democrática. En sus palabras quedó dibujado el retrato de un hombre que se define por su lucidez y su inquebrantable congruencia con las mejores causas de México.

Por mi parte, tomé la voz para leer el mensaje que horas antes había compartido en la red, un tributo personal a ese caminante incansable que ha hecho de la dignidad su trinchera y de la amistad un refugio generoso.

El cierre, como debía ser, le perteneció al mismísimo festejado. Con esa memoria prodigiosa que se niega a fallarle, Joel Ortega desanduvo la pista de su propia vida. Miró a los rostros reunidos, nombró a casi cada uno de los presentes y, con una precisión que asombra y conmueve, evocó el instante exacto en el que sus caminos se cruzaron.

Con la emoción a flor de piel, dejó caer la frase que condensó el espíritu de la tarde entera: la certeza de que muchos de los que ahí estábamos, desde distintos frentes y con distintas suertes, alguna vez fuimos a tomar por asalto el cielo…

Los años han ido tejiendo nuestra historia. En el camino, algunos compartimos trincheras y proyectos políticos, mientras que otros tomamos rumbos distintos. Sin embargo, por encima del tiempo y las diferencias, nuestra amistad sigue intacta. Al mirar atrás para hacer un recuento de los daños y las victorias, es inevitable recordar a Neruda: «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos».

Hubo buen mezcal, sí, pero, sobre todo, hubo una charla inmejorable. Quedan abiertos los comentarios y la memoria para seguir tejiendo, a varias manos, esta crónica…

¡Para la historia inmediata!

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