InicioJosé Luis ParraGasolina y tijera

Gasolina y tijera

José Luis Parra

El gobierno decidió enfrentar el riesgo de un gasolinazo con la receta de siempre: recortar aquí, apretar allá, revisar cada peso y jurar, con gesto solemne, que ahora sí la austeridad será casi mística. Más que franciscana, dijo la Presidenta. Ya entrados en gastos, o mejor dicho en recortes, faltó decir que también será milagrosa.

Porque el problema no es sólo subsidiar la gasolina para que no reviente en la cara del consumidor. El problema es de dónde saldrá el dinero para sostener ese alivio artificial sin terminar de desfondar unas finanzas públicas que ya venían caminando en la cuerda floja.

Cinco mil millones de pesos por semana no son una travesura contable. Son una hemorragia con apariencia de política social. Sirve para contener el enojo inmediato, sí. También para mandar el mensaje político correcto: aquí no habrá gasolinazo. Lo malo es que los mensajes políticos no siempre cuadran con las matemáticas. Y las matemáticas, esas ingratas, suelen vengarse.

Los analistas consultados ponen el dedo en una herida conocida. El margen de maniobra está en el gasto corriente, en sueldos, salarios, servicios personales, en toda esa grasa burocrática que ningún gobierno quiere tocar de verdad porque ahí viven las lealtades, las cuotas, los compromisos y la pequeña corte de los indispensables. Es decir, el ajuste puede hacerse, pero no necesariamente se quiere hacer donde duele políticamente.

Y entonces aparece la vieja víctima favorita del presupuesto mexicano: la inversión física. La infraestructura. El mañana. Eso que no da votos inmediatos pero sí crecimiento. Eso que siempre se sacrifica para salvar la coyuntura, aunque después se pronuncien discursos grandilocuentes sobre desarrollo, nearshoring, polos de bienestar y demás estampitas del optimismo oficial.

Ahí está el dato brutal: mientras el gasto corriente engorda, la inversión se desploma. El aparato público se come al futuro y luego se sorprende de que la economía no crezca. Se recorta lo productivo para sostener lo improductivo y después se vende como hazaña de responsabilidad social. Una belleza.

La Presidenta asegura que no tocará programas sociales, becas, salud, vivienda ni inversión. Ojalá. El detalle es que en política presupuestal no basta con prometer; hay que demostrar. Y cuando el subsidio a combustibles se vuelve prioridad permanente, alguien termina pagando la cuenta. Si no es el contribuyente hoy, será la economía mañana. Si no es con más impuestos, será con menos obra. Si no es con menos obra, será con más déficit. La cobija no alcanza y el frío ya se siente.

Además, este no es un problema aislado. Se junta con un crecimiento raquítico, con ingresos endebles, con un entorno internacional tenso y con la desconfianza que generan las señales internas. No ayuda que la inversión caiga justo cuando más se necesita certidumbre. Menos ayuda que el país siga mandando mensajes ambiguos al capital privado mientras presume músculo ideológico. La confianza, como el presupuesto, también se agota.

Y aquí conviene hacer una pausa. Durante años se vendió la narrativa de que combatiendo privilegios alcanzaría para todo: programas sociales, megaproyectos, subsidios, rescates, becas y estabilidad. La realidad empieza a cobrar factura. No hay dinero infinito. No hay petróleo que alcance para tapar todos los hoyos. No hay “bienestar” presupuestal que sobreviva indefinidamente si el gasto improductivo crece y la economía no acompaña.

Lo preocupante no es sólo el subsidio. Lo preocupante es la lógica detrás del subsidio. Se gobierna para apagar incendios semanales mientras el bosque fiscal sigue seco. Se privilegia el alivio inmediato sobre la cirugía de fondo. Se administra la presión política, no la sostenibilidad financiera. Y así, claro, la gasolina no sube tanto en la bomba, pero el costo real se va acumulando silenciosamente en otra parte.

Ese es el truco de siempre: que el ciudadano no vea el golpe completo. Que no sienta de inmediato el sablazo. Que el precio real quede escondido entre recortes, déficits, menos inversión y mayor fragilidad económica. El litro quizá no llegue hoy a 30 pesos. Pero alguien, tarde o temprano, terminará pagando la diferencia.

Y entonces vendrá la pregunta incómoda: ¿se evitó el gasolinazo o sólo se cambió de ventanilla?

ARTÍCULOS RELACIONADOS

LO MÁS LEÍDO