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La derecha radical amplía su poder en América con De la Espriella en Colombia

La llegada de Abelardo de la Espriella a la Presidencia de Colombia consolidó el avance de líderes y fuerzas de derecha radical en América, un proceso que ya no parece explicarse únicamente como un cambio pendular entre gobiernos de izquierda y derecha.

El académico peruano Alberto Vergara propuso denominar este fenómeno una “América reaccionaria”, en referencia a la respuesta contra las aperturas civiles, políticas y sociales ampliadas durante las últimas décadas. La expresión busca ir más allá de categorías como conservadurismo, populismo o extrema derecha.

El nuevo mapa político incluye a Nayib Bukele, en El Salvador; Javier Milei, en Argentina; Donald Trump, en Estados Unidos; José Antonio Kast, en Chile, y De la Espriella, en Colombia. Sus discursos coinciden en el rechazo al progresismo y la promesa de una mano dura, mientras algunos recuperan símbolos y memorias históricas.

A diferencia de la derecha latinoamericana de los años noventa, cuya oferta se concentraba en las privatizaciones, la disciplina fiscal, la apertura comercial y la modernización económica, la nueva derecha también emplea la historia y la identidad como ejes de movilización. No obstante, en casos como el de Milei, mantiene el liberalismo económico.

En 2025, el alcalde de Lima, Rafael López Aliaga, ordenó restituir la estatua ecuestre de Francisco Pizarro en el centro histórico de la capital peruana. El acto fue presentado como una disputa por el sentido de la historia y contó con la participación de Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, así como de descendientes del conquistador.

El Gobierno de Milei recuperó la denominación del Día de la Raza y presentó la llegada de Cristóbal Colón como el comienzo de la civilización. Jair Bolsonaro reivindicó la dictadura militar, mientras en Perú se rehabilita la figura de Alberto Fujimori y se promueve una tradición católica e hispanista enfrentada a lo que la derecha denomina marxismo cultural.

El avance de estas fuerzas ocurre en un contexto de desigualdad, inseguridad, corrupción, violencia, servicios públicos deficientes y desconfianza hacia las instituciones. La situación se acentuó después de que Brasil, México, Argentina, Colombia, Chile y Perú, las seis principales economías de América Latina, llegaran a estar gobernados al mismo tiempo por líderes progresistas, algo que no había ocurrido antes.

La inseguridad y la mano dura fueron determinantes en Ecuador y Colombia; la economía, en Argentina y Bolivia, y la migración, en Chile. Antoni Gutiérrez-Rubí identifica una promesa común: “Recuperar el control perdido, ya sea sobre las fronteras, las calles o la economía”, con la expectativa de hacer más previsible y segura la vida cotidiana.

La expansión del crimen organizado y la incapacidad de los gobiernos para contenerlo han convertido el miedo en una experiencia cotidiana para millones de personas. Frente a ello, la derecha radical ofrece imágenes de megacárceles, soldados en las calles, operativos y estados de excepción. Pablo Stefanoni define esa estrategia como “marketing de la crueldad”.

El fenómeno no constituye un bloque uniforme. Stefanoni describe a estas derechas como una “comunidad emocional” unida por el antiprogresismo o antiwokismo, pese a las diferencias entre Bukele, Milei y Kast. Según el análisis, México y Brasil permanecen en manos progresistas.

Las ideas reaccionarias también se difunden a través de foros, fundaciones, asesores, influencers, canales de video y plataformas digitales. En esos espacios circulan argumentos sobre el comunismo, la inmigración, la ideología de género, el fraude electoral y las élites globalistas, adaptados por cada dirigente a su electorado.

La infraestructura digital modificó la forma del caudillismo. Líderes como Milei, Bukele y De la Espriella se comunican directamente con millones de seguidores, identifican adversarios y convierten las críticas en parte de su relato político. Donald Trump ocupa un lugar central como referente común del movimiento MAGA.

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