La mujer detrás de la deidad
Ayer habría cumplido 96 años una de las grandes figuras del cine mexicano. Detrás de la actriz, de la belleza y de la celebridad, existió también una mujer cercana, disciplinada, divertida y profundamente humana, a la que tuve la fortuna de tratar como muy pocos pudieron hacerlo.
Alberto Carbot
Ayer, 25 de septiembre, Elsa Aguirre habría cumplido 96 años. Había nacido ese día de 1930 en Chihuahua y murió el pasado 14 de julio, a sólo 73 días de alcanzar este nuevo aniversario. Con ella se fue una de las últimas grandes actrices surgidas durante la llamada “Época de Oro” del cine mexicano, pero también una mujer cuya vida resultó bastante más compleja que aquella imagen deslumbrante que durante décadas contemplaron millones de espectadores.
Llegó al cine siendo adolescente. Un concurso organizado por CLASA Films Mundiales abrió las puertas para ella y para su hermana Alma Rosa, y muy pronto aparecieron títulos como El sexo fuerte y Don Simón de Lira. Llegó sin estudios de actuación. Aprendió frente a las cámaras y al lado de directores y actores que, con su trabajo, estaban construyendo una de las etapas fundamentales de nuestra cinematografía.
Trabajó después con Emilio Fernández, Roberto Gavaldón, Ismael Rodríguez, Miguel Zacarías y Chano Urueta, y compartió créditos con Pedro Infante, Jorge Negrete, Dolores del Río, Pedro Armendáriz, Arturo de Córdova, Joaquín Pardavé, Ignacio López Tarso, Luis Aguilar y muchos más.

Participó en más de medio centenar de películas, además de incursionar en radio, teatro y televisión. Su belleza fue tan extraordinaria que durante años amenazó con convertirse en la explicación fácil de su carrera. Elsa era mucho más que eso. Tenía carácter, presencia, una voz imposible de confundir y una personalidad que atravesaba la pantalla.
En Algo flota sobre el agua quedó ligada para siempre a “Flor de azalea”, canción que le canté en varias ocasiones de forma presencial o por teléfono y terminó formando parte de su propia historia.

En 2003 recibió el Ariel de Oro y, ya con 95 años, todavía apareció públicamente el 11 de abril de este año en el Teatro Ocampo de Cuernavaca, donde fue homenajeada por más de ocho décadas de trayectoria. Subió al escenario, habló, cantó y recibió el cariño de una ciudad en la que había vivido durante más de medio siglo. Fue su última aparición pública.
Pero hubo otra Elsa. La mujer que desde hacía décadas practicaba yoga, había hecho del vegetarianismo una disciplina cotidiana y mantenía una relación profunda con la meditación y con la Gran Fraternidad Universal. Eran convicciones arraigadas, parte de su vida cotidiana y de una manera personal de entender su existencia.

Organizaba buena parte de su existencia alrededor de esas convicciones y hablaba de ellas con la misma naturalidad con que podía recordar una película, un amor, una pérdida o algún episodio ocurrido hacía medio siglo. Yo conocí precisamente a esa Elsa.
Nuestra relación dejó muy pronto de ser la convencional entre un periodista y una actriz. Con los años se convirtió en una amistad cercana, llena de conversaciones que podían prolongarse durante horas. Septiembre nos proporcionaba además una pequeña coincidencia que terminó volviéndose costumbre, pues nuestros cumpleaños estaban separados apenas por dos días y durante muchos años intercambiamos las Mañanitas.
Todavía puedo escuchar las que ella me cantaba con aquella voz grave, profunda, absolutamente suya.

También cantábamos juntos. Grabamos canciones y más de una vez alguno olvidaba la letra a mitad de una estrofa. Entonces desaparecían la actriz, el periodista, los micrófonos y cualquier pretensión. Quedaban dos amigos tratando de recordar una frase y terminando muertos de risa. Esa Elsa, la que soltaba la carcajada cuando algo salía mal, difícilmente podía encontrarse en las fotografías de estudio o en las entrevistas preparadas para hablar de su carrera.
Un día me entregó alrededor de veinte fotografías familiares antiguas para que tratara de recuperarlas. Algunas estaban muy deterioradas y restaurarlas exigió meses de trabajo por medio de Photoshop, antes de la llegada de la IA. Mi hermano, el fotoperiodista Antonio Caballero, también la retrató muchas veces y nos captó juntos, sin cortejos, en la privacidad de su casa en Cuernavaca.

Entre aquellas fotografías, las conversaciones grabadas y tantos encuentros fue quedando, casi sin proponérnoslo, un archivo de nuestra amistad. Ahora lo veo de otra manera, pues registra a Elsa Aguirre, la actriz, y también a una mujer que podía dejar fuera de la habitación su propio personaje público.
Durante mucho tiempo quiso contar su vida. Hablamos varias veces sobre la posibilidad de hacerlo y aquello provocó incluso uno de nuestros desacuerdos. Elsa me había propuesto trabajar juntos en su historia y yo, creyendo ayudarla, le sugerí a otra persona. Se molestó porque aquella propuesta era, en realidad, una invitación dirigida a mí. Tiempo después esa diferencia quedó atrás. Finalmente confió buena parte de sus recuerdos al cineasta y guionista Enrique Gutiérrez para el proyecto De mis labios a tus ojos.

Por eso ayer, cuando habría cumplido 96 años, mi primer recuerdo fue aquella Elsa cercana. Su inolvidable presencia, sus llamadas telefónicas, sus Mañanitas, las fotografías que puso en mis manos, alguna canción interrumpida porque se nos había olvidado la letra y, sobre todo, su risa.
El cine mexicano y su público conservan a Elsa Aguirre, la mujer reconocida y deificada. En tanto, yo conservaré, egoístamente, a la otra Elsa, la que también llamaba sin motivo alguno, solamente para charlar; la que reía, cantaba, se enojaba y volvía a apretar mi mano; la mujer de carne y hueso que tuve la fortuna de tratar como pocos pudieron hacerlo y que seguía allí cuando se apagaban las cámaras.